Iván y las nubes aisladas

Escuchó al viejo dron avanzar hacia su ventana. Abrió justo a tiempo para que el bicho tirara la bolsa y aún así entró polvo de afuera. La compra era escasa pero suficiente para una semana. Puso el cristal en modo ahumado y programó luces tenues y un café, que por suerte aún era gratis, mientras disponía los botes en los muebles de la minúscula cocina. Con el ceño fruncido, se movía por la casa todavía enfadado, puños cerrados y labios torcidos. Las lágrimas a punto de saltar en cualquier momento. Él no había sido ningún puto héroe en la guerra, le hubiera gustado serlo pero enseguida la realidad pisó los sueños de cualquiera. Había actuado como un tonto muchas veces, aunque en ningún momento tuvo dudas sobre si participar o no y…¿para qué había servido? Ahora estaba solo, prácticamente escondido en aquella ratonera apestosa de anticuada domótica, lo único que tenía; una vivienda asignada por el Nuevo Ayuntamiento a los ex soldados de ambos bandos. El mundo había cambiado mucho alrededor en poco tiempo, nada era ya como era antes, ni como antes de antes, y parecía que a nadie le quedaban ganas ya de luchar o de cambiar las cosas. Era mejor dejarlo como estaba. Todo roto, destrozado.

Harrisson Fong

Con las dos manos agarró la taza de café, sentado en el gastado sofá, delante de una destartalada consola de plástico negro. Ya no recordaba cómo funcionaban ese tipo de andróminas. Había visto una en casa de los padres de Marga cuando éran novios y la habían querido probar pero nunca lo hicieron. No le daba muy buen rollo, era una mierda neuronal y podía ser peligroso. Había visto muchas series y películas que alertaban de horribles efectos sobre el cerebro humano. Pero después de haber vivido esta asquerosa guerra, si no tenía el cerebro hecho polvo por las drogas, los miedos, las terribles realidades y las imágenes en bucle que a veces no le dejaban respirar, puede que un shock hasta le fuera bien, y de todas formas sentía que no había nada que perder. “Igual ni siquiera funciona”, se dijo. Observó un momento el aparato, y no le fue difícil distinguir las funciones. En una pantalla holográfica aparecieron las instrucciones. Se colocó el extremo en la nuca y rezó porque no hubiera ninguna disfuncionalidad, máximo que estuviera del todo escacharrado. Sintió un cosquilleo en los sesos y sus ojos pasaron a formar parte de otra dimensión. Una voz femenina muy amable, un poco carca, le indicaba el menú. Eligió un salvapantallas de tipo tropical y echó de menos los sencillos porros con los que se reía con sus amigos en el parque antes de…

Barcelona era justo como la recordaba en la simulación que le presentaba la consola: sucia y llena de publicidad, de luces y de gente, con un clima insoportable. Los nuevos edificios construídos encima de los viejos. El sol escondido constantemente detrás de nubes oscuras, cargadas de electricidad. La cruz de la farmacia, como todas las otras, estaba encendida noche y día. Estaba cerca del bar. El corazón le dio un vuelco y quiso ir corriendo a buscar a Marga, pero joder eso era un puto simulacro y podía pasar cualquier cosa. Todos aquellos edificios habían desaparecido la mayoría, y también la gente. Pero si la máquina había programado y fijado esa imagen para él, sería por algo. Dio gracias que no le había colocado en medio de un bombardeo, o, peor, el pulso se le aceleró, en aquel callejón, el callejón…

