Uno no escribe porque quiere

En algún momento pensé que iba dejar de escribir. Me habían publicado un libro, tenía dos tres premios menores y ya nada qué decir. No recuerdo qué momento fue, ni por qué, sólo que empecé a abrazar la idea de que sería uno de tantos poetas que de ser promesas jóvenes pasan a ser nada. Una decepción como Macaulay Culkin o Britney Spears, pero sin la fama que tuvieron ellos. Pero me sentía bien, porque escribir desde el principio fue involuntario y sufrido: era algo que me quitaba el sueño y además, me delataba; mentir no se me da cuando escribo poesía.

La carrera que elegí, fotografía, representaba para mí la completa renuncia a las letras, también literalmente, porque justo antes de entrar, el Tec de Monterrey me ofreció una beca para estudiar letras ahí y les dije que no. Pero aún estudiando seguí escribiendo. Mi mamá, primera lectora y fan número uno, se encargaba de filtrar los mejores textos, me buscaba convocatorias o cursos y diseñaba todo el aparato para yo siguiera aprendiendo lo de ese campo. Los libros me los buscaba yo sola: llegaban a mí, igual que los amigos y maestros que me echaban porras y me daban herramientas.

Luego me quedé sin palabras por un tiempo. Suspiré de alivio. Jose Luis, mi esposo, ha sido durante casi 10 años mi mejor amigo, y al fallecer mi mamá tomó su lugar como impulsor principal de mi escritura. Se sienta en primera fila en las lecturas, me comenta los textos con ojo sumamente crítico y se alegra a la menor buena noticia (me publicaron aquí, me aceptaron un texto acá, me invitaron a leer allá, ¡gané tal cosa!). Cada vez que salía a la conversación el tema de mi abandono me daba un argumento diferente de por qué me estaba equivocando. Pero.

Él sabía que leerme resultaba doloroso, fatalista, desde siempre. Peor aún, a la víspera de la pérdida siguió una serie de poemas insoportables que nunca saqué de las libretas. El principio de la escritura creativa es el exorcismo, y por eso los psicólogos la recomiendan. Llegué a la conclusión de que si seguiría escribiendo por salud mental, y sobre todo porque era inevitable, al menos dejaría de publicar porque no le estaba aportando nada positivo a los dos o tres lectores a los que pudiera llegar.

Así lo hice. Me mudé de ciudad dos veces, dejé de cuidar los contactos con revistas y editoriales y no busqué nuevos medios cuando llegué al DF. Mi frase favorita se volvió: “no estoy interesada en publicar”, pero internamente la completaba con un “sino en encontrar cosas positivas para decir”.

Un mes antes de cumplir los 24 me hice el propósito de escribir un poema cada día, y en cada uno trataría de encontrar algo más que decir que “me quiero suicidar” con otras palabras. Esa compilación ganó un premio nacional en Papantla poco después, pero ni eso fue un motivo para buscar publicarla… ni para seguir escribiendo.

Otro periodo de silencio. Pero esta vez se sintió como las olas: hay un periodo de calma cuando el agua se retrae, pero sabes que vendrá otra ola y quizás sea mayor que la anterior. Así un día regresé corriendo a casa, abrí el Omwriter para concentrarme y empecé a escribir algo que no tengo idea de dónde vino, una serie de textos hermosos (hasta para mí) que tenían como escenario y protagonista un país en donde nunca he estado.

Puedo decir que ahí comenzó el viaje de la reconciliación con mi escritura. Por primera vez estoy escribiendo dedicadamente sobre algo que no tiene nada qué ver con la depresión ni con una relación amorosa ni con la muerte (bueno, tanto).

Esta nueva etapa coincide con mi desarrollo profesional. Hace años dejé la foto por completo y gracias a una especie de golpe de suerte empecé a trabajar como redactora. Tardé mucho tiempo en admitirlo, pero la verdad es que amo escribir más que cualquier otra cosa que haya hecho. Lo supe cuando vi que no me cansaba redactando artículos de los temas más aburridos (¿acero inoxidable? ¿complejos departamentales? ¡¿botes de basura?!), y mejor aún, que las notas tenían buenos resultados. Y admitirlo fue otro alivio, como cuando uno sufre media vida y se encorva por ser alto, hasta que se da cuenta de lo cómodo que es alcanzar todos los estantes y respirar en medio de una multitud.

Ahora sé que escribiré por el resto de mi vida, a causa de todo, a pesar de todo, a costa de todo, porque descubrí que el secreto para sentirme completa en ese aspecto de mí es explotar todas las emociones, no sólo las perturbadoras, en la escritura. Antes no escribía sobre los momentos felices por parecerme muy autoayuda, pero ahora, si entonces se me ocurre una frase que pueda comenzar cualquier cosa, no la dejo escapar. Aprendí a aceptar las ideas como vienen y a ver que las buenas ideas no son para un solo medio. Ahora me permito escribir

frases solas

pequeños párrafos

versos

oraciones sin sentido

cuentos (intentos de cuentos)

posts de facebook

tweets

mensajes de whatsapp

e-mails

reflexiones (como justo ahora)

e incluso me permito divertirme en mis artículos. Ya no estoy restringida y eso me hace sentir mucha libertad creativa.

Sigo sin buscar desesperadamente lugares para publicar, pero si veo la oportunidad la tomo, esto a raíz de que empecé a notar la baja calidad de muchos textos publicados en la red. Me pregunte lo obvio: si ellos publican por qué yo no. Retomé mi blog y abrí esta cuenta.

Claro que sigo en el proceso de escribir cosas que me gusten, pero sé que es imposible que suceda todo el tiempo. Estuve a punto de tratar de escribir como lo que yo considero mainstream, pero a decir verdad, me sentiría un poco hipócrita. Leo a mis coetáneos ávidamente, tengo a mis ídolos (en secreto) y a lo que aspiro, a pesar de lo que dije antes, es llegar a tener su sinceridad y mi propio sentido del humor. Ahora escribo para mí, aunque sea directamente en el blog, porque a pesar de ser un sitio público es al mismo tiempo bastante privado. O simplemente guardo el archivo o doblo la hoja y lo olvido.

Una vez pedí un lugar en un mercadito handmade navideño de mi facultad y me senté tras una mesa con un letrero que decía “Escribo un poema sobre lo que tú quieras por $20”. Creo que gané unos $500 ese día, y lo volvería hacer con mucho gusto (quizás con un performance de mejor calidad) porque ahora veo que sí, con todo y los silencios y las incertidumbres y las críticas, a mí me gusta escribir.