Una polvorienta frazada

Hay días que me rebelo contra mi resignación, la cual acepta mansamente, como parte del paisaje, al caos que me rodea en casi todos los ambientes. Es entonces que, en breves arrebatos, decido deshacerme de cajas, bolsas de nailon y poriestirenos. En varios viajes, voy llevando lo seleccionado al contenedor de reciclaje. La tarea, dada la hora, tiene sus riesgos, y en una de las salidas me encuentro casi frente a frente con alguien cuya voz me hace pensar en la influencia de droga o alcohol y cuyos rasgos son un canto a las teorías lombrosianas. Mientras está interpelando a otra persona que acaba de bajar de su vehículo recién estacionado, sin dejar de vigilar, lo ignoro y continúo mi camino hacia el contenedor, mientras voy separando el billete que probablemente me pida cuando me tope con él en el camino de regreso, como efectivamente ocurre.

Otra vez frente a frente, a pesar de mi miedo patológico a los asaltos que arrastro desde los ochos años, algo dentro mío decide oponerse y con toda naturalidad, acortando la distancia segura, le entrego la limosna en la mano.

-¡No, no quiero!, dice. Me descoloca.

-¿Qué querés?

-¡Una frazada rota! ¡Hace cinco días que no puedo dormir!, me grita su lamento.

-No tengo, respondo. Seguramente debo tener alguna, ¿pero dónde? Dudo, consciente de lo expuesto y vulnerable que me encuentro -¡Esperame que me fijo!

Complicado buscar algo a estas horas de la noche, con gente mayor durmiendo, y más cuando muchas de las cosas de las que están a mano, son recuerdos familiares que me trascienden. El primer intento fue infructuoso y me fui arriba, a la entrada del lavadero, en donde tengo, hace tiempo, colchas y frazadas para lavar. En mi apurada búsqueda arrojo otras cosas. Me fastidio, pero casi a oscuras, no es mucho lo que puedo hacer. En otro momento me ocuparé. Finalmente encuentro lo que necesito. No creo que la extrañen. Está llena de polvo ¡Yo ni en broma me pondría esta frazada! ¿O sí?

Olvidando mis precauciones, salgo en la calle y aún está ahí. Le digo, -¡perdoname, pero está llena de polvo! -¡No importa!, responde, y se va por la bajada, con la frazada en los hombros.

De nuevo en casa, estornudo una o dos veces a causa de mi alergia alentada por el polvo alborotado. Mi minúscula acción de hoy, en este mundo de mierda, es como una partícula en la inmensidad de esa frazada polvorienta, o más aún. Tal vez lo conforte por escasos días, ¡quién sabe cuántos más!

Y tal vez debería sentirme satisfecho por mi buena acción del día, consolándome con un “no es poco”.

Pero la verdad, que no.