Caiga quien caiga (2018) de Eduardo Guillot

Adaptar la historia de quien llegó a ser el hombre más poderoso de un país no es fácil. Los hechos de una vida llena de excesos corren el riesgo de difuminarse en medio de los rumores, típicos de una figura casi mítica como la de Vladimiro Montesinos. El reto es dar con ese balance esquivo, que exalte al personaje sin perder de vista su realidad como ser humano, lleno de contradicciones.

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Sep 4, 2018 · 3 min read

En Caiga quien Caiga, el eje de la historia es justamente su protagonista. Sin él la película se cae. Por eso mismo, sorprende la poca atención que se le ha dado a explicar su carácter. Más allá de la secuencia inicial y una que otra toma breve, el espectador al que no le sea familiar este personaje sufrirá mucho por comprenderlo. La lógica es la siguiente: no tenemos porqué estar de acuerdo con lo que Montesinos hace, pero debemos al menos entender el porqué de sus actos, identificar las raíces de su carácter, sus ambiciones, sus carencias. Con eso en mente, la película se cae desde el momento en que empieza, ubicándonos al inicio de la escapada y obviando los años previos, en donde Montesinos se volvió Montesinos.

La decisión, sin embargo, no se limita al personaje de Miguel Iza. José Ugaz, que sirve de fuerza moral de la película, termina recibiendo un trato semejante. Más allá de su labor como procurador, Ugaz no tiene razón alguna para obsesionarse con la captura del ex asesor, más allá de su exagerado patriotismo, que termina convirtiéndolo en un personaje plano, un autómata programado para la justicia, dejando de lado toda motivación o conflicto interno que lo haga moderadamente interesante.

Del mismo modo, es imposible narrar una historia convincente sobre Montesinos dejando de lado a quien fue, por mucho tiempo, el hombre más importante en su vida. Fujimori no recibe más que breves menciones, un primer plano de sus ojos (que dura menos de tres segundos) y una que otra grabación de archivo, siempre desde la seguridad de una pantalla de televisión. En lugar de integrarlo a la narración, “el Chino” termina siendo una mera anécdota, un pie de página breve, cuando, en realidad, debería estar al lado de nuestro protagonista, casi tan importante como él.

La misma falta de atención se deja ver en el ritmo de la trama. La huida del ex asesor tiene tantos estadíos que la película termina hablando muy poco de cada uno de ellos. Algunos, como su paso por Panamá y luego por Venezuela, duran lo suficiente; algunos, como su huída en yate, se extienden demasiado; y otros, como sus encuentros con militares y agentes de la CIA, aportan muy poco. Cada escena o secuencia tiene que ser capaz de responder a la misma pregunta: ¿por qué esto está en la película? ¿Qué nos da? Si no se puede responder a esto, lo mejor es dejarla de lado.

Por más irónico que suene, la falla principal de Caiga quien Caiga es su encadenamiento con la realidad, la preferencia por trasladar una historia en lugar de adaptarla. Más allá de la inspiración, la película no le debe nada a la realidad, tampoco al libro del cual se tomó la historia. El director Eduardo Guillot no tiene por qué sentirse anclado a contar lo que pasó al pie de la letra. Tiene que darnos algo mejor. Mientras no se altere o contradiga la esencia de los personajes, aquello que los hace atractivos y únicos, todo lo demás está sujeto a revisión, a cambios en función de una película medianamente funcional. Pese a toda la libertad que implica la ficción, Guillot prefiere narrar con la objetividad de un libro de historia, lo cual, por desgracia, tampoco llega a conseguir.

Crítica realizada por Alejandro Núñez Alberca

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Contenido producido por el equipo de Nexos de la Universidad de Lima.

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