El antídoto es la gratitud

Durante mucho tiempo me pregunté si el desánimo está en los genes o se aprende en algún momento del principio de la vida. Hoy, eso ya no me importa, lo que sí me importa es el pragmatismo a la hora de evitarlo.

Entiendo que comparto esta característica de personalidad con muchas, muchísimas personas en el mundo. Mi abuela diría: “mal de muchos, consuelo de tontos”. Pero, dado que mi enfoque hacia el hacer me ha dado buenos resultados, contarlo tal vez sea útil para alguien más.

A los largo de los últimos 15 años de mi vida he transformado un, digamos, 90% de mi personalidad. Pero el 10% que aún me incomoda tiene justamente que ver con ese desánimo, ese desaliento que enturbia todo con una capa de niebla espesa. Y como no se ve a través de la niebla, uno se desorienta. Y sin rumbo realizás menos. Quedás, de cierto modo, sujeto a los vaivenes de las cosas que te llevan hacia uno u otro lado sin que medie la decisión propia.

En este último tiempo encontré un antídoto genial para esa sensación: la gratitud. Puede parecer extraño, dos emociones nada relacionadas entre sí, aniquilándose mutuamente. Desaliento versus gratitud. Gana la gratitud, el árbitro eleva su brazo triunfal y el estadio aplaude mientras el desaliento se aleja cabizbajo.

¿Y cómo funciona esto en la práctica? Es fácil. Esos días oscuros en que ni los faros antiniebla nos permiten vislumbrar el camino, yo pienso en alguien que, en algún momento, hizo algo que me conmovió. Y sin más, le escribo o la llamo. Se lo comunico, se lo cuento con cariño.

Hasta ahora, nadie se ofendió. Me aproximé a amigos de hace tiempo, gente que quiero mucho pero veo poco, me alegré un instante y, como por arte de magia, mi día siguió soleado.

Una observación importante: no se trata de ser grato por conveniencia y sí de conectarse sinceramente con el agradecimiento, con esa persona que tuvo la chance de hacer mi vida mejor. Y algo más: no sirve sólo sentir, hay que decir también. Actuar es lo que vale.

Y termino con una intimidad. Una de mis metas a 10 años es no tener que batallar contra el desánimo. Que, simplemente, habiendo perdido la guerra definitivamente, se retire para siempre. Estoy segura de conseguirlo.