Las caras felices no duelen

Párrafos inconexos

2013. Ann Arbor, MI.

He mirado imágenes de rostros felices. No han parado de bullir de mis pantallas, como agua hirviendo en una olla muy pequeña. Me he alegrado de ver hasta la última muela de algunos, sus dientes y lenguas, alzando sus copas, abrazando a los suyos.

Sus caras felices no me ofenden, no me duelen. Hechas las cuentas, ahora que todo escasea, todavía queda amor para dar y eso es lo que guardo para mí, o quizá eso es lo que robo, del robo milagroso de la imagen al hombre.

Hace tanto frío afuera que nadie se atreve a salir. Yo no sabía que los árboles desnudos eran el arpa del viento. La música del invierno no la trae un ser vivo, un pájaro o una rana, sino la fricción entre el palo seco y el soplo divino de fuerzas que no se entienden pero que parecen tener su origen en los lagos helados que nos rodean. La ausencia de vida humana me hizo beber las alegrías de otros a través de imágenes y voces. La felicidad no tiene contratos. Aprendo de un ojo que brilla.

Viajo respirando. Busco la idea de centro; entiendo que alcanzarla es renunciar al desdoblamiento de las cosas, a la multiplicidad, y volverse hacia uno mismo, desaparecer. Lo hago todo el tiempo y el premio es una soledad llena de seres que existen sólo porque otros los escribieron en una hoja, porque otros los contaron.

Ya no soy todo lo flexible que fui. En otro momento podía no entender pero aceptaba. Ahora soy una argolla sin punto de quiebre. Las imágenes son más sencillas de leer. Así, que se escurra la carne y me dejen la foto.

La consecuencia más lamentable del tiempo es el derecho auto otorgado de la sordera. Derecho del que se abusa para no escuchar a quien habla y hablar por quien calla. La página se abre. No exige nada. Dime, dice. Y sin saber cómo digo, con dolor, y con el oido violado, abusado.

Me interesa la vida. Con signos de interrogación.

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