Liderar ‘mejores versiones’

Neus Portas
Nov 10 · 5 min read

Me gusta empezar el curso pidiendo a los alumnos que piensen cómo serían si fueran su mejor versión. ¿Y sabes qué? Hay ilusión en su mirada. Chicos de 20 años que, de repente, piensan en cómo podrían ser, si se aplicaran en ser todo lo buenos que pueden.

Y es que a todos nos ilusiona la idea de mejorar. La perspectiva de ser como nos gustaría.

Pero luego nos apagamos, nos dejamos llevar por el día a día. Dejamos nuestra mejor versión en un rincón de nuestra mente, en ese “algún día…”. Y volvemos a pasar de puntillas, pasamos por ahí, sin ruido, sin que se nos note demasiado. Funcionamos en piloto automático y no tomamos consciencia de los pequeños momentos, los damos por sentado. Ni nos los curramos, ni los apreciamos demasiado.

IMPLICARSE LO CAMBIA TODO

Pasamos sin tomar consciencia, porque tenemos la cabeza demasiado ocupada en otras cosas: las que no están, porque pertenecen a otro momento u otro lugar. Y sin sentir nuestro entorno, sin experimentarlo, es difícil tomar consciencia, entender lo que sentimos, además de pensamos. Se hace difícil estar presentes si nuestro pensamiento no está ahí.

El problema es que demasiado a menudo el pensamiento manda. Y entonces nos convencemos de que nuestra mejor versión tampoco es tan buena. Y de que esa visión que tenemos en la cabeza, la que a ratos intentamos que surja, en realidad no existe.

La buena noticia es que nosotros escribimos el guión de lo que pasa por nuestra cabeza. Nosotros decidimos qué pensar. E incluso decidimos qué personaje somos.

Pero además de escribimos un mal guión, luego vamos y nos lo contamos; y, lo más sorprendente, ¡nos lo creemos! Por suerte, igual que conocemos esto, podemos decidir escribir otro guión. Uno en el que seamos como nos gustaría, donde disfrutamos lo que hacemos, donde somos todo lo buenos que queremos ser. Y elegir el papel principal.

Ser nuestra mejor versión exige implicarse: con el momento, con la circunstancia y, sobretodo, con nosotros mismos. Alejarnos un poco de lo que pensamos que somos y alinearnos con lo que sentimos o queremos ser. Experimentar cada momento, para ser conscientes de cómo cambia lo que sentimos y pensamos cuando nos implicamos con lo que hacemos, por pequeño o nimio que parezca.

Te propongo un experimento: elige algo que hagas de forma automática, sin mucha ilusión pero que sabes que, en cualquier caso, tendrás que hacer. Puede ser tu camino al trabajo, recoger la cocina o lavarte los dientes; algo que haces a diario. Intenta hacerlo poniendo ilusión en ello. No hace falta que lo plantees como el acontecimiento más importante del día, tampoco nos pasemos. Pero hazlo a conciencia, bien hecho, con ganas. Prueba hacerlo desde la implicación.

¿Ya? ¿Cómo ha ido?

Ahora imagínate hacerlo con todo. Ponerle ganas. Ser como esa dependienta que, en vez de atenderte hablando con la compañera como si tú no existieras, te mira, te sonríe, te dedica dos frases: está ahí para ti. O el camarero que en vez de poner piloto automático para tomar nota y servirte, hace que el momento sea más agradable y te hace sugerencias de la carta.

¿No te parece mucho mejor? Implicarte en lo que haces mejora el momento, no sólo para aquel con quien interactúas, sino también para ti. Ponerle ganas, implicarte, hace que lo disfrutes más. En vez de pasar de puntillas (y de morros) es mucho mejor pisar con paso firme y con una sonrisa.

Cuando te implicas, pasas de la acción ‘zombie’ al foco activo. No actúas para tachar elementos de la lista, sino para construir un objetivo determinado.

MENTALIDAD DE CRECIMIENTO

Carol Dweck habla de la mentalidad de crecimiento como esa que derrumba muros y limitaciones, que permite seguir aprendiendo, sea cual sea el objetivo. La que nos hace sentir capaces de mejorar, de aprender lo que nos propongamos.

