El duelo (y la hegemonía) en un tiempo y una historia imperfectos
Una subjetiva aproximación a “El Ministerio del Tiempo”

‘Empecé a contrarreloj la carrera del sobrevivir. Recorrí, sin abandonar, el mapa de la decepción’ (Mientras tanto. Leño)
Todo tiempo es la historia de una pérdida. O más exactamente la historia de muchas pérdidas. Tantas como historias nos recorren hasta extraviarnos una vez tras otra de nosotros mismos y llegar a ser cuanto somos, que dijo el poeta griego. Y en el breve ínterin abierto entre cada una de estas vidas, gravitando en torno a esta concepción no lineal del tiempo, un final y un principio de las cosas. Ineluctable: un deseo de ser y una pulsión de muerte. Esto es, la idea de que cada una de las historias de nosotros es tanto la de un renacimiento como la de un duelo por cuanto nos es sustraído por el tiempo.
La historia ni es un continuo ni una entidad modélica abonada con exclusividad a parámetros de progreso y razón. Quizá debamos de entenderla como algo mucho más complejo e imperfecto que todo eso. Algo más cercano a la suma de muchos extravíos -de muchos renaceres asimismo- pero fundamentalmente a la de todos los duelos que atraviesan la condición trágica del tiempo, en la que el destino se afirma como un infinito mapa de historias de los yoes. Sugiere Guy Debord en su obra capital La sociedad del espectáculo, en cuyas páginas se dedica un amplísimo margen de estudio al concepto “tiempo (irreversible)”, que éste es la alienación necesaria, el medio en el cual el sujeto se realiza perdiéndose a sí mismo, alterándose para convertirse en la verdad de sí mismo.
Cada historia es un duelo y cada duelo el relato -superficial o soterrado- de una pérdida. Es este, desde sus primeras líneas, uno de los axiomas en la escritura de El Ministerio del Tiempo. No es sino a la luz de esta idea que accedemos como espectadores -en según qué casos con más antelación que en otros- a la subjetividad de sus tres principales protagonistas: Alonso de Entrerríos, Amelia Folch y Julián Martínez. No por nada suponiendo la historia de vida del último de estos personajes, entre las anteriores, como la línea narrativa que de manera más diáfana nos adentra en el proceso del duelo. Si en el propio Julián, asistente sanitario en nuestro siglo, es su cercana viudedad el motivo de su desvelo existencial, en Amelia, estudiante del XIX, lo será el descubrimiento de su muerte, al pie de su propia tumba, a una edad relativamente temprana. Entre ambas circunstancias, la de un soldado de los Tercios de Flandes, Alonso, que hace suya la “condena” de verse virtualmente privado de su vida en el XVI, por instrucción del propio ministerio, a fin de evitar una de muerte definitiva en su tiempo. Narraciones estas que nos hablan de la imperfección de la realidad devenida en los protagonistas de El Ministerio del Tiempo y que constituyen, a microescala, un fresco de las imperfecciones y quiebres que adornan los que podrían ser denominados como relatos mayores, es decir, la historia. Siendo esta cuestión además uno de los temas a los que dedica especial miramiento la creación de los hermanos Olivares, Pablo y Javier. Puesto que no otra cosa es este departamento del tiempo que una oportunidad abierta, a través del viaje al pasado, para evitar que la historia sea más imperfecta de lo que en realidad es (o de cómo nos ha sido dada/escrita). En este sentido, el eje de la acción ministerial bien pudiera considerarse como una anticipación a una pérdida más gravosa para cuanto somos en relación a lo que hemos llegado a ser como construcción histórica, es decir, una suerte de inmersión previa en el tiempo con el fin de evitar la reescritura de nuestros duelos.
No todas las situaciones de pérdida son iguales ni los modos en los que éstas acontecen, de ahí que asimismo condicionen en difierente grado las reacciones de quienes las padecen. Más claramente, el proceso de aceptación de la pérdida no responde a un patrón de homogeneidad. Los ministeriales casos de Alonso, Amelia y Julián no son ajenos a este razonamiento. Como tampoco quizá lo sea el rol desempeñado por El Ministerio del Tiempo como suprafigura de sostén emocional dados los quebrantos vitales de los protagonistas principales de la serie. En el sentido de que el ministerio se erige como una figura en extremo superficial al compararse con los grupos de ayuda que, desde tribunas médicas y psicológicas, buscan facilitar en el día a día la expresión de sentimientos y emociones vinculados a la pérdida de un cercano. Es decir, la exposición y el tratamiento de los duelos ministeriales conciernen tan solo a su esfera privada, entendiendo de esta manera la función utilitarista que la institución ministerial desempeña en cada uno de los duelos de sus nuevos funcionarios. A la manera en que podríamos entender que la historia presta atención a determinados relatos que considera menores o escapan a los canones que legitiman su inclusión en la categoría de mayores.
