Frío y contundente

El día que me dejaste ya sabía que lo ibas a hacer. Me mandaste un Whatsapp la noche anterior preguntándome si nos podíamos ver. Te dije que vengas a casa y me contestaste que preferías ir a tomar algo a un bar o algo así. Me sonó raro pero opté no por enroscarme innecesariamente. Quedamos en encontrarnos el domingo a las 6 de la tarde en un bar de Palermo, ese en el que nos conocimos. Qué irónico que nuestra relación termine en el mismo lugar donde empezó. Llegué temprano (como siempre) y saqué un libro para pasar el tiempo mientras te esperaba, ser puntual no es tu mejor característica. Afuera hacía mucho frío y las calles estaban casi desiertas. Llegaste. Estabas lindo, siempre estás lindo. Me saludaste con un beso más frío que la aldea de Oymyakon. Te sentaste en frente mío, con la mirada te pregunté qué pasaba. “Me parece que no te amo más”, me dijiste. Así, frío y contundente. “Perdón, no hay una forma linda para decir algo así”, continuaste. Tenías razón ¿qué me ibas a decir? ¿me ibas a mandar esa excusa de “no sos vos, soy yo”? Creo que eso hubiese sido todavía peor. En un momento muy oportuno, porque necesitaba aunque sea unos segundos para ordenar mi cabeza, vino el mozo. Yo estaba en otra. Estaba pero no estaba. Como me conocés bien pediste por los dos: un café para vos y un té para mí. El mozo se fue, ahora me tocaba hablar a mí ¿qué mierda se responde a un “ya no te amo más”? Nada, no hay respuesta útil, ni para vos ni para mi. — Me quiero ir — Pero acabo de pedir para que tomemos algo y podamos hablar bien. — ¿Hay alguna posibilidad de que se arregle la situación? Si me quedo y hablamos una, dos o seis horas ¿me vas a volver a amar? — No. — Entonces no sirve de nada que me quede.

No dijiste nada, sabías que tenía razón. Agarré el libro que había dejado a un costado de la mesa, lo metí en la mochila, me levanté, me puse la campera y salí del bar. Una vez afuera me puse lo auriculares y empecé a caminar. Tenía cincuenta cuadras hasta mi casa y parecía que en cualquier momento se largaba a llover pero no me importó. La musicalización elegida por el aleatorio de mi celular tampoco ayudaba demasiado a la situación: “Lover you shouldn’t come over” de Jeff Buckley, “Love will tear us apart” de joy division y “Place to be” de Nick Drake fueron algunas de las canciones que mi querido teléfono eligió para el día de hoy. Pero la peor fue una de Aqua: “Barbie girl”- La habías puesto en mi celular sin que yo me diera cuenta para joderme. Me acuerdo que la primera vez que la escuché en el aleatorio reí sola en el medio de la calle. Pero ahora lloraba, lloraba como pocas veces habré llorado.

¡ESTABA LLORANDO CON UN TEMA DE AQUA!

No sabía cuánto tiempo había pasado cuando llegué a casa, ni siquiera fui capaz de registrar si había llovido o no. Me desvestí, tiré todo por ahí y me acosté. Sonó el celular, no atendí, necesitaba dormir. Volvió a sonar varias veces y supe que eras vos preocupado, te mandé un Whatsapp que decía “Estoy bien”. Era mentira. Los dos sabíamos que era mentira, pero igual elegiste responderme con un “bueno, me quedo más tranquilo”. Esa noche dormí cerca de diez horas, algo no habitual en mí. Al día siguiente me desperté y a partir de ahí nunca más supe nada de vos.

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