Se que no es importante.

Lo se pero no pude evitar que se me cayeran un par de lágrimas.

Y mirá que hay cosas para ponerse a llorar, eh. Basta con ver un poco los noticieros por ejemplo, que en este momento muestran la situación de default en Grecia. Sin embargo, aunque esa situación me remonte a uno de los momentos más difíciles que atravesó mi país, no le dedico demasiada atención. Por lo menos no ahora, cuando mi mente repasa una y otra vez las mismas imágenes. Probablemente la peor de esas imágenes sea la de la última jugada antes del pitazo final del segundo tiempo. Esa famosa jugada en la que Messi luego de limpiar rivales, suelta la pelota en Lavezzi, quien decide dejar la definición a cargo de Higuaín, pero este no puede concluir la jugada en gol y la pelota termina dando en la parte externa de la red. Supongo que si hubiera terminado en gol esa última jugada, si justo en ese último instante del partido nos hubiésemos consagrado campeones ya estaríamos hablando no sólo de otra “jugada magistral de Messi” sino hasta del milagro del Papa Francisco que nos “ayudó” en el último suspiro. Porque nosotros, los argentinos, para creernos el centro del universo somos los primeros. Pero no, el gol finalmente no se hizo presente y ahí se fue la primera ilusión, con la llegada del alargue.

Esa no es la única imagen que tengo rondando en mi cabeza porque la cosa después se puso más desesperante y no sé si me duele más la imagen de Alexis Sánchez convirtiendo el penal que le da la victoria a su equipo o la de Mascherano llorando, volviendo a ser “la cara visible de la derrota”. Pero esta derrota es diferente y poco se parece a la que vivimos hace tan sólo un año atrás. Un año en el que después de mucho tiempo se volvió a creer, o -lo admito- un año en el que yo después de mucho tiempo volví a creer y me volví a contagiar de cosas que tenía muy olvidadas, que el tiempo y la desilusión quizás, me habían hecho subestimar. ¿En qué me va a cambiar a mí un partido de fútbol? Yo mañana tengo que ir a trabajar y encima me tengo que poner a estudiar porque tengo parcial también… Para colmo ya perdí dos horas viendo esto y como si fuera poco mi equipo perdió así que estoy re caliente y sin ganas de tocar un solo apunte. Porque claro, yo si miro un partido lo miro en serio, me hago amiga de los jugadores, me enojo un poco con el árbitro, hago todas las cábalas habidas y por haber ¡quiero ganar! Varias veces dejé de lado obligaciones por ver un partido que después me dejó el ánimo por el piso. Y sí, quizás tenía razón, yo tenía que ir a laburar o estudiar y nadie me iba a devolver el tiempo invertido en ver a millonarios pateando una pelotita. Por supuesto que ese pensamiento me parece muy válido, lógico, sensato… Pero horrible.

De pronto me doy cuenta que dejé de lado algo no sé si tan válido pero sí mucho más lindo y emocionante que todo eso, y es ni más ni menos que el sentimiento de la alegría colectiva. La alegría que te produce no sólo que tu equipo gane, la alegría transformada en ilusión y en esa mezcla de nervios compartidos cada vez que los jugadores están por salir a la cancha, jugadores que ya dejan de ser millonarios que corren atrás de una pelotita para empezar a ser esa especie de amigos que te hacen disfrutar en cada partido. Y entonces ese sentimiento se va transformando en cariño, un cariño medio extraño pero hermoso y entonces ya no es sólo ese “querer que gane” porque es mi equipo, porque esos jugadores me representan a mí y tienen que ser mejores que los que representan al otro. No, ya no es sólo eso. Es también querer que ganen porque siento que estos tipos que vienen de darme la alegría de llevarme ni más ni menos que a la final de un Mundial por primera vez en mi vida, merecen ellos mismos darse también una alegría.

Probablemente por eso la sensación que me dejó la derrota casi que no fue de bronca, sino más bien de angustia, tanta que me tuve que poner a escribir esto para intentar procesarla.

Y eso quizás hable mal de mí y de mi vida, no lo sé. No sé si está bien o mal ponerse así después de un partido de fútbol, después de un simple juego. Porque aunque las marcas y todo el mercado que gira alrededor del mundo del fútbol nos quieran instalar frases como “la vida por los colores”, “la pasión por la camiseta”-muy convenientes para ellos, por cierto- esto no deja de ser ni más ni menos que un juego, un juego que nos llena de emoción, alegrías, ilusiones, desilusiones… todos sentimientos alrededor de un simple juego.

Muchos ahora comenzarán a (re) abrir otros debates… que por qué Messi en la Selección no rinde como en el Barcelona (me pregunto cuántos de los que cuestionan eso verán todos sus partidos en la liga española), que Martino se equivocó con los cambios, que tendría que haber entrado Tevez y con él esto no pasaba… En fin. No me voy a meter con eso, se lo dejo para los que entienden o dicen entender del tema. Y ojalá podamos llegar a alcanzar alguna certeza que nos ayude a mejorar.

Yo por mi parte sólo tengo una, y es que -aunque apenas la pelota que lanzó Alexis cruzó la línea de gol decidí apagar la tele sin querer volver a ver un partido en mi vida- no quiero que la desesperanza de hoy me domine para siempre. No quiero ser esa persona que se pregunta “en qué me va a cambiar a mí un partido de fútbol”, quiero seguir siendo la que volvió a creer e ilusionarse con un juego, un juego realizado no por “millonarios que corren detrás de una pelotita” sino por personas con un enorme talento que a lo largo de estos años me regalaron y probablemente me sigan regalando alegrías jugando al deporte que más me gusta ver, y que supieron contagiarme de una emoción única, la emoción compartida con el otro, la alegría colectiva.

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