Entre el sol y la casulla
Recorrer el bordo que divide dos naciones, con el calor de un febrero inusitado y unos tenis a suela desgastada no es cosa menor. Los migrantes sabrán mejor de ello que cualquier turista empedernido dispuesto a recorrer el mundo.
Volví, después de cinco años, al epicentro del dolor -como lo llamó Javier Sicilia, en su campal viaje de sur a norte-. Volví, luego de haber conocido cómo los maleantes en la plaza pública habían detenido sus armas en una especie de tregua, para dar paso a los peregrinos que cantaban una misma lucha en la búsqueda de justicia. Las memoria de la caravana del dolor y del consuelo revivieron hace unos días cuando caminaba por la frontera.
Fue apenas un susurro lo que presencié. Ahora no eran los cientos de peregrinos que viajaron en el 2011 en los autobuses de pasajeros y que volcaron el Salvárcar todo su llanto. Esta vez, llegué a una ciudad tapizada en nueva pintura, banderines bicolores, espectaculares que mostraban palomas blancas postradas en su Santidad.
El Papa Francisco fue la razón.
Nada detuvo a las autoridades para blanquear sus calles, sus yonkes de periferia, sus espectaculares que ni siquiera, estoy segura, interesaban al pontífice. Se sentía un ambiente diferente al que viví años atrás en donde la gente solidaria recibió a quienes viajaban con pocos días de asueto y bolsas ziploc a granel.
Ahí estaba nuevamente para caminar a paso veloz y gozar de una ceremonia multitudinaria. No había visto jamás a tantas personas reunidas sin importar los 30 grados en el ambiente y las líneas kilométricas que terminaron en cuadrantes. La tierra tapó mis poros, el polvo, mis fosas nasales, la luz, mis ojos cansados de esperar.