Violentamente se desconectó del simulador. Estaba sudando pero tenía la piel muy fría y sentía terror. Cogió el anorak y las gafas protectoras y salió corriendo del edificio con la capucha puesta. La neblina era espesa en la calle, aunque cada día parecía despejarse un milímetro más. Caminó deprisa hacia la montaña, calle arriba, cruzándose con algún loco, y una abuela que le lloraba a un montículo de piedras. Presa de un ataque de ansiedad, iba estirado como un alambre tan deprisa como podía. El entorno era hostil, olía a verdadera mierda y daba miedo si empezaba a oscurecer. Algún día había que atreverse a bajar a la calle, pero quizás hoy no era el mejor. Casi llegando a la ladera, donde antes estaba la plaza de las discotecas y aún antes, la biblioteca, le salió al paso un chaval con los ojos saltones empuñando una navaja. Iván supo que le había roto el brazo cuando lo oyó sollozar. Su intención habría sido romperle los dedos solamente, pero dejó al chaval ahí tirado gimiendo, añadiéndose más estrés. Con ganas de matar siguió andando, confundido. Mucho más arriba el aire era un poco más respirable e incluso podían distinguirse formas de la ciudad. Ahí donde ahora un edificio deforme se elevaba entre los escombros había habido casas donde vivían personas. Una vez, de tripi, estaba con Ramón muy cerca de allí, en un punto más alto y estaban los dos, fuera del coche, en primavera, vislumbrando el amanecer, el sol lamiendo los tejados y ellos dos, muy jóvenes, saltando y gritando que sobraban humanos y quejándose de que las grúas y los nuevos carteles holográficos estaban destrozando el paisaje. Respiró profundo, y sintió un poco de alivio al acordarse de la risa de Ramón, pero enseguida se tornó en ira al saber que nunca volvería a verlo y dejó escapar un grito rabioso y largo que se fue volviendo en llanto hasta que pudo calmarse. Eligió un camino distinto de regreso y volvió sin problemas. Se lanzó al sofá vestido, agotado. Y soñó.

Soñó con Marga, solía hacerlo. Ella estaba muy guapa y le sonreía y le hablaba sobre la escuela. Entonces llegaba Toni, con esa sonrisa de catálogo y la agarraba por detrás y ella estaba embarazada, entonces se daba cuenta, y rompía a llorar como un niño y se enfadaba tanto que lanzaba las sillas por los aires y le quería pegar al tipo, pero él pegó primero y le rompió la mandíbula. La sensación de angustia le despertó. Estaba acostumbrado. Otro café. Un cigarrillo. Había soñado cosas peores. Esto era solamente la versión de un recuerdo, del que le había quedado una pequeña cicatriz en la barbilla para que viera cada día su propia estupidez. De todas formas deseó tener drogas a mano para no seguir recordando. El café era tan malo y su cuerpo estaba tan rendido por el ataque de ansiedad y el estrés acumulado que volvió a caer redondo sobre la cama deshecha. Y volvió a soñar. Estaba en aquel callejón, en aquel callejón. Rodeado de payasos.

Las noches y los días eran bastante indistinguibles entre la niebla, el insomnio y la desidia de los meses de posguerra, las pesadillas y los bucles del pensamiento. Tenía ganas de emborracharse pero no quedaba alcohol. Ni somníferos. Sólo café y cigarrillos. Y la puta máquina.

La miró una vez más. Le tenía miedo. Pero al final, ¿qué más daba? Cualquier realidad que le presentara no sería peor que la ya vivida. Y la idea del cacharro, en principio era ayudar a la gente. La madre de Marga la utilizaba por prescripción médica, porque estaba como una campana, pero era de aburrimiento, de estar en casa pintándose las uñas y no hacer nada interesante. La pobre murió en el primer bombardeo y Toni se llevó a Marga y luego tuvieron el hijo y en la guerra estuvieron retenidos en la Escuela. Iván también se quedó en el barrio, en el Economato, luchando por sus amigos, a quienes había perdido igualmente, y en realidad para verla pasar cada día. Estaba harto de recordar. Era como si el presente no existiera, y el pasado fuera una suma de vidas anteriores inconexas. Antes había sido un chico atrevido, lanzado, que ligaba un montón y tenía ganas de comerse la vida. Por un instante apareció ese Iván y saltó al sofá como cuando saltaba las puertas del metro. Se enchufó el dichoso trasto y apareció en la misma zona, sólo que esta vez había ido más atrás en el tiempo, cuando aún habían carteles pintados y las unidades de vivienda no se acumulaban unas encima de otras como cajas de zapatos. Cuando él era aquel chico que ligaba un montón. Se miró en el escaparate de la farmacia. Se vio tal como era. Sin las cicatrices. Delgado, poca cosa, pero joven y atractivo. Se pasó la mano por el pelo. Joder hacía años que no se miraba en un espejo. Si encontraba alguno, lo rehuía. Fue a ver a Marga, al bar de los Juanes. Era muy pronto y estaba vacío y se dio cuenta de que tendría que esperar mucho tiempo. Los Juanes estaban ahí, detrás de la barra, igual de amables. Salió a fumar un cigarro y saboreó la auténtica nicotina, y el alquitrán, y sorbió poco a poco el café con leche calentito. Una chica con mucha prisa entró en el bar dejando ondas de aire alrededor. Aire.

