33. Sobreposición

De pronto la vida es eso: esperar un mensaje que no va a llegar, saber que tomaste malas decisiones, que te estás equivocando, culpar a otros, olvidar que llegaste aquí por tu cuenta. Y pasas fines de semana hundida en el sillón, viendo las mismas películas, en el mismo orden, sin ver ni pensar nada nuevo sobre ellas, sin entender la trama del todo. Detestas el desorden pero te niegas a ordenarlo. Mejor que nadie te invite a salir, mejor que nadie mencione tu nombre. Luego caminas, detestando el sol en la cara, y te dices que debes parecer una persona extraña, deambulando totalmente de negro bajo el sol de febrero y piensas, te repites, que seguramente estás fuera de lugar, que tus deseos no corresponden con tu realidad. Caminarás más lejos, hasta donde ya no conozcas, tratando de reenfocar las cosas, oyendo en tu cabeza las voces de tus guías, adivinando lo que te dirían. Te detendrás antes de cruzar una calle, o en medio del parque, para ver la doble línea de la vida que te apareció en la mano. Volverás a pensar en el tú alternativo, en el ente que ordena el desorden y adora el sol y en los momentos de lucidez toma el control. Y regresarás a casa más tranquila, con la mente ocupada en los números. Cambiarás algo de lugar, te desharás de muchas cosas, armarás una caja, abrirás una maleta. Comenzará el día siguiente y preferirás no pensar en lo de ayer ni esperar nada. Encontrarás una alerta, una señal, y te darás cuenta de que no necesitabas recibir ningún mensaje. Está todo en ti. Y el siguiente fin de semana no lo pasarás en el sofá, sino en el sol, con la señal apagada y trazando un plan ahora sí con las lágrimas sobre las hojas.

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