Y, por contra, la mentalidad fija es la que nos limita, la que nos hace creer que las capacidad o habilidades con las que nacemos no pueden alterarse. Lo que tienes, es lo que eres: no se puede cambiar.

Desde la mentalidad fija es muy difícil pensar nuestra mejor versión. No podemos llegar a ella, ni siquiera pensamos que exista una versión buena, mejor a la que mostramos. Porque lo que somos no es mejorable. Venimos con lo que venimos; no hay más.

En cambio, la mentalidad de crecimiento nos pone en estado de Beta permanente, de mejor continua. Podemos llegar donde nos propongamos. Nos marca una dirección de hacia dónde queremos llegar. Nos permite creernos capaces de incluso mejorar nuestra mejor versión.

Cuando aplicamos la mentalidad de crecimiento, reconocemos nuestras debilidades, pero lo hacemos para saber lo que debemos cambiar. Probamos diferentes maneras de lograr los resultados. Sabemos que es difícil, pero no imposible. Y nos cuestionamos continuamente en qué podemos mejorar.

Es una actitud con la que nos implicamos con nosotros y con el entorno. Una actitud con la que estamos presentes, en la que nos responsabilizamos de cada paso que damos. Sólo por el hecho de estar en el camino de mejora, ya estamos mostrando nuestra mejor versión. En cada momento estamos dando lo mejor de nosotros mismos.

LIDERAR DESDE LA IMPLICACIÓN

Cuando cada componente del equipo cree en su capacidad de mejora, cuando se implica y se hace presente, el resultado es exponencial. De hecho, el liderazgo consiste en esto, en motivar para sacar la mejor versión de cada uno.

Y esto es aplicable a un equipo en una empresa, a los hijos o a los alumnos de cualquier nivel educativo. Si como líderes o acompañantes les ayudamos a aplicar una mentalidad de crecimiento, si les hacemos creer que son capaces de lo que se propongan, desactivaremos poco a poco esas creencias limitantes que les impiden crecer.

Todos hemos recibido mensajes continuos que nos recordaban que “no soy creativo”, “soy muy tímido”, “soy muy gamberro”, “soy….”. Si nos lo han dicho repetidamente y venían de alguien importante para nosotros, sean padres, profesores o compañeros, habrán ido calando, poco a poco, hasta creérnoslo.

Y puede que algo haya de eso, pero sólo porque eso era lo que mostrábamos. Y aunque fuera cierto, lo era en ese momento; o lo es ahora, pero sólo hasta que decidamos cambiarlo, sobreponernos al espejo que nos han devuelto.

Por eso, como líder -como padre, profesor, director de equipo-, tu misión es ayudar a desmontar esas creencias. Dejar de alimentarlas y crear, en cambio, espejos nuevos: sé muy consciente de que como referencia que eres para esas personas a quien acompañas, puedes construir o derribar los muros.

Si rompes los espejos distorsionados y ayudas a crear creencias constructivas desde una mentalidad de crecimiento, conseguirás la implicación de cada miembro del equipo hacia una visión común. Estarás practicando el ecoliderazgo, el que cree en cada parte del ecosistema para llegar a un lugar nuevo y sin duda mejor. Porque cuando cada parte se implica y se sabe capaz, es cuando las aportaciones enriquecen a las demás partes, cuando se generan las mejores ideas, cuando dos más dos son, como mínimo, cinco.

Busca siempre la mejor versión. La tuya y la de los demás. Escríbela en un papel y comprométete con ella. Haz que tu equipo o clase la escriba y acompáñales a conseguirla. Es sólo el inicio del camino, pero saber que es posible y que tú crees en ella, hará que, en vez de simplemente ‘pasar por ahí’, se impliquen. Y esto, créeme, lo cambia todo.

Neus Portas

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Experta en learnability para el futuro del trabajo | Impact Mentoring | Escribo sobre #emprendimiento, aprendizaje e innovación de impacto.

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