Del azul
-o, cómo uno debe crecer con los hijos-
Cuando me llamaron del colegio de mi hijo para pedirme, o notificarme que debía sacarle la cédula, en verdad me pareció un chiste. Él tenía unos… ¿nueve años? –los papás parecemos estar destinados a ser muy malos recordando ciertas cosas– Por ahí va el asunto. En mi mente, al parecer, el asunto de «mayor de edad y con cédula» se tornó en una suerte de cuando sea mayor de edad, tendrá cédula. O algo similar. Entonces en mi cabeza era inconcebible cómo debía sacarle ninguna cédula, si él era un niño.
Luego de dos años de renuencia, finalmente, la mamá fue y le sacó su cédula.
Es que, me explico: tampoco es igual decir tengo un hijo de diez, a decir: tengo un hijo con cédula. En fin, pendejadas de uno para hacerse el gracioso, quizá. O un Peter Pan por ahí rondando, quién puede saberlo a ciencia cierta.
Ahora mi niño lindo ha sido promovido a la educación secundaria. Léase bachillerato. Entiéndase, camisa azul.
Publiqué en Facebook, con una foto que nos tomó su madre, el siguiente texto:
Ahora el azul es un color nuevo para mí. Ya el azul que era, no es más.
Mi niño, mi niño lindo, mi fideo de mi alma y de mi corazón y de mis ojos, el hombrecito que me hace suspirar e hinchar el pecho de orgullo desde aquella tarde cuando vi un puntito en un monitor y me dijo el Tío Carlos “Ese es su corazón”. Desde aquél mediodía mágico cuando la enfermera me dijo, quiere cargarlo, y te di la bienvenida a este mundo… Ese azul que conocí antes, ahora es diferente, ahora te vestirás de azul, mi niño, y nuevos retos vendrán. Seguiremos aprendiendo juntos y creciendo, porque vaya que me has hecho crecer y querer ser mejor. A veces lo he logrado, otras no tanto. Pero sigo poniéndole corazón, papu, porque te sientas la mitad de orgulloso de mí, que yo lo estoy de ti…
Ahora el azul es un color nuevo, hermoso, lleno de vida y de esperanzas. Ahora el azul, hijito bello… ¡eres tú!
Verás, los hijos crecen, ya lo dije hace un tiempo, y es menester de los padres crecer también. Le sigo diciendo mi niño lindo. Sigo encontrando en su rostro, y a pesar del acné y sus estragos, a ese niño hermoso que fue hace no mucho. Seguramente mi madre encuentre en mi cara gorda y con barba a ese niño que cargó y para el que soñaba cosas hermosas. Pero no puede un padre quedarse en eso, debe evolucionar. Ser 2.0 ó 3.0 y 37.3 no importa cuántas veces deba uno actualizar-se, con tal de estar a la altura de los hijos, porque crecen sin esperarlo a uno, por más que se les pida que no se apuren en crecer, el tiempo obra en ellos con una velocidad a la que el corazón parece resistirse.
«No crezca mi niño, no crezca jamás / los grandes al mundo le hacen mucho mal» le cantaba a mi hijo, le canté el día de su nacimiento, en esa bienvenida formal que le hice a esta vida, la canción de cuna de Facundo el grande. Pero ahí está mi niño, como todos los niños del mundo, creciendo. Claro, mantenemos la esperanza, conforme lo que hemos sembrado en él su mamá, sus abuelos, tíos y yo, que esa luz inocente que brilla aún en sus ojos se mantenga y no sea él de esos grandes que habla la canción, y que por el contrario, sea de los grandes que le hacen al mundo mucho bien.
Que siga siendo del azul que es hoy, pues.