8. Hay inmenso amor en mí
La recapitulación de las cosas de las que me siento orgullosa empieza el 14 de febrero de 2014. Antes, un poco antes, más bien:
DF. Llevaba cerca de un año viviendo con mi hermana en DF, viajando continuamente a Monterrey-Monclova para ver a mi familia, a mi familia política y a Jose Luis, quien involuntariamente me había enviado a vivir sola un rato para que me hiciera responsable. No les cuento más: una mocosa sobreprotegida, sobrevalorada y en duelo de 21–22 años no puede esperar más que le sirvan el desayuno, la comida y la cena, acariciar a su gato y ver películas y televisión all day long. Obviamente era un lastre y todo el amor y la paciencia que caracteriza a los Arriaga-Tapia, mi familia política, no les permitía decirlo ni demostrarlo. Ellos solo me querían mucho.
Yo había conseguido un trabajo por internet que pudo ser un fraude pero resultó una mina: ganaba 75 dólares diarios como copy editor (o sea, corregía tutoriales), y para alguien que no paga renta, comida ni servicios, como yo, era una fortuna.
Total que un día junté una lana y lo anuncié sin más: me voy a vivir al DF en dos semanas. La amiga (ex de un ex) que sería mi roomie me dejó plantada, así que ahí estaba yo, atravesando con César (mi mejor amigo de la facultad que ya tenía 2 años en DF) el parque España, la noche del 4 de noviembre de 2012, preguntándome en qué carajos estaba pensando cuando decidí venir aquí.
(Pero, dicho sea de paso, la primera vez que vine a DF fue en un viaje maravilloso de 2 días con papá que me hizo comprender un verso de Alí Calderón: Aquí me siento en mi casa, mi verdadera casa).
Claro que perdí el miedo a la mañana siguiente, cuando la Condesa amaneció con un clima espléndido. En ese año pasaron miles de cosas (ustedes quizás no noten cuánto se alarga el tiempo aquí) increíbles, horribles, preciosas, peligrosas, equis, graves: memorables, que ahora son mis anécdotas más underground. Pasado un año y cacho convencí a Jose Luis de que viniera a vivir conmigo; tenía aún mi puesto de freelancer en dólares y mi puesto de redactora en la revista. Por otro lado él venía a jugársela, a intentar abrirse paso en el cine sin conocer a nadie. Le dije que yo nos mantendría y que se podía ocupar de buscar rodajes para trabajar.
Me acuerdo bien de que llegó el 3 de febrero de 2014, evidentemente preocupado por la inestabilidad que ya estábamos afrontando. El empuje final fue un documental que un amigo suyo estaba haciendo aquí: vino a asistir la cámara y su intención era quedarse. Sentí que nada podía salir mal. Lo sentí por una semana y después todo se vino abajo muy, muy lentamente.
Simplemente estaba corrigiendo un tutorial y sentí una leve descarga eléctrica por toda la piel. No me dolía nada, pero ya no pude seguir trabajando. Jose Luis me hablaba en ese momento y le dije que me iba a recostar, que no estaba bien. Me sentí cada día peor. Fui con un médico. Me terminé el tratamiento. No pasó nada.
Para el 14 de febrero tenía mucho dolor, sobre todo en la parte baja de la espalda, casi no podía equilibrarme (bañarme era una odisea), no tenía hambre. No conocíamos a nadie que pudiera recomendarnos un médico internista (por experiencia sabía que era el único que podía ayudarme) y fuimos a un consultorio random en la Roma. Me dieron ciprobac y buscapina compositum; tenía los riñones inflamados. Regresamos a casa y me dormí.
Desperté con pequeñas ronchas en el cuello. Luego se fueron a los brazos, a las piernas, creciendo hasta que hicieron unas plastas horrorosas. Llamamos al médico y me dijo véngase, le hizo reacción el medicamento. ¿Cuál? No sé. Hasta la fecha sigo diciendo ciprofloxacino y metamizol sódico si me preguntan a qué soy alérgica. Cuando llegamos al consultorio el médico (joven y bien parecido) estaba con una médica en plan sumamente coqueto (claro, era 14 de febrero). Ella parecía molesta por nuestra visita (¿interrumpimos algo? Me valía por completo).
