Diez Bolívares

-o, no importa, el catire ta’ bravo-

Esto de mudarse sólo tiene sus cosas. Sus particularidades, ya saben. Las paredes de “la casita”, como le dice mi querido hermano Óscar, están pelándose por una filtración que parece venir del vecino de atrás, lo que hace que, especialmente esa pared sea una fábrica de polvillo. Toca barrer perennemente.

Claro, el polvillo no tiene la culpa de que haya pasado un mes, casi, desde la última vez que lavé ropa. La pequeña cesta improvisada para la ropa sucia está… cómo explicarlo… bueno, digamos que si colocamos a un turista en perspectiva forzada haciendo como que la sostiene, sería idéntica a una postal cualquiera de la torre de Pisa. La imagen mental es exagerada, claro, pero sí, tenía un cerro e’ ropa sucia. Así es que despiecé el asunto ahí en el suelo: lo claro a un lado, lo oscuro al otro. Armé una suerte de ying-yang de trapos sudados y mal olientes, los metí en un bolso y puse rumbo a la lavandería.

El trayecto, de un kilómetro aproximadamente, estuvo suave a pesar del esplendoroso sol guayanés. Claro, eran las 7:15 de la mañana, a pesar de la intensidad de éste, el ángulo de caída de sus rayos aún era benevolente. Luego no sé de dónde salió gente, cestos, ropa sucia por todos lados, y las tres personas que tenía por delante se convirtieron en una caravana y la encargada me dice, si quiere vuelva en una hora. Yo, que con esa astucia que caracteriza a los bombillos, me había llevado un libro y un cuaderno –ya ves que me gusta leer y anotar– me lo tomé relajado.

Luego de varios apuntes y algunas cavilaciones, noto que la encargada me hace señas. Es mi turno, ¡al fin!.

–Coloque la ropa en la cesta –me indica una cesta azul sobre una balanza– máximo cuatro kilos –remata.

Yo fui, desarmé mi ying-yang y, para mi sorpresa, no llegaba al límite. Eso me alegró porque iba con el dinero contado. Luego el mismo procedimiento con el otro grupo de ropa que quedó todavía más lejos del límite. Dos lavadoras, a 200 bolívares cada una, 400. Muy bien, me dije.

–Oye, ¿cuánto cuesta la secadora? –le pregunto acercándome a la encargada.

–300 bolívares, dos lavadoras.

–¿Dos lavadoras cómo? –analizo rápidamente y finalizo como un bombillo– ¿dos lavadoras en una secadora?

–Sí

Listo, me digo. Sentado de nuevo frente al cuaderno y al libro hurgo en mi bolsillo, saco el dinero y cuento: uno, dos, tres, cuatro… ok, lavadoras listas. Uno y dos, diez, veinte, treinta, cuarenta más cincuenta… 290… Me faltan diez para el precio de la secadora. Bueno, me digo encogiéndome de hombros. ¡A seguir leyendo!.

Señor Nestor, llama la joven, que es muy delgada y pequeña, con unos ojos marrón miel, muy bonitos, pero sus expresiones son desgarbadas y tristes. Aunque es muy activa, se mueve de acá para allá, anota, saca cuentas, llama a la gente, da indicaciones, enciende las máquinas, las pone a cargar de agua…

–Terminó la cuatro –me indica cuando ya estoy más cerca.

Saco la ropa, la sacudo, la doblo poniéndola en la cesta en orden. En eso ella se acerca, revisa la de al lado.

–Esta también está lista, ¿va a secar?

–Sí, pero te voy a quedar debiendo diez bolívares –le digo con la complicidad típica de las picardías venezolanas.

–Ay eso no se puede –me dijo con el rostro más inexpresivo que haya visto en mucho tiempo

–¿En serio?

–Sí, después esos diez bolívares me los descuentan a mí.

Luego de asentar la idea de que mi complicidad murió en algún punto entre mi 1.86 y su 1.50 de estatura, y que la picardía venezolana se esfumó ahí frente a mis narices, respiré hondo y sonreí.

–Vale, muchas gracias –le dije, y seguí doblando mi ropa y poniéndola en la cesta azul.

Luego me ubiqué en una mesa, y comencé a ordenar la ropa mojada dentro del bolso. Diez bolívares, me repetía, diez bolívares no cuesta NADA en estos días, ni siquiera un caramelo de menta. Respiré y volteé hacia la calle: el catire ta’ bravo. Palabras de mi papá. Sonreí y dije, bueno, con este tremendo sol la ropa se secará rapidito. Me eché mi bolso al hombro –más pesado que cuando lo traje, claro, por la ropa mojada– y me devolví caminandito a casa, eran más o menos las diez y media.

Llegué sudando a casa, pero contento a colgar mi ropa al sol porque tenía 290 bolívares más en mi bolsillo.