Raúl en los rascacielos

Una brisa encantadora atravesaba los ventanales desde el jardín y Raúl escuchaba las risas de Iria jugando con los niños. La luz, demasiado amarilla, llenaba radiante la sala mientras él merendaba. Y todo estaba en orden, en paz, era perfecto y tranquilo. Como un reloj, Iria entró con los niños a las cinco en punto. Los niños besaron a su padre en la mejilla, y su esposa lo besó en los labios. Siguieron con sus risas de cascabel hacia el interior de la casa. Raúl se dirigió al jardín y observó el sol cayendo a través de la cúpula. El polvo se había acumulado encima, pero el día era claro y el viento lo estaba barriendo. Hoy debían abandonar su hogar. Habían tardado mucho en aceptar su traslado, pero al menos habían protegido a su familia de la Guerra. Unas cuantas maletas esperaban allí mismo en el jardín. Iria y los niños salieron de casa con abrigos finos, ella le había traído el maletín y la gabardina. Un helicóptero oficial desactivó la cúpula y se dispuso a aterrizar en el jardín. El viento era tremendo y Raúl se agarró fuerte a Iria y sujetó a uno de los gemelos mientras ella hacía lo propio con el otro.

En la cabina, los niños estaban fascinados con el helicóptero y el piloto disfrutaba dándoles todo tipo de explicaciones. Iria tenía la cabeza apoyada en su brazo y miraba al infinito. Raúl observaba allá abajo la ciudad destruída, echando humo por todas partes. “Las piezas de un trencadís”, pensó. Atrás quedaban muchas cosas de las que era mejor olvidarse. El helicóptero amerizó cerca de los rascacielos marítimos, sobre una plataforma flotante bordeada de palmeras, y un vehículo ovoide recogió a la familia y la dejó en la puerta de un ascensor que los dejó en su nuevo hogar: Edificio Gaudí Planta C Escalera 4 Piso 036. Sin jardín. Con balcón. “Con vértigo”, pensó él.

Dejó a Iria al cargo de los gemelos y pidió un taxi hacia las Oficinas. Allí se identificó y esperó en una sala de sillas incómodas hasta que lo llamaron por su nombre. Un domot recogió su gabardina pero Raúl rehusó colgarle el maletín y lo llevó consigo mientras el trasto lo guiaba hasta una puerta. Ésta se abrió, mostrando al orondo Félix Villa, que se levantó de su sillón detrás de la computadora, abriendo los brazos amistosamente y extendiéndolos hacia Raúl.

-¡Mi querido Raúl, qué bueno verte!

Él se dejó abrazar, pero no pudo corresponder en intensidad. Todavía estaba un poco resentido por ser de los últimos en abandonar la ciudad. Había trabajado mucho y muy duro para el Gobierno, y creía que lria y los gemelos le daban más valor a su propia vida. Pero no dijo nada, calló y sonrió y preguntó en tono amable:

— ¿Cómo están las cosas por aquí?

— Bueno, organizándonos. Hay mucho trabajo por hacer — acompañó esta frase de unas palmaditas en la espalda de Raúl

— ¿Las Primeras Familias ya están en órbita?

— La mayoría — contestó Félix — Están a salvo, no deben preocuparnos. Mantener el orden aquí es lo importante.

— ¿En Barcelona?

— No, en los rascacielos. Vamos a quedarnos mucho tiempo antes de subir. Y no vamos a poder ir todos, de momento…

Eso contrarió a Raúl por dentro, pero calló una vez más.

— Además — continuó Félix — Barcelona está perdida, ahora es de los pobres, que se la queden, esa vieja ciudad…ese viejo mundo…

Dijo con mueca de asco

— ¿Has traído eso? — continuó Félix, fijándose en el maletín — Estupendo. Tendrás un despacho, aquí, en este mismo bloque, siete plantas más abajo. Estaremos en contacto. Hay actividades familiares todos los fines de semana en las instalaciones del Gobierno, son gratis para esposas y cachorros — dijo guiñando un ojo

Raúl dejó el maletín suavemente encima de la mesa computadora y estrechó la mano de su amigo y jefe diciendo con una sonrisa:

— Aquí lo tienes, voy a ver como están los niños, el viaje los ha alborotado.

— Mañana te espero puntual, amigo.

En realidad Raúl quería salir corriendo del edificio, del rascacielos y huir nadando a su antigua casa en la Rabassada, pues se veía sobrepasado por el esplendor de las edificaciones y el brusco cambio de vida. Se relajó al ver el paisaje desde el ascensor exterior, de paredes transparentes. Todo era azul alrededor. Azul celeste, casi blanco, azul turquesa, azul marino, azul de distintas tonalidades pero al final, monótono. Las estructuras de los rascacielos estaban cubiertas de cristales reflejantes que hacían que de lejos los interminables rascacielos quedaran semiocultos entre el cielo y el mar. Pero nadie había pensado que, desde el interior, el salitre y las cagadas de gaviota iban a dejarlo todo bonito. Los minidomots de limpieza andaban todo el día por la superficie. Preguntó al ascensor por alguna cafetería y se detuvo ante una gigantesca plaza interior adornada con plantas y árboles exóticos y salpicada de cafeterías y stands con reproductores. Se dirigió hacia la mesa libre más cercana. Había mucho ruido alrededor: músicas, jolgorio, gritos humanos, y hasta los sonidos de los juegos en una piscina a lo lejos. Hacía tanto tiempo que no veía a más personas que a su familia, que se sintió extraño entre tanta gente. Tomó asiento y un domot acudió enseguida.

