
Rosa Mística (2018) de Augusto Tamayo
Una chica vestida de blanco corre en su huerta de noche. Está sola, perdida en un sueño que no se ve, quizás un delirio. No hay diálogo que permita saber más de ella, pero se le ve feliz, intocable y etérea.
El lenguaje hasta aquí no es verbal, nadie ha dicho nada y, pensándolo bien, no es necesario. La imagen habla por sí sola, por la que le precedió y la que le sigue. Es la mano de un director que lleva años trabajando, cuidándose de no subestimar a su audiencia.
Con esta escena es que empieza la película de Augusto Tamayo sobre Santa Rosa de Lima. Descrito de esa manera, está más próximo al universo de José María Eguren (lleno de hadas, magia y figuras medievales) que al vía crucis constante que fue la vida de Isabel Flores De Oliva (nombre real de la santa). Tamayo cuenta la historia con un lirismo evidente, demostrando su profundo entusiasmo por el personaje, el cual, salvo algunas escenas, no entorpece el tono de la narración.
Es un balance entre pasión y técnica, denotando un realizador cauteloso. Se trata de una película que corrige sus carencias y excesos a lo largo de la narración, alcanzando su madurez conforme se avecina el final (igual que la Santa). Prueba de esto es que las interpretaciones, el ritmo y la fotografía sobresalen en la segunda mitad mucho más que en la primera, acentuando los conflictos y las tensiones entre personajes. El resultado final es una obra elegante, con una simbología amplia (a veces demasiado evidente), que nos invita a comprender y estar del lado de su protagonista, por más que en un inicio nadie lo esté.
Rosa Mística es en muchos sentidos un drama existencial, sobre la presión por encontrar el lugar de uno en el mundo, aun cuando este es adverso a nosotros. La Rosa que se nos presenta es la imagen viva de un cristianismo individualista y privado, lo cual la pone en conflicto no solo con su familia, sino con las convenciones sociales y eclesiásticas de la época. Son obstáculos que la protagonista supera de a pocos, demostrando una faceta humana que algunas biografías prefieren obviar. ¿El resultado? La película es capaz de hablar de Rosa en ambos sentidos: por un lado la santa, y por otro la joven, la hija, la mujer.
Tamayo confía que el espectador posee el mismo interés por el personaje antes de entrar a la sala. Razón por la cual se permite incluir una serie de escenas y planos que, tal vez, no sean tan necesarios, y que elevan considerablemente la duración final de la película, acercándola a las dos horas y media. Excesos que, claro, no son rivales para un guion inteligente y lleno de emoción, la misma que el director se esfuerza por contener cada vez que Santa Rosa aparece en escena (la cámara se acerca a ella más que a cualquier otro personaje). No por nada, Tamayo se dio el lujo de introducirse en la historia, y aquellos espectadores atentos serán capaces de ubicar su cameo sin problemas.
Aunque con un inicio algo turbulento, Rosa Mística trae a la vida las peripecias de la patrona de América, de la mano de un director apasionado y un elenco de primera.
