smashing pumpkins 1979

El señor de la librería me dijo que por suerte quedaba el último. No tenía interés en leer nada más. La maestra Blanca, que era la más joven de la preparatoria, y al parecer estaba ahí más por obligación que por ganas, nos dijo que leyéramos otro tipo de clásicos, no los que dictaban las materias. “Yo no sé a ustedes, pero a mi no me interesa lo que hace o hizo el Cid Campeador” dijo sentándose en el escritorio con las piernas cruzadas, y los jeans apretados. “¡¿A quién le importa el Cid Campeador!?” agregó, pidiéndole un chicle a Claudia, la rebelde del sistema escolar.

La observaba con cuidado de no ser percibido pero cuando ella me observaba de vuelta me daba el tic nervioso de ponerme bien los lentes.

“O ¿qué piensas tú?” dijo aquella vez dirigiéndose hacía a mi, con temor a que fuera a delatarla por no seguir el programa. “No sé” contesté conteniendo un gallo. “El prefiere el libro vaquero” le contestó el idiota de Jorge, provocando la risa de todos. La risa acostumbrada sobre mí. “Cállate, pendejo, al menos él sí sabe escribir, tú ni siquiera puedes deletrear tu nombre” le contestó Brenda, la chica mala del salón, la que siempre me defiende antes del esperado coro: Se quieren y no son novios.

Brenda la roquera. Brenda la que fuma en los baños. Brenda la que se pinta los ojos con delinerador que escurre al sudor. Brenda la de los anillos, y collares en el cuello. Brenda la que no me llama “raro”. Brenda la que dijo: “Podemos leer a Poe, es más interesante. No, no, mejor a Kafka, profe, todos somos insectos enormes. Somos basura, en realidad no importamos”. Los demás rieron.

Estaba ahí, en la librería del centro, La Metamorfosis, de Kafka “¿Qué es lo que vas a leer?” dijo Mamá, antes de darle una hojeada al libro. Enchuecó la boca. “Pablo, no creo que sea un buen libro para tí… por qué mejor no tomas otro… ¿Qué tal éste?” miró al rededor y tomó un ejemplar de Viaje al centro de la Tierra. “Quiero éste, Mamá” - le dije sin tomar el otro. “Es el que recomendó la maestra”, agregué. Lo agarró no muy convencida. Y lo pagamos.

Mamá piensa que no puedo decidir por mí. A veces siento que cree que no pienso cosas inteligentes o que tengo la mente de un bebé. Mamá ha llorado mucho por mí. En realidad no sé qué es lo que le hace llorar.

Al llegar a casa comencé a leer Metamorfosis. Eehh. Es muy poco probable que algo así suceda en realidad. Un ser humano no puede despertar de un día a otro siendo un insecto enorme sin saber a ciencia cierta qué es lo que había sucedido. Los insectos no tienen la capacidad de hacerse gigantes, como un cocodrilo que sí la tiene. También la tiene un ratón. Un día vimos una rata del tamaño de un gato cuando fuimos a una colonia pobre.

La noche del sábado Brenda entró por sorpresa a mi habitación mientras leía la mitad de la novela de la cucaracha gigante. Me encontró en calconcillos porque hacía mucho calor. Intenté taparme. Mamá dice que son zonas privadas. “¡Qué asco, déjate ahí, sucio! jajaja” — gritó riéndose y tocándose la entrepierna. Se sentó en mi cama. No le importaba mi parcial desnudez de piernas.

“Debo cubrirme. Esto no es bueno” le dije. “Ay, ya, ya, okay me tapo lo ojos y no te veo”. Me quedé callado. “¿No confías en mí?” Confiaba en ella porque vivía en la casa de al lado. Y era la única niña con la que yo hablaba. Aunque en realidad Papá dice que no hay que confiar en nadie. Sobre todo en la gente que trabaja para el gobierno ni en el gobierno. Siempre me dice eso cuando lee el periódico a la hora de la cena. Después se desata la corbata y se marcha a su recamara. Mamá hace una broma, me pide que le ayude a lavar los platos de la cena y me dice que él está cansado pero igual me quiere.

“Vamos a dar un paseo” me dijo Brenda una vez que me giré hacia ella con los pantalones rojos puestos. “No es buena hora, Brenda” “¿Quién dijo que vamos a pedir permiso?” “No es bueno mentir” “Nada es bueno en esta vida”- me contestó desesperada. Brenda miró hacia la mesita de noche y descubrió el libro de la cucaracha gigante. “Hey, qué tenemos aquíí. ¿Estás leyendo a Kafka? ¿Cómo le hiciste para que mami te dejara, jajaja” Me puse nervioso con su risa y comencé a balancearme agitándome la manos. Brenda se puso de pie y me detuvo.

