Critica Musical
Cuarteto 131 de Beethoven
Es el demonio. Pero no es el demonio terrible de las representaciones. Es el demonio en sus tareas hogareñas. El demonio disfrutando un domingo de sol, cortando el césped, arreglando el cerco, pensando “Si ahorro en gas este milenio, puedo volver a pintar las verjas de rojo”. Y cosas así. Cuestiones prácticas de la delectación.
Cuando uno piensa en las personas que tienen buen estilo al vestir olvida que, lejos del lujo y de la vanidad, hay un señor seleccionando: “Esto se lava con agua caliente, esto con agua fría y esto va a la tintorería”.
Pues bien, el demonio tiene días así. Lleva tiempo en el negocio. Si bien existe en una dimensión temporal ligada a lo humano, como hecho angélico (Lucifer es un ángel, no lo olvidemos) debe ser también eterno y durar desde siempre. Conoce el oficio mejor que nadie y de hecho nadie más puede hacerlo. Y no quiere tampoco. Si alguna vez pensó más en las fiestitas y en la guitarra, ahora que es un señor parece que siempre fue un señor.
Y está acá, podando su rosal. Disfruta del aire fresco y silba, improvisa una melodía. El Señor de los infiernos está en paz consigo mismo y silba una melodía mientras poda su rosal. ¡Eso debió ser! ¡Eso debió ser lo que escuchó Beethoven cuando se le ocurrió el tema del Cuarteto opus 131 en do sostenido menor! ¡Escuchó silbar al diablo mientras disfrutaba del día!