Cerebros consagrados

En el Museo del cerebro conviven arte, ciencia y religión. Entramos para develar los secretos de una de las piezas más llamativas del lugar y para comprender los caminos que unen al cuerpo humano y al arte: carne en forma de nube que siente y piensa.

Nexos
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Aug 31, 2018 · 7 min read

Cementerio de cerebros

La estatua de un hombre arrodillado, con la mirada en alto y alzando con la mano derecha un cerebro ante el cielo gris de Lima, nos indica que hemos llegado al museo de neuropatologías en Barrios Altos, dentro del Hospital Santo Toribio de Mogrovejo, mejor conocido como: Museo del cerebro.

Lo primero que te dicen cuando abren la sala es que tus ojos pueden arder o lagrimear por el formol, ese líquido transparente y esencial que permite la conservación de los cuerpos muertos, en este caso, la lápida del cementerio de cerebros.

Con más 3000, y solamente 300 en exposición, el museo, fundado en 1997 y que se encuentra dentro de las instalaciones del Instituto de Neuropatologías, es pequeño y está dividido tres secciones. Aquellos cerebros carcomidos y enfermos por diferentes tumores se encuentran en el medio, junto a encéfalos de animales como el pez, el perro, el cuy, entre otros. También, un esqueleto humano posa forzosamente en una de las esquinas, mientras que en el libro de visitas se leen corazones dibujados, nombres completos y agradecimientos de estudiantes universitarios y turistas extranjeros por la buena experiencia del recorrido “I like bones. Thank you for letting us touch bones- Isabel, 6 years, Serbia”.

“¿Están vivos esos bebes? “Pregunta un niño a su abuelo, desde el lado derecho de la sala, mientras observa los fetos con malformaciones en pequeños estantes, son seis en total, y fueron donados por el Hospital de la Maternidad de Lima. Su perfecto estado de conservación hace parecer que durmieran resguardados del calor del formol.

En el ala izquierda, se encuentra la ceveroteca donde se guardan y exhiben los cerebros sanos. “Apenas son diseccionados, pierden su identidad, son NNs”, nos comenta la tecnóloga encargada de la visita ese día, mientras en frascos de vidrio se encuentran apretujados los protagonistas del lugar con etiquetas que indican sus números.

Como un brillo invisible, puesto sobre una mesita, se encuentra una custodia (ostensorio) dorada, larga e imponente, con puntas que se despliegan como rayos de un centro circular. Se trata de un objeto igual al que en las iglesias guarda a la hostia luego de ser consagrada. Pero está obra aquí presente tiene en cambio, en su centro, el motor que rige la vida y el cuerpo del ser humano: el cerebro. ¿Cómo llegó aquí?

La custodia

Un préstamo peculiar

José Luis Herrera es un artista plástico contemporáneo, director del grupo Barranco Open Studio, profesor de escultura en cerámica de la escuela de Bellas Artes y autor de la custodia, él objeto que guarda un cerebro y lleva ocho años en el museo de neuropatologías. Nos recibe en su taller de Barranco, lleno de sus obras, en uno de los estantes se encuentra colocada una virgen María cubierta de pelos de castor “Wooki virgin” se llama esa escultura, seguido de un niño Jesús con bozal y cinturón de castidad. Al lado, la estatua de un corazón de Jesús que se ha saco el corazón y sonríe junto a un buda crucificado. José nos cuenta que transforma las estatuas e imágenes cristianas para realizar su arte.

Él vivió diez años en Londres, en un barrio musulmán llamado Bethnal Green, en donde se nutrió de mucho arte contemporáneo, y, a la vez, pudo apreciar la convivencia, represión y fidelidad al islam, ambas cosas lo marcaron a nivel personal y artístico. La idea de la custodia con el cerebro nace de su retorno a Lima, volver al Perú significaba algo más para él “mi aporte a la humanidad como artista es la crítica a las religiones”. Es así que, construyó una custodia de bronce, pieza que quería mandar al concurso anual de artes plásticas de la IPAE 2008.

Jose Luis Herrera (Fotografía realizada por el Centro de la Imagen)

“El cerebro es la simbología que la iglesia menos usa”, nos comenta riéndose mientras acaricia a “sexy” su perrita peruana que se ha acurrucado en sus piernas. Una contradicción que buscaba retratar con su obra. Decidió utilizar por ello un cerebro humano, que es la fuente y razón de los pensamientos y sentimientos, y también “de la creación del concepto de Dios”. Colocarlo en un objeto sagrado como la custodia era un modo de darle la misma veneración que se da a la hostia, de descontextualizar las ideas pre-concebidas de la religión. El problema vino en cómo conseguir un cerebro real.

