Lustrar la tarde

Pablo se sentó cansado sobre su cajoncito de lustrabotas, estaba desenmarañando el nudo de la bolsa de hule que contenía las ganancias del día, unas cuantas monedas que hacían un sutil sonido mientras aquel intentaba desatar el lazo que adrede lió fuertemente. Un hombre pasó a su lado y lo miró desde lo alto, como queriendo ayudarlo, no obstante siguió el galopante paso urbano que llevaba.

El chico miró a lo lejos, con aquellos hermosos ojos color miel con rayos verdes, sus pestañas florecían de su morena piel delineando su mirada acongojada. El puesto de don César comenzaba a echar los primeros aromas del banquete callejero para los trabajadores que debían de iniciar a rondar la plaza como a las 18:00.

La bolsita fue cuidadosamente guardada en el bolsillo derecho de Pablo, su pequeña mano dio unas palmadas al botín, se colgó la cajita al huesudo hombro y caminó a paso apresurado hacia el puesto de don César. Dudó de si pasaría de largo o desataba la bolsita, intentó no mirar el local mientras fruncía el ceño, como para concentrarse más en sus pasos, pero un decidido “¡mita’i!” interrumpió su paso.

Don César lanzó un poco de aguada salsa a la hamburguesa que pronto sería coronada con otro pedazo de pan, con gran destreza volteaba uno tras otro los pedazos de carne en su plancha mientras preguntaba al chico, sin siquiera mirarlo (pues quizás no quería toparse con aquellos dos universos que tenía por ojos) “¿nde piko rekaruma ko este día?”. Como quien es tan transparente y no sabe disimular, por más de que haya practicado, Pablo no pudo ocultar la respuesta y tragó un poco de seca saliva.

El hombre, dueño durante las noches de la esquina de Nuestra Señora de la Asunción y Estrella, con porte severo y macizo, envolvió descuidadamente una hamburguesa y se la dio Pablo, quien no tuvo que emitir una palabra, ya que siempre hablaba mejor sin utilizar su voz. Tomó con sus pequeñas manos el tibio regalo, y como ratoncito que vuelve a hurtadillas a su escondite, continuó ágilmente su caminar.

Mientras deglutía el manjar preparado por el experto Don César, el lustrabotas más puntual y hacendoso de la plaza iba llegando a su hogar a las costas del río. El viento que se volvía más fresco al deslizarse sobre el agua le daba la pauta de que ya estaba en casa, y con el botín intacto para dárselo a mamá.

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