Tecnología y educación: ¿quién se adapta a quién?

Aparecía por las redes un artículo de un profesor de periodismo titulado “Me rindo”. Se trataba de una carta de renuncia, motivado por la falta de curiosidad, de empatía y de criterio de los alumnos. El profesor y periodista en activo decía dejar la docencia, ante la decepción de ver a una clase de chicos sin ganas, a los que el móvil les roba la atención.

Aunque pocos días después, el mismo autor explicaba que este era un artículo de 2015 y que, en realidad, él seguía dando clases, creo que el hecho de que este texto “resucite” cada cierto tiempo, como comenta el autor, indica que el tema sigue vigente.

Y es que estamos en un momento delicado, en el que sabemos (o intuimos) que de algún modo hay que dejar entrar la tecnología en el aula, que esa es la manera que tienen las nuevas generaciones de informarse. Pero no acabamos de saber cómo hacerlo, porque hay una línea fina que separa lo profesional de lo personal. Y la línea pasa justo por en medio del teléfono.

Y no es sólo problema de la generación Z. Que levante la mano quien no se ha encontrado pasando de un whatsapp a un amigo, a un mail de trabajo. De mirar unos zapatos en una tienda online, a leer un artículo. De leer un artículo de actualidad, a otro de nuestro sector y, de ahí, a otro menos relevante.

Y es que con las nuevas tecnologías, y con el móvil especialmente, te deslizas de un lado al otro casi sin darte cuenta, porque también en el mundo offline lo personal de lo profesional se desdibujan.

Sin embargo, también es cierto que en los centros educativos, se debería no sólo impartir contenido (del que hay en la red), sino también educar. Lo que significa ayudar a entender lo que es correcto y lo que no. Educar implica enseñar a opinar, a tener criterio, a acceder a la información. Educar debería llevar implícito la generación de curiosidad, la capacidad de hacer preguntas. Porque los chicos de hoy en día diluyen su atención, nada les parece imprescindible en el momento. En esta sociedad líquida, donde todo cambia rápidamente, la información es efímero en el recuerdo, pero no en la nube: al final, todo está en la red.

El primer pilar, básico para todos (alumnos y profesores), pasa por entender que en la escuela no se aprende a contestar, sino a preguntar. Porque Google tendrá todas las respuestas, pero de nada servirán si no sabemos qué queremos saber. Como de nada servirá tener mil respuestas si no sabemos cuál es válida y cuál no.

Al final, no se trata de adaptarnos -o conformarnos- a cómo es el mundo “allá fuera”, sino de cómo queremos que sea. Este es el que se tiene que fomentar desde la educación.