La reconoció.

  • Isa

Ella se giró. Lo miró sorprendida.

  • ¿Ahora me hablas?

Iván la miró con cariño. Ella había muerto en combate, salió como una furia a defender el Economato cuando fue atacado,. Cuando se lo contaron lo lamentó mucho y se acordó del genio de la chica. Se preguntó de qué nudo iba esto, pero le conmovió volver a ver a Isa y se relajó por no encontrarse nada peor. En aquella época ella coqueteaba con él, así que podría manejarla. Miró su cuerpo, ella era conocida en el barrio por la melena castaña y lisa y la cintura cerrada, y los monos que ella misma se cosía, de extraños tejidos y colores. Se sintió como en casa.

-¿Por qué no te hablaba? Ya no me acuerdo

Isa abrió mucho los ojos.

-Estás como una cabra

Iván se esforzó por recordar. No hacía tanto de eso, quizás doce o quince años, aunque parecía que hubieran pasado siglos. Pero sí, de repente, recordó odiarla con todas sus fuerzas. La odiaba aún cuando todo empezó. Pero luego no hubo tiempo para rencillas personales y pasaron tantas cosas que se había olvidado de la noche que estuvieron juntos. Las pesadillas posteriores fueron tantas y de tal intensidad que esas malas horas que compartieron fueron quedando soterradas. E incluso cuando lograron proteger la primera vez el Economato, se habían abrazado, Isa y él, entre tantos otros, contentos por haber sobrevivido. Es verdad que ella nunca más le habló como a un amigo. Luego ya cometió la imbecilidad de irse al Centro, porque no soportaba ver a Marga feliz, y para hacerla sufrir, porque en realidad podría haberse ido con sus padres y quizás aún estarían vivos. Pero quiso ir de valiente y demostrar ser un hombre y aterrizó en la más cruenta de las zonas de la guerra.

- Íbamos muy borrachos…- dijo él, aún intentando recordar…

  • Claro…¡porque me emborrachaste! -contestó ella, exactamente tan decidida y rápida como era.
  • No digas eso.

Qué tontería le parecía ahora aquella chiquillada. Pero Isa estaba auténticamente enfadada y tenía los brazos en jarra. Ladeando la cabeza decía con voz un poco de pito:

-¿Ah no?…¿a qué le llamas tenerme tres horas aquí bebiendo como una cosaca mientras esperaba a que acabaras de hablar con Marga?

Iván se sorprendió, no recordaba nada. El nombre de Marga le dio una punzada.

De pronto sonó un pitido y las paredes cochambrosas del apartamento reaparecieron. Alguien estaba al otro lado de la puerta de su apartamento y el sistema había apagado automáticamente el simulador.

-¿Quién eres? — preguntó al aire.

El sistema domótico amplificó la voz del visitante.

- Abre o volamos la casa

Iván se asustó. Los gritos siguieron pero él no contestó y el energúmeno pasó a la siguiente puerta. Unas cuantas horas después había dejado de sentir alarma. A veces la gente se volvía loca y probaba. Se sintió infinitamente solo. Comió. Le parecía una bobada lo del simulador, pero sintió la necesidad de tener compañía. Deseó encontrarse a Marga y se colocó rápidamente el dispositivo. Pero ahí seguía, con Isa, en el porche del Bar de los Juanes. Y ella seguía muy enfadada, el labio inferior le temblaba y en los ojos tenía lágrimas a punto de brotar. Iván la miró otra vez. Era graciosa, estaba buena, hablaba siempre muy convencida. No parecía la misma que pocos años después dirigiría comandos, con la melena rapada al cero y una cicatriz cruzándole un ojo. Le dio mucha pena y la miró con ternura. Ella dejó soltar las lágrimas y se lanzó a los brazos de él diciendo:

-¿Por qué me miras así?

Iván se dejó abrazar, pillado por sorpresa. El cálido contacto de un cuerpo ingenuo. Y le vino el recuerdo al olerla. La noche, los dos, borrachos, antes de eso había sido muy caliente y luego hubo fuego, pero de verdad. Fue la noche anterior a la mañana de la primera explosión y por eso aquel pequeño incendio quedó escondido entre los otros. “Fue en casa de alguien…no, fue en la segunda casa que compartí con Ramón, pero él ya se había ido, vivía solo desde hacía un par de semanas y eran las tantas de la mañana. Le dije que estaba enamorado de Marga y no quise acostarme con ella y se enfadó muchísimo y tiró cosas por el suelo, y yo también. La quise echar de casa y lo hice casi a patadas.” El recuerdo le dejó una sensación agridulce, mientras abrazaba el cuerpo palpitante de Isa.

