En el tren

Capítulo 1 (de n, donde n puede ser 1)

Blas miraba el paisaje móvil por la ventana impecablemente limpia. Tuvo la precaución de tomar bastante café en la estación por respeto a sus compañeros de la universidad. Ellos se habían quedado en el campus, agonizantes de envidia, y le hubieran dicho que un viaje en tren por Europa no era algo para desperdiciar quedándose dormido.

Ahora se arrepentía profundamente, no tanto porque el café era carísimo y extrañaba el peso de las monedas en el bolsillo, sino porque se le estaba haciendo insoportable el permanecer despierto. A él le daba lo mismo si al otro lado del cristal había solo una escenografía de papel pintado (colocada en dos cilindros para hacerla girar, con un chinito que les diera manivela). Los ojos le saltaban de un árbol a otro, pero su mente estaba en su país, en su casa, vigilando la puerta.

- ¡Hola, bebé! Estoy por llegar. Más vale que estés ahí.

A dos asientos de distancia una señora con aspecto de tía soltera se había puesto a gritarle a su celular. Elevaba tanto la voz que parecía que no entendía el concepto de telecomunicaciones.

A Blas le fastidiaba mucho, muchísimo, que la gente hablara por teléfono en el transporte público. No le había servido de nada elegir el vagón más vacío del tren. Por desgracia entendía suficientes idiomas como para conocer ya datos innecesarios sobre la vida de todos los que compartían ese espacio con él.

A su espalda había una chica, seguramente estudiante de intercambio, que a medio camino había atendido una llamada de un amigo, en francés y otra de su abuela, en español. Seguramente estudiaba medicina o algo similar, poque cuando Blas se levantó para ir al baño alcanzó a ver en el regazo de ella un libro gordo plagado de imágenes repulsivas. Ahora ella dormía, con el libro todavía abierto, y el pelo le caía hacia el asiento de Blas. Él había tenido que apartarse los mechones del hombro más de una vez: estaban secos y le causaban una sensación desagradable.

Junto a la puerta del vagón había un hombre de barba. Cuando había tenido que pasar junto a él, Blas había sostenido el portafolios con más fuerza. No es que le importara mucho lo que llevaba, pero era un acto reflejo que se activaba cada vez que veía a alguien con una cara de cierto tipo. Si le preguntaban, hubiera dicho que no tenía motivos para juzgar mal a ese señor, pero bien se sabe que es más fácil contagiar los prejuicios que las razones.

Cuando le llegó el turno de sonar a su celular, el presunto maleante no quiso atender. Tampoco tuvo la delicadeza de cortar la llamada o silenciarlo. Los auriculares desmesurados que llevaba puestos le servían de excusa, pero no era creíble que ese sonido — un tono estridente, de los que vienen configurados por defecto — no le llamara la atención.

Una mujer alta con arrugas alrededor de los ojos había recibido una llamada y hecho otras dos. Blas todavía no estaba seguro de su idioma y nacionalidad, pero sí sabía que era la madre del par de niños que correteaban de un lado a otro tocando botones y cambiando de lugar las revistas. Ella los retó en voz demasiado alta, demasiadas veces, hasta que el chico se quedó dormido en el suelo y la nena se sentó a leer un folleto turístico.

Más lejos había una pareja de casi-ancianos ingleses. Discutieron en murmullos al salir de la estación, y ahora estaban en silencio

- ¿Hola? ¡¿Hola?!

La tía había perdido su llamada.

- Acabamos de entrar en un túnel, señora — le avisó Blas, con toda cortesía. No podía aguantar que siguiera gritando.

Para sí, Blas tenía un carácter cortante y antipático. Sin embargo, con los demás era atento y amable: un modelo de buena educación. De otra manera nunca habría podido ostentar la posición que tenía ahora.

Lo suyo no era hipocresía. Naturalmente él era así: tenía una irritación constante y oculta. Hacía años que se sentía de esa manera, pero como no conocía la razón de su malestar, no lo dejaba traspasar. No lo comentaba con nadie.

- Un túnel bastante largo

El vagón seguía a oscuras. Una vez más a él se le ocurrió pensar en su maletín, y adivinó su forma en la oscuridad, muy cerca de sus pies tal como lo había dejado. El contenido no era más que un montón de apuntes insustanciales para presentar en el congreso. El trabajo era mediocre, pero lo iba a presentar él. De algún modo, los académicos lo iban a encontrar brillante.

Y si no resultaba así, tampoco le hubiera importado. Lo verdaderamente sustancial, su gran descubrimiento, estaba resguardado en el primer cajón de su escritorio, no en la oficina, sino en su propia casa. Solo Julia sabía de su existencia.

Julia, que debía de estar triste al lado de la estufa, con LaGrange ronroneándole en la falda. Julia, que no iba a estar ahí cuando Blas volviera.

El tren comenzaba a frenar, y la oscuridad persistía.

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