El arte de la costura: la autogestión como oficio
Por Natalia Riquelme Campos
Amanda Figueroa Riveros (21, Santiago de Chile) se dedica al diseño de vestuario desde que egresó del colegio en 2016. Al año siguiente aprendió lo básico de costura. Fue a talleres, tomó clases particulares y ahora está estudiando su segunda carrera, todo siempre dentro del rubro de la moda. A su corta edad, sabe que quiere dedicarse a esto el resto de su vida.

S u primer acercamiento a la costura fue el 2017 cuando se inscribió en un curso de dos meses para aprender a hacer poleras y faldas. Cuando la profesora empezó a tener problemas con el espacio, le dio su contacto para que tomara clases particulares con ella en un taller independiente. Entró a estudiar alta costura (corte y confección) en el Instituto Crearte de carreras artísticas, y mientras terminaba el año de estudio, entró al AIEP a estudiar diseño de vestuario con mención en alta costura, una carrera profesional.

“Soy muy feliz, me veo haciendo esto para siempre”, comenta. Dice que cuando entró a la carrera se dio cuenta de que es mucho más que solo coser. La ilustración y el dibujo han sido áreas que han llamado su atención. Además, con el tiempo también ha aprendido a bordar.

Es difícil seguir un oficio, y Amanda lo sabe. Piensa que el oficio y en general las artes están infravalorados, porque siempre habrá gente que piensa que los artistas cobran demasiado por su trabajo. Afirma que responde a la lógica del consumo, en donde se compran productos de marcas reconocidas a altos precios, que no tienen ni la mitad de la dedicación que ponen pequeños manufactureros. Según ella, no es conveniente para las grandes empresas que la gente deje de consumir allí. “No van a potenciar que tú te hagas tu propia ropa, van a potenciar que compres lo que ya está”, comenta.

Dice que en la educación siempre van a instar a seguir carreras tradicionales, ya que tiene que ver con la posición social a la cual se debería aspirar. Quienes se dedican a la costura, por ejemplo, muchas veces son personas que lo hacen por necesidad y que son explotadas en fábricas en donde no les pagan lo suficiente. Con el exceso de marketing y la destrucción del medio ambiente, Amanda espera que la gente empiece a preferir cosas orgánicas y hechas a mano.
Cuenta que su familia la ayudó a tomar su decisión y que nunca la presionaron a seguir otra carrera tradicional solo porque la sociedad lo demandaba. Aunque dice que le hubiera gustado estudiar periodismo: “Si me metía a una carrera universitaria no hubiera tenido el tiempo para dedicarme a la costura, que es lo que realmente me gusta”.

Trabaja en un taller de costura los lunes junto a otra joven. Es un emprendimiento autogestionado en donde la dueña del taller diseña y corta, y ella se encarga de la costura.
Además, tiene una tienda en Instagram con confecciones propias hechas a la medida. La libertad de hacer sus propios diseños, dice, es lo que más le gusta. Ahora se encuentra confeccionando un vestuario para una presentación en un colegio: unas faldas de huayno. Todos sus ingresos dependen de esto, y la mayor parte de lo que gana lo invierte comprando materiales.

Cree que hay que atreverse, dejar las inseguridades y perderle el miedo a hacer lo que a uno le gusta. “Es hermoso darse cuenta de las capacidades que una tiene y poder desarrollarlas. Es un proceso enriquecedor de creatividad y auto descubrimiento”, comenta.