  • Lo siento Isa, fui un capullo.
  • ¡¡No, no, yo siento haberte quemado las cortinas!!
  • Fue un accidente…- Ella se abrazó más fuerte y a él también le entraron ganas de llorar.

Tenía sus propios brazos alrededor del cuerpo cuando la máquina decidió pararse y la realidad volvió a su norma. Los bajó lentamente y un gran vacío interior lo asoló de golpe, como una ola grande. Creía que el simulador recreaba situaciones para solucionar problemas de uno, no sabía que era tan importante perdonar a Isa y además creía que ya la había perdonado e incluso había olvidado el incidente. Tuvo la idea de que era ella la que necesitaba el consuelo. La máquina se reconectó. Ahora Iván estaba en uno de los pasillos del Economato. No había nadie, estaban las puertas cerradas. Unos pasos de oyeron a lo lejos. “ Isa vestida con el mono que diseñó para todos cuando formamos el primer pequeño ejército, los Monos Negros.” El pelo aún lo llevaba largo y la cicatriz no existía. Pero su mirada había cambiado y también la piel. Era casi una mujer, más mayor que él, que no tenía espejo a mano para verse a sí mismo, y que puede que incluso pareciera más viejo que ella…pero reconoció haberse sentido siempre un poco como un niño a su lado. En aquella época ya había sufrido la puñalada en el muslo y estaba a punto de suceder…su pulso se aceleró pero entonces Isa habló y su voz amistosa le relajó.

  • ¿Cómo estás Iván?

Aquella situación había tenido lugar, más o menos, pensó. Una vez se encontró a Isa por aquel mismo pasillo del Economato, pero ella ya era la Sigourney Weaver que recordaba como Isa. Se cruzaron y ella lo miró a los ojos. ¿Y qué hizo él? Bajar la mirada. Ella continuó caminando.

  • Bien- contestó Iván- creo que en esta época estaba muy asustado y enfadado…
  • Como todos

Iván la miró entonces a los ojos. Ella era bonita, tenía las pestañas largas y mucha sinceridad, que es lo que más impresionaba.

  • ¿Y tú como estás?
  • Muerta, ya lo sabes. Un Salvaje me agarró como si yo fuera una lagartija.
  • Eso me contó Karen.

Entonces ella se transformó en la última Isa que él había conocido. Pequeñas arruguitas se arremolinaron entorno a sus ojos y labios. El pelo desapareció, y en la calva rapada surgió el tatuaje que llevaba en la nuca y que podía leerse cuando ella se alejaba: NO MIRIS ENRERA, la misma frase que leyó aquella vez, cuando él por fin decidió levantar la vista y la vio bajando la escalera y ya no sabía por qué la ignoraba y pensaba que era ella quien lo consideraba un idiota, porque era como se veía a sí mismo. Y en el ojo izquierdo una cicatriz abultada le guiñaba la mirada. Pero a pesar de su nuevo y rudo aspecto ella seguía mirándole con la misma dulzura que en el Bar de los Juanes. Quedaron así un largo instante. Él la cogió de las manos, atestadas de pequeños cortes, cayos y cicatrices.

-¿Esto querías decirme cuando nos cruzamos aquella vez?

  • Sí. Sólo quería saber cómo estabas.
  • ¿Por qué?
  • Por que sabía que estabas jodido.
  • No sabía que te importara.

La teniente O’Neal sonrió.

  • Sigues sin entender nada.

Isa abrió una de las puertas y entraron en uno de los camarotes, casi vacío, sólo había una silla desvencijada, y un espejo, manchado por los lados, colgado en la pared. Iván se vio reflejado. Tenía ya algunas arrugas surcándole el rostro y había dejado de hacerse peinados modernos, tenía una dejada barba, y llevaba puesto el uniforme.

  • Te queda muy bien- dijo ella

Recordaba haber sido muy presumido y tener fama de guapo. Sin embargo en el espejo del cuartucho se veía tan mal como se veía entonces, que ya había empezado a huir de los reflejos. La simulación se detuvo y mostró la orilla con las palmeras.