Tuve que suspender el tratamiento hasta que se me quitara la alergia. Al día siguiente fuimos a la fiesta de rapper up del chico del documental. Tenía mucho dolor aún, pero quise ir para conocer a los amigos de Jöse (ya estamos en confianza). Me fui a media noche con una incapacidad espantosa de mantenerme en pie. Lo convencí de que se quedara. El trayecto se me hizo eterno. Esa noche tuve fiebre (nunca había tenido fiebre hasta donde recuerdo) y pensé que ya no iba a despertar. No pude pensar en nada más.
Pero sí desperté. Lo primero que les dije a Sofía y a Jöse era que me iba a morir. Estaba segura y hasta conforme con la idea. Estaba (estoy) satisfecha con mi vida. Ya había recapitulado: 5 premios de poesía, 3 de cuento, un libro publicado a los 20, los 2 mejores trabajos de mi mundo, 2 familias, haber llegado hasta aquí, mis amigos, la primera casa que había nombrado mía, una portada. No faltaba nada. Lo único que deseaba era dejarme caer en mi cama y esperar que todo terminara.
Ahí fue cuando mi esposo se me puso enfrente y me dijo te vas a levantar ahorita y me vas a ayudar a buscar un hospital. Deja de hacerte la débil, porque no tenemos a nadie. Te levantas, te bañas, te vistes y vamos a salir caminando a ver qué tienes. OK?
Es de esas personas apacibles, amables y cariñosas que cuando llegan a enojarse es mejor esconderse, y estaba enojado.
Ahí me tienen tirada en la sala de espera del metropolitano esperando los resultados del análisis de sangre. Me pasaron a una sala aparte y me dijeron que no podían dejarme ir porque la infección de los riñones se había pasado a la sangre y me estaba intoxicando. Lloré mientras me ponía la bata porque quería regresar a mi casa. Me dio vergüenza estar allí, curándome cuando yo ya estaba mentalizada para llegar al lado contrario. Cuando me pasaron a piso, Jöse y yo discutimos y se fue enojado para regresar un rato después y despertarme diciéndome que había traído mis cosas, que lo disculpara, que estaba asustado. En el fondo y en la superficie yo sabía que no valía la pena estar allí, preocupándolo. Sin trabajar y gastando en doctores, medicinas y etcéteras, me había quedado sin dinero, y mi hermano, sin saberlo, estaba pagando por mi enfermedad.
Salí al día siguiente delante de la mueca del especialista que me vio. No andaba ni cerca de recuperarme, pero no estaba dispuesta a pagar otro día de estancia. Jöse aprendió a inyectar e hice el resto del tratamiento en mi casa. Ese día que salí, mensajeé a Beto, mi amigo y editor de la revista, para disculparme por no enviarle las notas, pero que acababa de salir del hospital y estaba por empezar a escribirlas. Con mucho tacto, me hizo saber que la revista iba a dejar de publicar, que esas notas serían las últimas. Obviamente escuché mi corazón crujir.
Pero aún tenía el trabajo en dólares, right? Pues al día siguiente recibí un correo de la empresa diciendo que no producirían más tutoriales, que iban a desocupar a todos los correctores esperando volver pronto con buenas noticias. La noche en que la pool de artículos se vació fue una de las más tristes que recuerdo. Vi cómo se empezó a terminar la lista, como si las luces de una ciudad entera se apagaran una por una. Mi amado trabajo se extinguió ante mis ojos.
Me acuerdo haber salido un día muy temprano al balcón, sentarme en el suelo y llorar hasta no poder más. Contrario a lo que esperaría, no estaba asustada, no estaba deseando haber terminado de intoxicarme, no estaba desesperada. Al contrario, sentía mucha confianza en el futuro, y estaba segura de que nos esperaba algo muy bueno. Dije en voz alta: TE AMO, y se lo decía a todo: a esta ciudad, a mi casa, a mi esposo, a mi hermano, a mi papá, a mi hermana, a cada amigo, a mis amigas, a las cosas que me habían sucedido, a mi mamá, a mis madres sustitutas, a la historia que había vivido, a la historia que todavía no había vivido, a lo que fuera que viniera doloroso o placentero, a las personas que estaba por conocer, lo que aprendería, a quienes dejaría atrás. Hay inmenso amor en mí, pensé y repetí hasta que no pude llorar más y entré en la casa porque tenía una idea y ya no estaba cansada.
