Jueves 4 de Agosto de 2017

Appleton, Wisconsin

Self-portrait. May, 2016.

Tengo un piso hermoso de madera. Primera vez. Las vetas están dispuesta verticalmente, desde la puerta de la casa hasta las ventanas, en piezas largas y estrechas de unos 50 centímetros cada una. Debe ser clara, quién sabe de qué tipo de árbol, aunque la pulieron en color rojizo. Me preocupa cómo mantener en buen estado este piso tan bonito. Si pudiera, caminaría en el aire para no tocarlo.

Compré dos productos para la limpieza: uno, un líquido desinfectante que “limpia y no deteriora la madera” y otro, que sirve para pulirlo y que no debe usarse más de tres veces por semana. Por supuesto, compré también telas diferentes para el uso exclusivo de cada producto, todo de la marca Mr. Clean Cleaning Products & Solutions.

Después de la primera taza de café del día empiezo a hacer tímidamente unas pruebas de limpieza. Tomo el spray y lo rocío en la esquina de la cocina -esto no me llevará mucho tiempo. Decido tomar el cepillo y barrer la casa, después de todo, era algo que tenía que hacerse luego de la mudanza.

Pero para barrer bien, en mi opinión, es importante ir moviendo cada cosa de su lugar, para que no quede nada por debajo de las mesas y sillas. Así pues, moví cada mesa y silla de la casa hasta asegurarme de que ni una sola partícula de polvo escapara a mi escoba.

Voy, ahora si, con el primer producto, el desinfectante. Sigo la ruta de las vetas de la madera, fragmentos de un ser vivo, ahora muerto, sediento, que se hidrata. Muevo todo otra vez, para que cada parte de la superficie reciba la misma atención.

Con el segundo producto me resigno: esta es una limpieza seria. El gato me mira desde la mesa. Decido bañarlo a él también. Lo agarro y lo meto en la bañera, llena hasta la mitad de agua tibia. Lo enjuago con su champú hipoalergénico Burt’s Bees for cats. En ese momento, somos enemigos, él me odia y yo lo amo (pero más limpio). Ahora tengo que lavar el baño y eso hago. De arriba a abajo, con esponja, cepillo y cloro, hasta que los pulmones me sangren, y no me sangran. Shining, pienso cuando termino.

Había quedado en el segundo producto. Lo del baño fue un exceso, quizá una distracción innecesaria (¡cómo me atrevo a decir eso!). Me doy cuenta de que el textil que compré para ser utilizado con esta maravilla de la química no encaja en el trapeador, a pesar de que son de la misma marca. Nadie puede detenerme. Miro a mi alrededor para hacer un plan, un mapa de acción. Cojo la tela blanca, esponjosa, virgen e inmaculada en mis manos y me agacho, quedo en cuatro, con las rodillas apoyadas en el piso, las tetas colgando como ubre de vaca vieja, la mano izquierda haciendo equilibrio, mientras la mano derecha se apronta a asumir el trabajo más duro. Del comedor al living, con una breve parada en la cocina y de allí al hallway -un pequeño pedazo del baño-, hasta la puerta de salida.

Me arrastro por el piso siguiendo las instrucciones: verter el producto directamente sobre el suelo y esparcirlo, doucement, con movimientos zigzagueantes. Voy y vengo, siempre con mi mano derecha, con las rodillas que chillan, ahora brillantes, como plastificadas. El gato no me mira ya, no le importa, sabe que en esta guerra los dos ganamos (yo gano) y los dos perdemos (él pierde). Luego de veinte minutos me fallan las articulaciones, la cintura se me quiebra, pero la mano va y viene, cansada, si, pero decidida, nada le importa porque quiere complacer a los ojos, dictadorzuelos vanidosos.

Terminar el piso me lleva la mañana entera y gran parte de la tarde, no porque sea muy grande, sino porque para hacerlo comme il faut se necesita mucha atención. También en la medida en que se avanza el cuerpo va perdiendo agilidad. Para descansar, entre un área y otra, bajo al basurero con los restos de mudanza que van quedando, lavo una alfombra, quito polvo de las superficies, y cambio la música.

Termino y compruebo lo evidente: todo ha quedado hermoso. Me miro al espejo y me veo fea, sucia, no paro de toser, las manos hinchadas que no cierran, las rodillas que no flexionan y la cintura… ¡qué decir de la cintura! Sin lugar a dudas, ha valido la pena.

Es de noche y todo cuanto huelo es ese olor a limpio que me embriaga. Me acuesto en el sofá y escojo A single man, una película de Tom Ford con Colin Firth y Julianne Moore (ella en un papel inigualable). Quiero llorar y no puedo. Es el escitalopram, otra maravilla de la química con ese pequeño lado débil: no deja espacio para el desahogo catártico. Lo acepto, después de todo es un precio muy pequeño para tanta felicidad.

Termina el día y el gato se acerca al borde del mueble, lo llamo y sube al sofá. Me mira y de un salto se acuesta en mi pecho. Una vez más, me ha perdonado. Bajo este techo y sobre este suelo, somos lo que queda.