Sr. Valentino (el proceso) i

Cuando mi abuela vio por primera vez a mi papa quizo esconderlo debajo de la cama…

Así inicia la idea que tengo en la cabeza sobre como narrar la vida de Sr. Valentino. Y aunque es mi naturaleza irme por el drama, la segunda idea que se me aparece coquetea más con el realismo mágico y el cliché.

Fue tanto el miedo y la vergüenza que le brotaron alas y se fue volando por la ventana…

Al momento de colocarle alas me hubieran gustado más unas alas tipo Hermes, en los zapatos y en la cabeza, pero no puedo justificar que una mujer este dando a luz con un casco alado, y vestida como la hija de un Dios Griego. Y Aunque me queda clarísimo que esta en una casa de campo en la Toscana, acordonada por flores, con tomates en la mesa y todos los clichés posibles, mis inseguridades me atacan y las justifico pensando que no hay nada nuevo bajo el sol. Todos copiamos a alguien. Obvio, el suceso se desarrolla en un segundo piso, con las ventanas abiertas y las cortinas danzantes para que la partida de la madre se lea espectaular. Es primavera, la brisa es dulce, para atenuar el dolor que Valentino intuye ya.

La novicia Tina, asombrada, grito: «Sra, Francesca noooo» mientras la Madre Clara, con mi papa en brazos, no expresaba emoción alguna.

Tiene que haber monjas, Valentino nace en el país más católico y yo tengo que justificar las creencias con las que he crecido, exorcizar los secretos y entender el morbo que me producen las monjas. Meterme en una de ellas. Comprenderla. Obedeciendo a los clichés, hay una monja buena, joven e ingenua, y otra malvada, amargada y anciana.

Valentino ha nacido.

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