Estaba cansado, aunque deseaba continuar. Aquella era la única compañía que había tenido en mucho tiempo. Fuera era de día. Decidió aventurarse y salir a la calle. Las noticias parecían un poco más optimistas en los últimos días. Se habían organizado brigadas de reconstrucción y abierto nuevas escuelas, y los ricos habían mandado drones de vigilancia de última generación. Aunque a él ya no le quedaban fuerzas para ayudar en nada, supo que la normalidad y la tranquilidad estarían de vuelta pronto, porque nada era eterno. Sintió un asco profundo, porque en el fondo habían perdido. Y haber sobrevivido no era gran consuelo. Dirigió de nuevo sus pasos a la montaña. Caminaba despacio observándolo todo. La gente parecía más tranquila a esas horas. Escuchó la risa de un bebé a lo lejos. Llegó hasta unas rocas y se sentó en ellas. Se bajó la capucha y respiró, aunque no se sacó las gafas por si acaso. ¿Sería verdad que Isa estaba tan enamorada de él o era solamente una recreación estúpida de su mente? Una alegría tonta le invadió cada terminación nerviosa. Le entraron ganas de mear. Una idea loca le cruzó por la cabeza y se sintió de repente inspirado. Podía volver al bar de los Juanes y besarla. Tenía muchas ganas de hacerlo y esta vez no le haría daño porque ella no era real. Caminó a casa elevado por este pensamiento, mientras se agarraba muy fuerte a la imagen de Isa joven porque no quería enrollarse a la mujer rapada, brutal y asesina, por la que había llegado a sentir un respeto más bien poco erótico. Alrededor la ciudad se estaba despejando de la niebla sucia y solamente quedaban nubes aisladas, pero Iván no se había dado cuenta. Bajaba muy rápido, directo a su apartamento, con el cuchillo escondido en los calzoncillos. Ya en casa se conectó emocionado como un niño al que acaban de anunciar pastel de postre. Pero la máquina decidió mostrarle el callejón.

Iain McCaig

Se arrancó de golpe el dispositivo y se puso a llorar como un animal asustado. Quiso drogarse hasta perder la conciencia, como había hecho tantas veces. Pero no había nada. Encendió un cigarro y consiguió controlarse la respiración. Desconectó del todo el simulador y lo guardó durante semanas dentro del mismo armario donde lo había encontrado cuando lo instalaron en aquellos pisos al salir del Hospital.

Ahora ya se podía caminar por las calles con relativa normalidad. Unos gitanos jóvenes habían abierto un bar donde servían comidas y café de verdad. A saber de donde lo sacaban. Iván desayunaba allí cada día y luego se dedicaba a pasear por distintos puntos de la ciudad para poder reconocerla. No quedaba nada del aspecto Blade Runner que había tomado antes de la guerra, salvo los interminables rascacielos marítimos, que eran casi invisibles entre el mar y el cielo, pero existían y estaban llenos de personas con mejor suerte. El resto de Barcelona era mugre, bruma, ruinas, que los drones oficiales ya habían empezado a limpiar. Iván había decidido regresar al barrio esa mañana. Estaba muy cerca, pero lo había evitado hasta hoy. Se ubicó con el tátil que había comprado a los primos de los gitanos. No era un modelo muy nuevo, pero se sentía bien volviendo a estar conectado a una red. Y eso daba trabajo a la gente. Calle abajo enseguida distinguió la subida de la calle del Bar de los Juanes. Pero no quedaba absolutamente nada más que piedras hacinadas. Siguió bajando hacia el Economato. En esa zona el asfalto resistía y el Economato seguía parcialmente en pie en el exterior aunque completamente arruinado por dentro. En cambio, la Escuela, justo delante, estaba casi entera y había drones recogiendo escombros. Entró en la escuela, la puerta lo escaneó y le dio acceso, su número aún pertenecía al distrito. Olía distinto. Escuchó voces en un aula cercana a la puerta, Una monja y dos soldados estaban hablando. Iván tocó ligeramente con los nudillos en el marco de la puerta. la monja lo reconoció y dio un respingo. Salió hacia él y cerró la puerta tras de sí.

  • Iván!!
  • Hola germaneta.

Espontáneamente, se dieron un corto abrazo.

  • ¿Dónde estabas? Creíamos que estabas muerto.
  • Com si ho estiguès.

La monja se llevó los dedos a los labios pidiendo discreción y cogió a Iván del brazo iniciando un paseo por los silenciosos pasillos de la escuela. Le explicó que las familias habían estado aquí refugiadas hasta el final de la guerra y que habían logrado sobrevivir la mayoría, gracias primero a los vecinos del Economato y después a la protección del Ayuntamiento.

