Es momento de atreverse

Neffer Mustiola
Jul 20, 2017 · 6 min read

La vida es una aventura, atrévete.

Madre Teresa.

Una de las tantas cosas que amo de París es lo bien pensado que se ha diseñado la ciudad para permitir que en las calles y avenidas puedan convivir los carros, las motos, los taxis, los autobuses y también las bicicletas.

Las calles tienen un canal para los vehículos particulares, otro para las taxis y los autobuses y un espacio dedicado a los ciclistas. Desde que llegué a la ciudad siempre me sentí curiosa de la forma como los ciudadanos y los turistas toman las bicicletas a cualquier hora para desplazarse con fines recreativos, de transporte o deportivos.

Por mi parte las únicas experiencias con la bicicleta se habían limitado a algunas vacaciones en el conjunto residencial donde mi tío tenía una casa de playa porque allí no había peligro de ningún tipo pero esas aventuras no excedieron unas cinco veces y con fechas específicas de vacaciones en la época de mi adolescencia. En Caracas quería comprarme una bicicleta pero el miedo a que me la robaran o que ocurriera una desgracia sobrepasaba mis ganas

Al llegar a París descubrí con un encanto embobecido a la gente pedaleando, libre y feliz. Por supuesto que me invadía una envidia y unas ganas de hacer lo mismo porque ya conocía lo sabroso que era desplazarse en esas dos ruedas a la velocidad que le imprimas, sintiendo que el aire de la libertad te pegara en la cara con una sensación de estarte comiendo el mundo entero.

Sin embargo, a pesar de tener el mismo derecho y acceso que toda la gente que vive y visita la ciudad a todos los medios de transporte, la bicicleta incluida, el miedo a que me aplastara un carro o me cayera me superaba y por tres años pospuse la idea. Me decía a mi misma que era un riesgo muy alto y aunque me moría de las ganas por hacerlo siempre le daba largas al asunto.

El año pasado tuve la gran fortuna de tener una estudiante muy intrépida que practicaba todo tipo de deporte y en una de nuestras tertulias me dijo que los domingos hacia un recorrido en bicicleta desde el museo de Louvre hasta la torre Eiffel al borde del río Sena y lo mejor de todo era que en las riberas del río no había paso vehicular porque justamente ese lugar estaba designado para la recreación de la gente que quiere patinar, jugar, correr, manejar bicicleta, hacer picnic, escuchar música o simplemente tomar sol. Algo así como la cota 1000 en Caracas que cierran los domingos hasta el medio día pero con un gran rio.

Convencida de que no había peligro, me inscribí en línea en el servicio de bicicletas públicas VELIB y pagué mi inscripción de 45 euros que me permitía utilizar el servicio por un año.

Todavía recuerdo la primera vez que tomé la bicicleta. Empecé a sudar frio y estaba en estado de alerta total durante el recorrido de dos calles, cuando me pasaba un taxi o un autobús al lado perdía un poco el equilibrio porque era apabullante. Tenía que estar pendiente de lo que estaba sucediendo al frente y a los lados. Al pararme y frenar desposeía la práctica de donde reposar el pie o como debía sostener la bicicleta hasta que cambiara la luz a verde. Era todo un proceso pero lo peor era arrancar de nuevo porque tenía que agarrarle el tumbado y encontrar el balance de nuevo.

Los primeros días lanzaba unos gemidos de nervios y decía algunas groserías en español quejándome por una parte del peso de la VELIB porque era sumamente pesada y en segundo lugar de mi desequilibrio en la silla que se me tambaleaba. Esta aventura extrema no me tomaba más de cinco minutos pero era el sufrimiento que debía pagar antes de caer en la entrada de los bancos del rio Sena.

Una vez segura y amparada por el agua y la gente de a pie sintiendo no el sudor nervioso que me corría sino la brisa acariciarme me invadía un espíritu de felicidad que me arrepentía de haber durado tanto tiempo privándome de tan agradable experiencia.

A un año de haberme comenzado a manejar bicicleta los nervios han desaparecido y la mayoría de los días de verano la utilizo desde el trabajo hasta la estación del tren. El recorrido me lleva desde la Opera de París hasta Châtelet-Les Halles. Eso me toma unos veinte minutos aproximadamente. Manejo en las aceras, en la calle, en las avenidas o donde sea y ya la tembladera desapareció. De hecho, me he dado cuenta que tengo más control sobre el volante, los pedales y el freno. Todo es cuestión de práctica.