“Va, va, tranquilo. Era sólo una broma”. Me tomó la mano y la puso en mi corazón. “Acuérdate, cuando sientas que no lo puedes controlar tócate aquí, ¿de acuerdo?” Me toqué el pecho, a la altura del corazón como ella decía y respiré profundo. Brenda se asomó en la puerta de mi recamara, efectúo el plan de fuga de siempre, que consistía en decir que necesitaba mi ayuda para su tarea de matemáticas.

Mamá confiaba en ella. Papá nunca estaba en casa los sábados en la noche. Ocasionalmente llegaba en la madrugada del domingo borracho gritándole a Mamá. Una vez lloró por mí culpa. No le gustaban los fenómenos, dijo. Me miré en el espejo y vi dos ojos, una boca, nariz y dos orejas. No entiendo.

“Pablo no hagas ruido y lo más importante: no te asustes” me dijo Brenda cuando estábamos en la cochera de su casa. “No puedes tomar el coche, no tienes edad de conducir, ni tarjeta, ni has tomado el curso de aprendizaje. Esto es peligroso”. “Para, para, para, ¿quién te dijo que no he tomado el curso? ¿Y cómo sabes que no pasé? Me hieres” dijo riéndose.

“No tienes edad para conducir. Somos menores de edad” le contesté rascándome la cara y agitado. “Pablo, mírame a lo ojos…” evadí su mirada. “Pablo… Pablo…” sujetó mis mejillas y me orientó hacia ella. “¿Confías en mi, verdad?” Miré sus ojos. Brenda había llorando esa noche y no llevaba los ojos maquillados con delineador negro. “Eres mi única amiga. Yo soy Pablo y te protejo”. “Sí, claro, entonces no hagas ruido y sube al auto porque nos robaremos el coche hoy”.

Yo sabía que a Mamá no le iba a gustar saber que no estaba en casa de Brenda. No es bueno que hagamos cosas prohibidas. Está mal romper las reglas, porque las reglas son para mantener el orden. Y en una ciudad debe haber orden. Brenda es menor de edad y no debe manejar, yo lo sabía. Llegamos al mirador de la colina. Había otros dos coches también. “No mires a los demás, nosotros venimos a otra cosa” me dijo Brenda. Preferí no mirar. Ella lo decía. Brenda sabe cosas.

Nos acostamos en el cofre del coche. Brenda encendió el estéreo y puso un cassette. “Son mis canciones favoritas”. No conocía ninguna de esas canciones. Mamá siempre pone a Luis Miguel. Nos quedamos en silencio mirando las estrellas. Respirando. Los convers negros de Brenda pegados a mis tenis Reebok blancos.

“Me gustan los chicos como tú, callados pero presentes”. Permanecí en silencio. La constelación de Orión deslumbraba con su nitidez. “¿Cuál es tu sueño, Pablo? Yo te juro que me iré de este pueblo. Quiero conocer París, enamorarme en París como en las películas, con una canción de Edih Piaf”.

Yo no tenía sueños. Sueño es cuando vas a la cama y descansas en promedio ocho horas para que el cuerpo se restablezca. A veces me levanto antes del amanecer porque el sol está en su luz más tenue. Entendí que Brenda hablaba de deseos. “No quiero tener Asperger. No quiero ser un fenómeno”. le dije sin pensarlo dos veces.

Brenda dejó de ver las estrellas para observarme a mí. “No seas estúpido, Pablo. No eres un fenómeno. Eres la persona más increíble que cualquier ser humano puede conocer en su vida” me dijo tocándome la mano. “Y eres el más guapo de toda la escuela”. “También quiero ir a París”-le dije. “Nos iremos a París, nos iremos juntos para no volver, Pablo. Te lo prometo”. Brenda se levantó un poco y acercó su rostro hacía mi. Su boca tocó mi boca. Yo cerré los ojos porque su cara estaba demasiado cerca de la mía. Me sentí incómodo y me dio miedo. Después se recargó en mi pecho y me abrazó.

“Esa es mi canción favorita, la mejor canción del mundo, se llama 1979 de los Smashing” dijo entrelazando su tenis con el mío.

Verano del 96'

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