Se me ocurrió la técnica que usaría para convertirme en redactora freelance de agencias de web marketing y funcionó. En esos días, una amiga que conocimos en la fiesta de rapper up invitó a Jöse a asistir cámara a un largometraje (¡el primer largo!). Todas las cosas que sucedieron a partir de entonces, hasta mi trabajo basura en el canal de TV, me obligaron a ser muy consciente de las cosas positivas que había en mi vida, sobre todo de las personas, para obtener fuerza e inspiración de ellas. Lentamente, con el paso de los meses, recapitulé:
- Mi familia es poderosa. Cada rodaje, cada presentación, cada venta, cada logro, es una fuente de alegría que me conmueve (si se trata de ver a Sofía en vivo, hasta el llanto). Estoy orgullosa de ellos por ser las personas admiradas y apreciadas que son en su ámbito. Si pienso en eso, me convenzo de que no puede ser de otra forma conmigo porque yo vengo de allí.
- Estoy rodeada de triunfadores. Ya sea porque empezaron su propia empresa, son multipremiados, tienen un excepcional sentido del humor o son los más auténticos y espontáneos, mis amigos suelen ser el centro de atención, pero jamás se vanagloriarán por ello. En silencio aprendo de cada uno, soy testigo y siempre que puedo, cómplice.
- Me pude haber muerto entonces y estas personas hubieran estado en mi vida y yo hubiera respirado muy feliz por última vez. No tengo miedo de morir, y esa es otra historia completa, pero tampoco tengo miedo ni reservas al vivir, menos cuando pienso en ellos.
- También estoy orgullosa de mí, por las cosas tontas y por las importantes. Si compro un suéter que me queda bien ¡fiesta! Si escribo algo que me gustó ¡fiesta! Entendí que uno tiene derecho a reconocer que a veces hace las cosas bien y que no hay absolutamente nada de malo en celebrarlo, y la obligación de admitir cuando toma decisiones equivocadas y que no hay nada de malo en tratar de corregirlas. Identificar mis errores y mis triunfos me ha vuelto una persona mucho más confiada de lo que solía ser. Soy correctora de estilo y a veces tengo erratas: no me da ni tantita pena que otros vengan y las señalen, al contrario ¡gracias! El texto no hubiera sido tan bueno sin ustedes. No soy perfecta y no intento serlo. Soy como soy, y ya. Me decía un amigo el otro día que si todos se asumieran, la realidad sería distinta: yo quiero ser una de esas personas que se asumen y se disfrutan a sí mismas, y me complace anunciarles que ahí la llevo, pero no habría podido si no hubiera escuchado y puesto atención a las personas que quiero y están conmigo.
Otra: jamás había escrito un texto tan largo (¡fiesta de récord!) (¿Siguen aquí? ¡Bienvenidos!) pero valió la pena en nombre del ejercicio. Si solo hubiera hecho una lista de mis orgullos, no me habría quedado tan claro por qué son importantes. Y pues bien, son importantes porque me recuerdan el cariño que circula en torno mío, y que el enfoque con que uno hace las cosas lo es todo para que los resultados sean realmente útiles. La enfermedad nunca ha sido para mí un parteaguas, sino el hecho de quedarme sin trabajo y lo que tuve que hacer para volver a levantar ese lado de mi rutina. Suelo ir por la vida actuando por impulso cual medusa, así que no puedo decir que tengo un motor y que ese motor es el amor. Solo digo que es lo que me salva los famosos viernes por la tarde, lo que me hace tener la paciencia para observar a las personas y lo que siento cada mañana cuando abro mi máquina y sé que, al menos por este día, mi única obligación es hacer lo que más me gusta en esta fuckin’ vida.
Esta es la octava entrega del ejercicio antipoético propuesto por Javier Molinero. Prometo decir siempre la verdad, a menos de que las instrucciones indiquen lo contrario.