El Ministerio del Tiempo, como órgano de una estructura de Estado definida, encuentra en la preservación de ciertos pasajes de la historia un elemento vertebral de su desempeño funcionarial: “evitar que alguien reescriba nuestro pasado y preservar nuestra memoria histórica”. Actividad que, leída en tono conservador, cabe ser entendida como legitimadora de cuanto somos, justificando de esta manera que la arquitectura del propio sistema al que se debe este ministerio sea tal y como es. Sin embargo, la superación de esta prejuiciosa (y relativista) lectura de cómo nos cuenta la historia es asimismo otra de las claves que se trasluce en las psiques de los protagónicos de la serie (sin olvidar en este punto, claro está, el personaje de Lola Mendieta, exagente y antagonista del ministerio), puesto que algunos de los conflictos personales y circunstancias a los que se enfrentan Alonso, Amelia y Julián evidencian una puesta en cuestión -en mayor o menor grado, según el caso- de la finalidad ministerial orientada a trabajar en exclusiva por la inmutabilidad del pasado, que se decía anteriormente.
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Las innumerables alusiones vertidas hacia el novelista estadounidense Tim Powell y Las puertas de Annubis como precursora del concepto espacio-temporal en el que se inspira El Ministerio del Tiempo, no empequeñecen otras tantas referencias literarias, que, como en el caso de la obra del gran genio de la ficción científica Philip K. Dick, resuenan asimismo en la escritura de la serie de los hermanos Olivares. Tanto es así, por ejemplo, en relación a cuantas semejanzas pueden vislumbrarse entre la institución imaginada por éstos y aquella otra que en El informe de la minoría idease el escritor de Chicago. De fondo, en ambas creaciones, el poder como estructura legitimadora de cualquier técnica (o implemento tecnológico) para ejercer un control sobre la acción del hombre en el tiempo. El poder de la corrección (sobre el pasado de cara al presente) en el caso del Ministerio del Tiempo; el de la prevención (sobre el presente de cara al futuro), en el del departamento policial del Precrimen (y sus precognoscientes) de Minority Report. Concepción esta la de K. Dick de la que asimismo bebe otra creación audiovisual seriada como Vigilados (Person of Interest), guionizada por J.J. Abrams y Jonathan Nolan, hermano del famoso realizador británico, y en la que la distopía orwelliana del Gran Hermano se materializa a través de un sistema de vigilancia universal que monitoriza todas y cada una de las informaciones que, mediante cámaras, comunicaciones electrónicas o sistemas de audio, acaban depositadas en este cancerbero tecnológico dependiente del gobierno estadounidense para la prevención de cualquier forma de violencia o terrorismo. Ergo: el poder al servicio del tiempo. Si no lo contrario.
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El Ministerio del Tiempo nos adentra en la historia a través de escrituras posibles de la misma manera que nos presenta los cambios vitales asociados al duelo como un emocional (e intenso) reto de reescritura personal. “Aún nos quedan los sueños”, dice el personaje de Federico García Lorca a Julián en el último capítulo de la primera temporada. Esos sueños a los que aluden la letra de La leyenda del tiempo -además elepé de tintes lorquianos de Camarón- que da nombre al último de los capítulos de la creación de los Olivares, y con la que coquetean el propio poeta granadino y el sanitario carabanchelero presintiendo en el fondo ambos que “el tiempo va sobre el sueño hundío hasta los cabellos; ayer y mañana comen oscuras flores de duelo”. Porque bajo estas líneas anida también una de las reflexiones ministeriales últimas, ejemplarizada en el infructuoso intento de Julián de cambiar el curso de las cosas: la pequeñez del ser humano frente al destino, designio del tiempo. Esto es, la inutilidad de jugar a cambiar el pasado para que el presente sea otro. El supuesto privilegio (y poder) de este funcionario ministerial para cambiar la historia, desatendiendo las premisas básicas de acción de la propia institución, solo conducen al propio Julián a darse de bruces con la extrema complejidad de una realidad que escapa a nuestra voluntad y que invita a asumir la vida tal y como nos viene hecha y, en definitiva, a preservarnos en la mejor de las circunstancias de los duelos por venir que el tiempo nos reserva.
Estar predispuesto a aceptar este cambio vital y encontrar una nueva definición de nuestra presencia en el mundo: de eso habla en la lejanía de sus capas textuales más profundas El Ministerio del Tiempo. Porque la intrahistoria del desarrollo final de esta serie televisiva no es sino la del duelo anticipado (y compartido) de los hermanos Olivares ante el prematuro deceso de Pablo como consecuencia de la ELA. De esta manera, la aceptación del tiempo irreversible es también la elaboración de un nuevo relato donde aquello perdido es incluso resignificado al trasluz de una especie de mítica singular. Esto es cuanto Javier Olivares ha edificado en torno a la figura de su adorado hermano en todos y cada uno de los balances ofrecidos acerca de la naturaleza, escritura y recepción de El Ministerio del Tiempo: el mito de Pablo Olivares.
Texto extraído del libro Dentro de ‘El Ministerio del Tiempo’ (Léeme Libros, 2015) y escrito en colaboración con esther lorenzo.