Este pequeño ejemplo de mi experiencia con la bicicleta es una sucinta ilustración de lo que el miedo puede llegar a producir en nosotros los seres humanos porque la fatalidad parece que a veces nos acompañara a todas partes y anulara nuestra capacidad de tomar riesgos y vivir una vida plena.

Cuantas veces nos vemos obligados voluntariamente a renunciar a nuestros sueños por el tonto hecho de que el miedo nos amplifica y distorsiona los riesgos posibles anulando casi en la totalidad cualquier posibilidad de hacer algo nuevo en la vida.

Las líneas de la tan llamada seguridad están demarcadas en nuestra cabeza poniendo límites a lo que es permitido y lo que es comprometedor.

Pero esto no es nada nuevo porque nuestros ancestros genéticamente nos heredaron ese instinto de supervivencia de la época de las cavernas cuando el hombre salía a cazar y se defendía de las criaturas que lo amenazaban. Protección, protección, protección.

Sin embargo, ahora a pesar de estar insertados en una sociedad progresista y ser hijos de la tan llamada evolución y civilización, nuestro cerebro se encarga de armar toda una serie de escusas cuando queremos incursionar en algo nuevo porque esas cosas son percibidas como amenazas y nuestras conexiones neuronales nos alertan con el fin de impedirnos salir de la tan llamada y divulgada zona de confort o la zona de lo seguro para mantenernos seguros y a salvo.

No soy de las que niego que se deba ser prudente pero me pregunto cuál es el límite entre la prudencia y el conformismo.

Hacemos lo mismo que hace dos o tres o diez años atrás, en el mismo trabajo, con la misma pareja con la que nos sentimos insatisfechos, viviendo en la misma zona que nos incomoda y con la misma gente muy a pesar de estar más que seguros que nacimos para mejor que todo eso. Aunque tenemos esos sueños de grandeza y hay una voz interior que nos dice que hay algo bueno para nosotros más allá de lo que estamos viviendo, simplemente ignoramos esas señales o las acallamos porque el miedo nos frena. Impedimos a la imaginación volar y no nos permitirnos el derecho de encarnar el sueño y hacerlo una realidad para así finalmente vivir la vida con la que siempre hemos soñado.

Particularmente no creo en los cambio bruscos porque sino la mente se resistirá. Si en cambio cada día hacemos un poquito y aumentamos la dosis de cambio de a poco el cambio puede llegar a ser perdurable en el tiempo. Lo ilustro con el siguiente ejemplo: si quieres perder peso simplemente empieza con una caminata de 10 minutos tres veces a la semana y la siguiente aumenta 5 minutos, la tercera semana camina veinte minutos y así sucesivamente.

Lo que cuenta es la disciplina y la repetición del acto, de esta forma ganarás seguridad y te sentirás motivado a seguir adelante al ver que estas progresando.

Para tener una dentadura sana solo hay que cepillarse al despertarse, después del almuerzo y antes de dormir y la suma de todas ellas no nos toma más de 10 minutos al día pero hay que realizar el acto repetidamente para darle longevidad a los dientes. Un día de higiene bucal no te salvará de caries ni enfermedades periodontales pero la acción repetida en el tiempo te garantiza una salud bucal para toda la vida.

Igualmente sucede cuando queremos incorporar nuevas actividades a nuestra vida y ver resultados efectivos. No crean que después de 15 días puedan ocurrir milagros. Yo empecé a hacer ejercicios hace 9 meses y las primeras 8 semanas estaba en sufrimiento total y apenas hace dos meses alcancé el peso que quería pero me embarqué en este asunto del cuidado de mi cuerpo como un compromiso de vida no por un día, ni por un mes, ni tampoco por un semestre.

Los cambios permanentes no se dan a la velocidad con la que ordenamos una hamburguesa en MC Donald y la tenemos en la mesa. Eso no existe.

Supérate de a poco. Ponte retos alcanzables. Sé paciente. Sé disciplinado. Decide tomar las riendas de tu vida. Renuncia a ser un empleado y conviértete en el presidente de tu vida. Deja de ser una víctima de las circunstancias.

)

Neffer Mustiola

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I am an entrepreneur , a coach and a teacher. I have been living in Paris for five years and I am a very curious person who loves to explore new things.

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