  • Cuando perdimos el Economato, nos replegamos todos aquí. ¿Cómo te fue por el Centro?
  • Una pesadilla
  • Lo siento
  • Yo me lo busqué.

Hubo un silencio significativo.

  • ¿Cómo está Marga?- preguntó Iván con la voz temblorosa, temiendo malas noticias.
  • Bien — dijo la monja, e Iván respiró aliviado pero contuvo un grito interno- Están los cuatro bien, ilesos. Y juntos. — continuó ella con tono severo.

La monja no había olvidado el pollo que montó aquella vez, drogado y borracho, en la que insultó a Toni delante de ella y de Marga y de su hijo, y de todo el mundo. Fue vergonzoso. Ni tampoco la vez que le preguntó si quería participar en una orgía, lo cual le hizo ruborizarse, a ella entonces y a él ahora.

  • Gracias- dijo él
  • Necesitamos obreros, si quieres colaborar serás bienvenido.
  • Te lo agradezco también, pero aún no he encontrado mi papel en este nuevo mundo. — contestó señalando con la barbilla el aula donde esperaban los dos soldados.

Salió de la escuela apesadumbrado. Una familia, una pareja y un crío, andaba delante suyo. Los vio felices bajo las gafas. ¿Era posible que mientras él, como tantos otros, vivía varias terribles desventuras y fatalidades, la felicidad y el amor mantuvieran a salvo a las famílias, durante los intensos meses de la guerra? Sí, tuvieron varios ataques y también vieron morir a gente. A Isa, por ejemplo, que la mataron intentando protegerles. Pero se habían mantenido unidos, más o menos a salvo, y él se había metido, bien solito, en la boca del lobo. La monja no tenía ni una sola cicatriz y estaba tan mona y suave como siempre.

La tristeza y la soledad le acompañaban como su sombra mientras subía despacio la cuesta hacia su casa. Ya no quedaba nada. Ya no quedaba nadie.

Café y cigarrillo, cristales ahumados. Sofá. Miró hacia el armario. Sacó el simulador, dispuesto a arrancárselo si aparecía de nuevo el maldito callejón.

Pero no. Ahí estaba la casita que compartían con Ramón y su amigo estaba alegremente en la cocina, riendo y conversando con su novia Anna antes de irse a vivir con ella y dejar a Iván solo en la casa con sus rencores y tonterías. Isa estaba apoyada en la repisa de la ventana, aunque nunca había estado allí en realidad, e Iván tuvo el impulso de agarrarla de la cintura por detrás y poner su mejilla junto a la de ella.

  • ¿Qué ves por esta ventana?
  • Veo la montaña y veo el futuro.
  • ¿Ah sí?, ¿y qué hay?- dijo aguantando un sentimiento contradictorio.
  • Nos veo a ti y a mí siendo muy amigos — dijo ella, coqueteando y sonriendo — vendiendo mis monos en una tienda muy cuqui porque a ti es a quien mejor le quedan — rió- y con dos gatitos porque yo no puedo tener hijos…

Iván acercó aún más su cuerpo contra el de Isa. ¿Aquellas fantasías estaban aún dentro de ella cuando, cegada, mataba soldados en las incursiones a por comida y enseres? O tal vez se rompieron aquella mañana, en el Bar de los Juanes, cuando se encontraron un domingo y él de resaca le negó el saludo. O la noche que le gritó que él quería a otra y se marchara de su casa y luego la llamó loca y puta cuando las cortinas empezaron a arder y él la empujó y ella se fue llorando y corriendo. Se rompieron como los suyos propios cuando él vio a Marga embarazada de otro.

El simulador saltaba a salvapantallas cuando le daba la gana y era una pena, porque esos instantes se perdían en el tiempo tanto como los verdaderos, y las ganas de que las cosas bonitas duraran eternamente eran tan grandes como las de que no regresaran los malos momentos, e igual de reales. Deseó seguir abrazando a Isa. Pero cuando volvió a conectarse, Iván estaba en la calle del Economato y la Escuela, el día del ataque. Iba a ver como mataban a Isa, no le cabía la menor duda. Y casi prefirió el callejón. Los robots avanzaban por el horizonte y se acercaban deprisa con un ruido ensordecedor. Una bomba acababa de destrozar por dentro el Economato y sus amigos estaban muriendo. Isa salió arrastrándose entre el humo y cruzó la calle recogiendo un arma por el camino y gritando a las monjas que se encerraran con las familias en el gimnasio de la escuela, dando órdenes a las personas que distinguía entre el fuego y el humo. Iván cerró los ojos y el ruido de la batalla desapareció. Los volvió a abrir y se encontró en el callejón.

