Midori con piernas (fan fiction)

Hace un tiempo Seiji y Midori eran uno. Difícilmente un estudio de ADN podría haber determinado dónde terminaba el brazo rústico de él y dónde empezaban los minúsculos pechos de ella.

Los volados del vestido eran un intento de frontera: de acá para arriba ella, de acá para abajo él. Pero Midori era la forma y él era un contexto. O Seiji era un organismo y Midori un apéndice parasitario. Tenían las proporciones del Sistema Solar y la Vía Láctea. Eran, en muchos aspectos, un mismo monstruo, que sentía en entrañas separadas.

De noche Midori contemplaba su galaxia. La mano izquierda, tan cómoda para acurrucarse y dormir. La base del cuello, excesivamente sensible, siempre expuesta mientras él roncaba. Muchas cosas de Seiji eran perfectas antes de que ella llegara, pero el pelo era obra de Midori. Ella personalmente había elegido el shampoo y se esmeraba día a día en aplicarlo. Ahora ese océano rubio teñido era un lugar suave y perfumado al que, como era un gesto bastante natural, ella podía ir a nadar cuando tuviera ganas.

Midori era fuerte, más de espíritu que otra cosa, y por eso podía moverse a voluntad aunque tuviera que arrastrar la masa de Seiji que se extendía desde ella hasta el hombro. Como las horas de sueño se le hacían largas bajo las sábanas se planteó recorrer, con sus manitas fractalarias, todo lo de Seiji que había a su alcance en un viaje que le llevó varias noches. Cuánto más lejos se estiraba, más se le enrojecían los cachetes. En pocos minutos podía convertirse en un puñado de brasas que hubieran despertado a cualquiera que tocase.

En la oscuridad había espacio para todas las pausas: podía pasar horas inmóvil, alerta, escuchando la respiración de su amante inconsciente, torturándose con preguntas. ¿Qué pasa si se despierta? Midori se moría por completar su itinerario pero más se hubiera muerto, de una manera más oscura, si Seiji dejaba de verla con ojos amables.

Ella pensaba y pensaba, y por más que intuía su propio deseo no sabía cómo sentirlo. ¿Qué puedo hacer yo por él?, se torturaba Midori, si no soy ni mujer a medias. Y por las horas restantes de la noche, hasta que el sol empezaba a entrar por las ventanas y Seiji amagaba a moverse por su cuenta, Midori lloraba. Se arrastraba hasta el borde de la cama para no mojar las sábanas con sus diminutas lagrimitas de muñeca.

*****

Ahora Seiji y Midori pasean por la plaza que está cerca de la estación de tren. Midori tiene piernas. Seiji tiene dos manos y, con la que antes no estaba, sujeta a Midori con una timidez escandalosa. Seiji perro salvaje Sawamura de la mano de una tierna chica de la secundaria Ogurabashi. Debería de ser un romance secreto, pasajero y vulgar.

La secundaria Ogurabashi tiene las faldas más cortas. Midori tiene piernas. La mano de Midori, tiembla en la de Seiji. Pasó tantos días y noches soñando con ese mínimo contacto que le parece irreal. Le parece que no hace falta nada más para ser feliz. Le parece que si frena su paso, tira del brazo de él y se pone en puntas de pie para besarlo, el mundo en torno a ellos se va a hacer añicos. El cuento imposible que le regaló la vida se va a terminar.

Seiji hace una pregunta y Midori le responde en voz baja. Cuenta cosas de la escuela. Es tan educada y medida para hablar que Seiji se siente estafado. La vida de ahora es una broma pesada interminable.

Seiji Sawamura y Midori Kasugano, dos, a tamaño real, a plena luz del día, entran a la casa de ella. La madre de Midori tiene piernas y las ha tenido desde que nació. Es una señora joven, ruidosa y excedida en confianza. Seiji se aparta de la cabeza lo que está pensando, y se acuerda de las veces que vio a Midori sin vestidos de muñeca. Intenta hacer una proyección de escala, e imaginarse esa confianza o ese pudor de mentira en esta mujercita de 1,55 que tiene junto a él ahora.

Frente a frente en el salón de té Seiji busca los ojos de Midori y solo encuentra un cerquillo a la moda. Ni rastros de esa mirada desafiante de cuando le dedicaba a él un elogio atrevido salido de ninguna parte. La señora Kasugano no se calla. Seiji tiene que esforzarse en apartarla de los sonidos que le interesan: la respiración de Midori. Es débil y enfermiza. No parece de la dueña de los jadeos que le servían a ella para recuperar el aire después de horas de reírse juntos de lo mismo.

La señora Kasugano se retira. Midori se acomoda en su lugar en el sillón. Ese cuerpito condescendiente es idéntico, y no se parece en nada, a la miniatura de Midori que se hacía la dormida cuando él se despertaba, antes, con cosquillas en el cuerpo. Pero esta Midori tiene piernas.

Los personajes pertenecen al manga Midori No Hibi, de Kazurou Inoue. Propusieron un ejercicio sobre erotismo para el taller de escritura y, bueno, tenía ganas hace rato de pedirles prestado el cuerpo a estos dos.