Reflexión 7: el temor a la responsabilidad

El temor a equivocarnos es a veces más grande que el placer de acertar. La idea de equivocarnos en decisiones importantes normalmente nos paraliza. La opción de que alguien decida por nosotros es tentadora: así la responsabilidad de los errores jamás la tendremos nosotros. Queremos que alguien nos libre de la carga de las consecuencias negativas de nuestras elecciones. Pero dejar en manos a otro las decisiones que definen nuestras vidas, por temor a errar, es un error grandísimo.

A veces las personas prefieren que los gobiernos tomen las decisiones importantes de nuestras vidas. Y permiten que decidan acerca de los programas de la salud y educación. Pero entre más poder sobre nuestras vidas tenga el gobierno, menos la tendremos nosotros mismos.

Nuestras vidas crecen y se moldean entorno a las ideas y valores que tengamos. La mayoría de veces las creencias que tenemos son como un “eco“. Repetimos y replicamos sin saber la base de nuestra ideología, repitiendo lo que creemos es correcto. Hay muchas creencias que nunca realmente se fundamentaron en nosotros, son tan superficiales, y son tan automáticas en nuestra sociedad que las aceptamos como verdaderas.

Sócrates trataba de que las personas cuestionaran sus creencias. Trabaja para que las personas pensaran por sí solas y así emprendieran el viaje a la verdad. No trataba de que todos los atenienses pensaran igual, pero si trataba de enseñarles a las personas a cuestionar y así realmente aprender.

Hay muy pocas cosas de las cuales tenemos control. No tenemos control de todos los acontecimientos, personas e ideas. Sí podemos influenciarlos un poco, pero no todos completamente. Pero una de las pocas cosas de la cual sí tenemos control en nuestra vida es: el poder de elegir qué ideas aceptamos y cuáles rechazamos.

Cuestionar y realmente creer con convicción no es una tarea fácil. Asumir la responsabilidad de nuestras creencias y acciones da miedo, porque la posibilidad de creer en algo incorrecto o cometer mal, siempre esta. Ya sea por el destino, la voluntad de Dios, el gobierno, etc. Siempre estamos cediendo la responsabilidad de nuestras decisiones a otros. Pero sino asumimos la responsabilidad de nuestras creencias, decisión y acciones, nuestra vida está a merced de personas ajenas. Las decisiones importantes de nuestra vida las debemos tomar nosotros, individualmente.

El ser humano no es perfecto. Errores siempre vamos a cometer. Pero raros son los errores irreparables. El costo para deshacernos de la culpa de fallar es altísimo: es nuestro crecimiento y desarrollo como seres humanos. El precio de ser libres y así florecer, es asumir la responsabilidad que conllevan nuestras ideas, acciones y decisiones.

Las decisiones entorno a la salud propia y la de los seres que amamos; la educación personal y de las generaciones futuras; todas estas decisiones normalmente las toman otros más poderosos. Como sociedad dependemos de otros, somos interdependientes, y por eso es importante que confiemos en las instituciones que están a cargo de estos aspectos de la vida social. Aunque no trabajemos directamente en esos departamentos o instituciones deberíamos tener cierto grado de poder y conocimiento acerca de las decisiones que toman en nuestras vidas.

La belleza de las ideas de la libertad es el deseo que las personas florezcan y crezcan a su propia voluntad. Pero para esto necesitan autoconocimiento y responsabilidad ante sus ideas. Pero esto no podrá suceder si las personas siguen delegando la responsabilidad de sus vidas a entidades mayores y centralizadas.

El miedo de fallar es grande y existe la posibilidad que pueda suceder. Pero el precio que se paga para que los errores los cometa otro, no es un precio que yo no estoy dispuesta a pagar. Yo quiero estar lo más empoderada posible de las decisiones importantes de mi vida, como mi educación. Pero esa clase de poder solo se le puede dar a las personas que estén dispuestas a asumir las consecuencias de sus acciones, porque sin responsabilidad nadie realmente se puede empoderar.

Like what you read? Give Nataly Basterrechea a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.