La extinción de los mentirosos

“Yo uso la mentira como herramienta”, me dijo alguien una vez y me quedó. Se la pasaba inventando historias y se divertía con eso. También creía que mucho de lo que había ganado en la vida se lo debía a esas tácticas. Y a cualquiera puede resultarle divertido pasar el tiempo con un mentiroso y reírse de sus ocurrencias, y entretenerse descubriendo cuántas anécdotas son ciertas y cuántas no. A cualquiera le puede sonar divertido, a cualquiera antes de quererlo un poco.

La verdad es que aunque estamos cansados de escuchar que “la mentira tiene patas cortas”, la mentira ha llevado a algunos más lejos (y más rápido) de lo que hubiesen llegado con la verdad. Imagínese en una entrevista de trabajo, diciendo todo lo que sabe que un futuro jefe quiere escuchar. Y en medio de una fiesta, moviéndose exactamente como le gusta a las personas que recién conoce. Y en una cena con los padres de su pareja, explicando todo lo que sus suegros soñaban que fuera. ¿No suena increíble? Ser muchas personas al mismo tiempo. Mutar, transformarse. Poder convertirse en lo que los otros quieren. Volverse querible y amable. Porque como le dijeron a la señorita Cora: “La verdad que no me importa si no entiendo a las mujeres, lo único que vale la pena es que lo quieran a uno”.

Pero no crea que la ciencia de la mentira es algo fácil de ejercer, quizás sea algo que algunos nunca aprendan. Aunque existan personas que la utilizan con frecuencia, eso no quiere decir que lo hagan como la verdadera mentira manda. Porque no basta con falsear y decir cosas que no son ciertas, eso es solo una pequeñísima parte del asunto. Mentir, lo que se dice mentir, no lo pueden hacer todos. Hay que tener mucha memoria para poder hacerlo. Y me animo a decir que también hay que ser bastante inteligente, y sentir muy poca culpa.

Porque todos hemos conocido a mentirosos insoportables, de esos que se ponen nerviosos y no saben qué decir, que se vuelven pastorcitos. No sirven. No se reciben nunca. Sean o no descubiertos, se vuelven tan poco creíbles que al común de la gente le parecen idiotas. Esas personas no cumplen los requisitos ni para anotarse a la carrera, porque para tener el título en mano y colgado en la habitación de uno, no basta con ser mentiroso. Hay que ser mentiroso, creíble y querible. Sobre todo muy, muy querible.

Y eso es una cuestión artística, me animaría a decir un talento, que todavía no pude descubrir bien cómo se aprende. Los mentirosos de profesión y los que ya son licenciados en mentirología, además de ser queribles porque son creíbles y porque son lo que todo el mundo quiere, (acá iba algo interesante que se me acababa de ocurrir y en un segundo se me olvidó, yo creo que debe ser efecto de ese mito que dice que cuando te olvidás algo que estabas por decir, es porque era una mentira).

En definitiva, los mentirólogos son personas muy inteligentes y con una gran memoria. Si no la tuvieran, podrían ser descubiertos de inmediato. Pero además, aunque muchos no lo crean, no son malas personas. En general mienten para satisfacer las expectativas de quien tienen en frente, y eso hace que el receptor se sienta satisfecho y, de alguna manera, más feliz. Y de esa plenitud y gracia hacia el mentiroso, nace un sentimiento positivo, y el farsante se siente querido, y entonces también es feliz.

Es decir que el círculo vicioso de los mentirosos es, en realidad, el círculo de la felicidad. Una espiral que en el centro se acerca a personas satisfechas, relaciones perfectas y vidas sin vértices ni perpendiculares. Y entonces los mentirosos se creen buenos tipos y creen que ellos también son perfectos. Y después hacen cosas increíbles con la mentira, como decirte que no van a poder venir a tu cumpleaños y caer de sorpresa, con ese regalo que tanto querías, y que él te había dicho que no te iba a poder comprar porque estaba seco, muy seco.

Al sobrecargar sus memorias de recuerdos y de inventos, a veces se sienten agobiados. Pero el mentiroso doctorado es un vicioso que nunca puede alejarse de su vocación, y cada uno de sus momentos se convierte en la ocasión perfecta para una nueva mentira, una que viene desde su basta imaginación a calzar justo, como el zapatito de Cenicienta repleto de brillos de diamantes.

Es así que el mentiroso — o mentirosa, que el lenguaje no la confunda: hay tantos hombres como mujeres practicando la profesión — resulta siendo el alumno responsable y el compañero más fiestero, el marido fiel y el amante apasionado, el amigo de todos, el que nunca tiene problemas, el que todo lo hace bien, el que jamás tiene malas intenciones. El tipo bueno, deseable y amable. Es en cada momento lo que su interlocutor quiere que sea. Convierte su libertad de mentir en la esclavitud del amor, en la adicción a ser querido, en un Maquiavelo que hará lo que sea por llegar a su fin, “que al fin y al cabo lo quieran a uno”.

El mentiroso es tantas cosas que, en definitiva, no es nada. Solo cuando duerme, en esos sueños en los que no tiene control de sí mismo, es por un ratito él. Pero al despertarse por la mañana lo olvida y vuelve a convertirse en todo lo que no es. Este farsante, con los años, acaba perdiendo todo de sí, se convierte en un fantasma que moldea sus ojos y su nariz conforme a la cara que tiene delante. Y de tanto deformarse un día desaparece, deja de ser. Es por esto que ya no deberíamos preocuparnos por ellos, porque llegado el momento acaban matándose a sí mismos, y de a poco se extinguen, y de a poco ya no existen. No tenga miedo, señora, que los mentirosos de profesión y los fantasmas ya no existen.

En: https://chapuzonesdetinta.wordpress.com/2014/05/07/la-extincion-de-los-mentirosos/

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