Un sermón que entra por un oído y sale por el otro sin pasar por el corazón

Termina la alabanza y se para la persona que ha sido seleccionada para trazar el mensaje de ese Sábado. Este elegido está de punta en blanco, con un traje azul, camisa blanca y una barba que le da un halo de sabiduría. La gente caya y hay un silencio absoluto en el recinto sagrado marcando el inicio del momento culminante de toda la liturgia: la predicación.

El predicador rompe el hielo diciendo que los sábados hay que vestirse elegantemente porque esa es la forma en que esa comunidad de creyentes marcan la diferencia del resto de la humanidad. En su introducción hay unos verbos que prevalecen: “tenemos que, debemos, es necesario y hay que” absolutamente todos en forma imperativa. Ya a dos minutos de haber empezado a hablar, mi pensamiento empieza a divagar como Charlie Brown en el colegio. Cuando la maestra comenzaba a hablar a él el cerebro le transformaba las palabras de ella en garabatos sonoros. Logro salir de este estado y me volteo para ver a mi amiga sentada justo a mi lado buscando una respuesta del porqué de mi incomodidad, ella se voltea hacia mí y me sonríe. Esa sonrisa va acompañada de un movimiento de cabeza leve de derecha a izquierda y me susurra “no me gusta”. En ese momento entiendo que no estoy sola en mi suplicio. Seguimos sentadas, yo con mi cuerpo cien por ciento presente pero mi mente hacía pequeños viajes y volvía a regresar hasta que finalmente terminó el culto. Cuando por fin estamos solas lejos de la iglesia y de la gente que conocemos, hablamos y llegamos a la gran conclusión de que todo lo que habíamos escuchado era de cierta forma válido pero carecía de brillo y vida porque eran sólo palabras, información pura, semejante a escuchar a alguien leyendo un libro.

He allí el gran problema. Con este auge de la tecnología donde con un click ya tenemos toda la información a la mano de todo lo inimaginable, lo que realmente apreciamos los asistentes de una reunión religiosa es el aporte humano y vivencial del que está hablando. Lo que hoy presenciamos fue simplemente una concatenación de ideas no adaptadas a la época en la que vivimos. Creo firmemente que para que un mensaje realmente toque el corazón de la audiencia primero debe haber sido filtrado por la experiencia del que habla, mostrándose vulnerable y borrar esa línea divisoria, que ya está bastante abollada por cierto, entre la gente del mundo y los cristianos que lo que hace es seguir creando más divisiones. Vean contextualizado la tendencia a marcar el territorio entre nosotros y los otros en varios contextos: los blancos y los negros, el extranjero y el nativo, lo pobres y los ricos, los guapos y los normalitos, los inteligentes y los cerebritos, los cristianos y la gente del mundo.

En este mundo se busca urgentemente más persona reales que personas que tengan la razón; estamos carentes de personas que están dispuesta a mostrarse tal como son, con sus debilidades y fortalezas sin fachadas de pureza ni vestiduras de legalismo; se requiere con urgencia gente que sea capaz de seguir sus convicciones que de seguir una regla anticuada que no ayuda en nada; necesitamos personas pensantes y racionales que no le digan amén a todo lo que un ministro de iglesia diga; se requiere personas que no se mientan a sí mismas y que sean coherentes con lo que piensan; se buscan personas que no se pongan la careta de felicidad cuando están en el púlpito a pesar de tener unas ganas inmensas de gritas y decir que se sienten miserables.

No seamos como esa gente que llega a la Torre Eiffel con caras de amargados y frustrados que se les nota que escogieron la compañía incorrecta para venir a hacer turismo pero en el momento de la foto se abrazan mostrando toda la dentadura fingiendo que la están pasando de lo mejor.

“Caerse está permitido, levantarse es necesario y lo mejor está por llegar”
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