El dibujo

Estábamos en la cama. Yo miraba supertiernos, ese programa de Animal Planet donde hay muchos cachorritos y tirás un “awww” mentalmente cada dos segundos. Él estaba con un cuaderno y una lapicera dibujando, como siempre. Pasaron unos 15 minutos y me mostró el dibujo. Éramos nosotros dos y en el medio había algo raro, tenía forma de persona pero estaba toda pintada de negro, sin cara, sin rasgos, sin nada. Sólo una figura negra. Puse una de esas caras que solemos poner todos cuando la profesora de matemática del secundario nos explica logaritmos por primera vez y no entendemos ni los números que están escritos en el pizarrón. Él se dio cuenta. “Esto simboliza el autoboicot, la autodestrucción o la junta todos los miedos “, me explicó. Entonces el dibujo éramos nosotros, separados por los miedos. Los míos, los de él o quizás los de ambos. Me quedé callada, fue él quien rompió el silencio. “¿Así te sentís?” me preguntó. Las lágrimas empezaron a salir solas, lo miré y al instante me di cuenta de que se sentía culpable. Yo sabía que él no me él no me quería hacer llorar, él quería entenderme. Me abrazó y yo me quedé inmóvil. Me agarró un brazo e hizo que yo también lo abrazara. Lo hice y puse mi cara en el hueco que forma su cuello, ese que es mi escondite preferido para escaparme del mundo. “Perdoname, ya pasó” me decía mientras me acariciaba el pelo, sin dejar de abrazarme. Y ahí fue cuando me di cuenta de que ya no lloraba por lo que me había provocado el dibujo. Lloraba porque no quería que ese momento termine, no quería salir de su abrazo, que se vaya y tener que volver a despedirme. Lloraba porque en ese momento encontré un poco de felicidad y sabía que no faltaba mucho para que termine y que el final era inevitable.

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