Había dos formas de obtenerlo: la manera ilegal, que es comprarlo en la morgue, o la segunda, conseguirlo en el museo de neuropatologías de Lima, al cual nunca había ido. La encargada del museo es la doctora Diana Rivas Franchini, a quien le encantó la idea desde el inicio. No podía venderle uno de los tantos cerebros que guardaban, pero sí, prestárselo. Es así que, luego de varias visitas seguidas y una limpieza al cerebro seleccionado, que posee varias venitas y nervios, José lo consiguió.

Lugares poco comunes

El instituto nacional de Neuropatologías tiene más de 300 años de existencia, fue fundado por el Fray José de Figueroa, y, según dice la leyenda, luego de que se le apareciera Jesús en forma de mendigo clamando su ayuda. El lugar posee una capilla, por la cual se pasa para llegar al museo, y es más grande que este. También tiene un templo de adoración y penitencia, donde se resguarda al “Cristo de la Agonía”, una figura de Jesús crucificado en tamaño real con ojos de cristal, dientes de marfil y lengua de cuero. En pocas palabras, una institución con un pasado y un presente altamente religioso.

Como la obra no ganó el concurso, el artista, que debía devolver el cerebro prestado, decidió donarlo al museo. Si bien esta decisión alegró a la directora del museo, la directora general del hospital puso el grito en el cielo ante esto: Era una blasfemia. De aquellas que se comete contra la iglesia católica cuando se ofende o se cuestiona su totalidad, en este caso, con una escultura que representaría un sacrilegio. No obstante, la insistencia de la doctora Rivas, la posibilidad de una remuneración monetaria mayor y de un aumento del número de visitas terminó por convencerla.

Convirtiéndose, sin querer, el instituto en un lugar en donde conviven tres de las ramas más importantes y diferentes entre sí: ciencia, religión y arte. A la vez que presenciamos una de esas contradicciones, que solo el espectador que se enfrenta a la obra terminara concluyendo sin contar con mucha información por parte de las guías sobre la escultura, por no tratarse de un museo de arte “No hay a quien preguntarle nada, más que a la obra misma”, nos dice José con una sonrisa rebelde.

La inmortalidad en un frasco de formol

El artista considera que más asco debe dar la corrupción, que cualquier parte del cuerpo humano que llevemos dentro, en nuestras entrañas. La custodia fue la primera obra donde utilizó partes humanas. Su pasión por manipular la carne viene de la inspiración que tuvo principalmente de dos artistas modernos: Demien Hirst y Mark Quinn.

“La imposibilidad física de la muerte, en la mente de alguien vivo” Es el título de la obra más conocida de Demien Hirst, donde se exhibe un tiburón real en formol en un gran contenedor de vidrio, una obra bastante criticada y polémica, que tiene la finalidad de sorprender al espectador, de ponerlo frente a la muerte inmortalizada.

Una cabeza con cuatro litros de sangre del propio autor y unas flores que nunca se van a marchitar resguardadas también en un envase de formol, son algunas de las obras de Mark Quinn, quien sigue también esta temática de la lucha contra lo efímero, de la perduración infinita, del asco y del uso del cuerpo humano.

A José, este arte moderno lo inspiró ya que, para él lo que realmente se busca es atrapar a la “Inmortalidad” por medio de las obras. Él también donaría su cerebro o cualquier parte de su cuerpo en nombre del arte.

Un artista moderno en una Lima conservadora y religiosa, que está poco a poco encontrando un pequeño espacio artístico innovador. Con una serie de obras que buscan criticar e incomodar a lo establecido, él espera que con el tiempo la custodia cause más revuelo.

Cuidando el cerebro

A las 12:43 de la tarde cierra el museo del cerebro, la guía de esta oportunidad nos vuelve a recordar lo básico para cuidar nuestra cabecita: Buena alimentación, leer constantemente, no fumar y lavarse las manos. Nosotros concluimos también, que otra de las claves para la salud cerebral es nunca dejar de crear y consumir arte.

Los horarios de visita son de lunes a sábado de 07:00 a.m. a 13:00 p.m. Si deseas más información puedes entrar a esta página: http://www.incn.gob.pe/index.php/museo

Escribe: Sandra Ferrándiz Espadín

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    Contenido producido por el equipo de Nexos de la Universidad de Lima.

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