Hoy cumplo 2 años en Bogotá

Esto no es un post sobre una venezolana emigrante en otro país, ni mucho menos. Así que puede pasar con confianza o dejarlo hasta aquí.

Hoy quiero decir que soy introvertida, nostálgica, depresiva y ansiosa; aun así he encontrado la fuerza para mantenerme de pie en un país que todavía siento ajeno. Mi primer año fue una experiencia bastante diferente, a la de los últimos 365 días; de hecho si hacemos corte al día de hoy la vida de muchos en mi entorno han cambiado significativamente al día de hoy. Los años parecen pasar más rápido, quizás por eso nos dejan tan cansados.

En mis primeros doce meses me encontré agradecida con la vida, con la oportunidad de vivir algo nuevo, de compartir con personas nuevas, de disponer a mis anchas de la independencia que siempre quise, de *poder* considerar nuevas opciones y *hacer* planes.

Cuando recién llegué a esta ciudad me dijeron que después del primer año dejaría de llorar todo el tiempo por extrañar a mi familia y a mis amigos, en buena parte es verdad… Ahora lo hago menos, pero con más ganas.

En mis primeros doce meses me tocó asumir responsabilidades que nunca había tenido, me tocó aprender a rendir cada peso, a darme cuenta que tus prioridades comienzan a ser otras y algunas no te dejan ni titubear. Aprendí que si te enfermas, te toca saber curarte. Aprendí que si te sientes triste, tienes que saber en quién apoyarte.

Los siguientes doce meses… Fueron otra historia. En este espacio aprendí a cuidarme más, a desconfiar más. A buscar los cambios que quería desesperadamente hasta lograrlos, a enfocarme en lo que veo que puede significar un paso hacia el futuro que quiero. En este año aparenté ser más fuerte, adaptable y mucho más independiente. Pero la verdad, es que fue un año de cuestionarme, forzarme, pelearme, cansarme, decepcionarme y buscar, de alguna manera, calmarme.

Hoy, en este momento, reconozco que la vida me pide un cambio, me pide comenzar a admitir cómo soy, y lo que ha significado una lucha interna por mantenerme de pie en un país que aún siento ajeno, mientras a puerta cerrada sigo llorando por los que están lejos. La vida me empieza a pedir soltar muchas cosas y a muchas personas, aceptar la ayuda de terceros y recuperar la confianza en el otro. La vida me pide volver a ser agradecida con quienes han estado desde el principio, con quienes están ahora y con quienes ya no están pero fueron clave para este recorrido; también me pide ser agradecida con esta ciudad que aunque no me ofrece sol todos los días, me ofrece la opción de crecer tanto como desee hacerlo.

Hace dos años tomé una decisión de vida.

Gracias Bogotá, por las buenas y por las malas.

A.