La noche que no debería haber sido

Está acostado al lado mío, el olor a vodka barato que inunda la habitación es insoportable. Hago un intento fallido por recordar cuáles fueron las circunstancias que lo hicieron terminar acá, en mi cama.

Sé que ayer fui a la fiesta de cumpleaños de Juli en un antro medio turbio, pero no me acuerdo de haberlo visto ahí. “¿Le habré mandado un mensaje? ¿Lo habré llamado?”, pienso. Agarro mi celular para sacarme la duda, no hay nada.

Por primera vez lo miro con atención, está profundamente dormido. Debe ser el único momento en el que me parece inofensivo, cuando duermen él y todos sus demonios.

Me levanto tratando de no despertarlo. Al pararme registro por primera vez el fuerte dolor de cabeza que tengo. Me tomo unos segundos para contemplar la habitación: ropa desparramada por todo el piso, un par de botellas, preservativos usados en la mesita de luz.

Me dirijo al baño, miro mi cara en el espejo y automáticamente pienso en lo destruida que me veo toda despeinada y con el maquillaje corrido. Me lavo la cara y los dientes tratando de disimular un poco mi estado y mejorar mi imagen.

Vuelvo a la cama y me quedo mirando el techo y haciendo nuevamente grandes esfuerzos por recordar la noche de ayer. También estoy decepcionada conmigo misma por haber roto de vuelta la promesa que me hice de no volverlo a ver.

Siento un brazo cruzándose por encima de mi cuerpo que interrumpe mis pensamientos. Lo miro y me sonríe con una expresión que parece mitad ternura, mitad soberbia, como si estuviera presumiendo haber ganado un juego. Me quedo callada, no sé qué decirle y me da un poco de vergüenza preguntarle cómo fue que terminamos así porque no me acuerdo de nada.

- ¿La pasaste bien?
- Sí- miento porque no tengo idea de cómo la pasé realmente.
- A mí también me gustó volver a estar con vos.

No le respondo. Quiero que se vaya porque sé que es un error que esté acá, sin embargo las palabras no logran salir de mi boca. Él adivina mis pensamientos (como supo hacerlo siempre) y se empieza a vestir. Yo hago lo mismo para bajar a abrirle la puerta. Seguimos en silencio y con un clima un tanto incómodo, como si no nos conociéramos, como si no hubiésemos pasado millones de cosas juntos.

Bajamos por el ascensor, los siete pisos que atravesamos se me hacen eternos, siento su mirada fija en mí pero la evito concentrándome en un pequeño agujero de mi remera como si fuese lo más interesante en este momento.

Cuando (por fin) llegamos a la planta baja le abro la puerta y lo saludo con un beso seco en la mejilla, él me da un abrazo y me dice “espero que andes bien”, yo le sonrío con muy pocas ganas.

Cierro la puerta y vuelvo al ascensor pensando que esto no se tiene que volver a repetir y a la vez riéndome como si estuviera diciendo una ridiculez por la poca fé que me tengo de cumplir mi palabra.

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