— Un irlandés, por favor.

Miró alrededor. La mesa de al lado estaba vacía y en la siguiente hablaban como cotorras una chica de piel morena y un tipo largo. Ambos tenían unas bonitas piernas y llevaban conjuntos demasiado modernos. Parecían artistas. Se reían a carcajadas. Dos mesas más allá, un pareja de chicas jóvenes se daban piquitos de pájaro y se cogían de las manos. Y una dama elegante se entregaba a la degustación de una tarta empalagosa, un poco más lejos.

El tátil le pasó una llamada de Félix.

— He decidido darte una fiesta de bienvenida y presentarte a tus nuevos compañeros de trabajo — Quizás Félix se sentía mal por no haber podido hacer más por Raúl — Dile a Iria que se ponga guapa y deja a un domi con los niños. Total no hay mucha diferencia…

Raúl sintió una rápida punzada en el estómago. Guardó silencio.

— Perdona, ya sabes como soy. Disfruta, Raulito. Podrías estar muerto, o en medio de ese nido de guarros, con tus hijos revolcándose en la mierda. Alégrate, joder, no estamos en nuestras casas pero estamos vivos y a salvo. Siento ser tan crudo.

— No pasa nada. Iremos a la fiesta encantados. Gracias Félix. Por todo.

Los Rascacielos

Tomó la bebida de un sorbo largo y se dirigió hacia su nuevo hogar. Cuando llegó, Iria estaba en el sofá viendo una vieja película, y los niños se habían quedado dormidos. Entró en la habitación sigilosamente y los besó a cada uno en la frente. No había tenido tiempo ni ganas de ver lo bonito que era el apartamento y lo bien decorado que estaba. Unos móviles con cohetes y astronautas recortaban sus siluetas contra la pequeña luz que aseguraba que los críos no sintieran miedo de la oscuridad. En la sala, Iria estaba preciosa con su camisón granate y su media melena y se alegró de que siempre fuera a quedarse así, pues la Iria auténtica temía hacerse mayor. Recordó como le hacía buscarle canas en el pelo y cosas así. Se acercó a Iria totalmente excitado. La desnudó y le besó todo el cuerpo, aunque sabía que ella no sentía nada. La penetró con los pantalones bajados, empujándola contra el sofá con rápidos movimientos de conejo, mientras ella permanecía casi inmóvil. Cuando el semen se vertió sobre su vientre, ella sonreía, como siempre. Él se sintió solo y vacio, y llorando se abrazó a ella, que seguía sonriendo. Iria lo abrazó también, y él se sintió un poco mejor. La ayudó a vestirse de nuevo y la llevó románticamente en brazos a la cama. Iria se acurrucó entre las sábanas y él la acarició antes de desconectarla. No soportaba que Iria estuviera con los ojos abiertos mientras él dormía.

Al final, pensaba con pesada ironía, debía desconectarla cada noche, y cada noche se encontraba repitiendo casi los mismos gestos que tuvo que hacer para desconectar a la verdadera Iria. Si hubiera tenido más dinero entonces, y la posición social que ahora ostentaba, al menos la hubiera crionizado, se lamentaba. Pero ella se empeñó en trabajar para esos negados de la Resistencia y vivir como miserables. En cambio él había logrado progresar y no condenarse del lado de los perdedores. Gracias a su muerte, se retorcía en la cama, aunque igualmente, aceptó con pesar, las heridas de Iria eran demasiado graves y ni la Bluebird hubiera podido conservarla. Lo único que pudo hacer es cuidar a los gemelos. Los niños habían salido tan listos como la madre, y su COE técnico les había dado pase especial a los Rascacielos. Pero la clave del futuro estaba en el hecho de que su trabajo para el Gobierno Uno hubiera llamado la atención del Estado Único, y esperaba que eso permitiera a su familia acceder a la Órbita. Aún no había olvidado su desesperación cuando faltó su esposa. Se sentía tan mal, tan culpable y tan perdido, que Raúl se concentró en el trabajo, día y noche, sudando y llorando al mismo tiempo, continuando el proyecto de ambos, aunque el genio era ella, para construir y programar a la Iria con la que dormía ahora, de piel sintética y fría, y que esperaba mejorar en cuanto esos malditos cerdos le dieran un laboratorio y no un puto despacho. Sería una Iria perfecta, y vendería millones de copias al Ingenio Replicador. La miró de reojo. Ahora no la querría nadie, estaba por terminar, ni siquiera tenía voz. Raúl la haría mejor que la propia Iria, y a los demás les daría una versión inferior.

Se giró hacia ella, y, tapando suavemente con la mano su imborrable sonrisa, le plantó un beso en la mejilla. Luego se dio la vuelta y, confundiendo ambición con esperanza, se quedó plácidamente dormido en posición fetal.

Iria

Sandra Miralles (Sandroide, Musidora)

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