Empezó a sentir un miedo atroz pero no se detuvo. Esperó con la respiración entrecortada a que apareciera el monstruo. El grupo de soldados salió como de la nada e Iván se palpó el pantalón y sacó el cuchillo. No podría con todos, pero al menos esta vez intentaría defenderse mejor. Las lágrimas le brotaban sin medida y los labios se le apretaban con miedo y rabia. Se adelantó y le clavó el cuchillo a un soldado apareciendo de entre las sombras. El otro le golpeó fuertemente en la espalda pero Iván fue más rápido y le abrió la barriga al volverse hacia él. El tercero, el más grande, lo miraba con una seguridad aterradora y él estaba temblando, pero aún así fue hacia el gordo y le clavó el cuchillo en los genitales.

La playa tropical reapareció en pantalla. Iván sentía el cuerpo amoratado.

Los días que siguieron fueron, posiblemente, los más tranquilos de su vida. Siguió recorriendo la ciudad y encontró algunos conocidos que lo recibieron con alegría. Y parecía que empezaba a poder dormir de vez en cuando. La ciudad crecía lentamente de sus raíces rotas. Se había encontrado a Marga, al imbécil de Toni y a los dos niños. Y Marga le había parecido engreída, tonta, como el marido, una señora aburrida. Había dejado de sentir rencor hacia ellos y su obsesión hacia Marga se había evaporado. Todo parecía ahora una inmensa bobada y estaba contento de estar superando cosas mucho peores.

El simulador seguía allí donde lo dejó, en la salita. A veces lo quería volver a encender para saber en qué punto estaba ahora. Una tarde lo hizo. La máquina lo situó de nuevo en el día que murió Isa y esta vez se dispuso a observar, a salvarla si hacía falta, y supo que el callejón no aparecería más. Los robots, o Salvajes como les llamaban, estaban ya arrasando con todo a su paso y allí estaban Alicia y su hija Pepa, paralizadas en la esquina intentando llegar a la escuela. Las reconoció porque ambas llevaban siempre trenzas. Isa acababa de ver morir a casi todos sus compañeros y estaba presa de una furia de aquellas que le caracterizaban. Subió por encima de los coches disparando inútilmente a los robots gigantes. Y uno de ellos la estampó contra la puerta de la escuela, que se abrió al reconocer su número. Isa estaba inconsciente en el suelo, y llegó Alicia con la niña, corriendo aterrorizadas, mientras Karen la maestra les estiraba del brazo para entrarlas. El robot volvió a agarrar a Isa como si su cuerpo fuera de trapo y la lanzó a las ruinas humeantes del economato. Iván corrió hacia ella y escaló hasta encontrarla. Ella sangraba a borbotones por la boca y él cogió su cuerpo y la cargó medio muerta cuesta arriba entre el polvo y los gritos , y la llevó a casa, a la antigua casa, y la dejó sobre la cama. Las cortinas aún eran azules. Isa madura y fuerte, rapada y con la cicatriz en el ojo izquierdo, seguía sangrando por la boca. Iván se fijó en la forma alargada y bella de sus labios y la besó suave y despacio, llenando sus propios labios de sangre. Ella le susurró como pudo:

  • No miris mai enrera

Y de nuevo, la playa. Iván se palpó la nuca y se desconectó. Cabizbajo, le susurró a la máquina:

  • Només ho faré per mirar-te a tu.

Bajó a la calle por las escaleras mecánicas que algún vecino había logrado reparar. Tiró a la basura el simulador y vio de reojo que alguien lo recogía enseguida. Iván se dirigió al Centro caminando. Se había afeitado y cortado el pelo él mismo y tenía mejor aspecto, iba conectado al tátil y tenía un buen presentimiento. Decían que en el Centro algunas cosas estaban en marcha y que había trabajos sociales para ex soldados con paga. Tal vez encontrara simplemente algo que hacer. Y a alguien a quien no romper los sueños, si es que todavía quedaba alguno entero.

    Sandra Miralles (Sandroide, Musidora)

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    Soñadora de categoría ci-fi