El aullar de los lobos
Los lobos no aullaron esta noche.
El día de hoy fue gris y frío, igual a todos los que llevo aquí. Cuatro años. Todas las noches han aullado los lobos, menos la de hoy. Me ingresaron cuando llevaba tres meses. Creía que después del noveno me dejarían salir. Pero no. Al ingresar me llamaban Helen, ahora, soy la Hermana Cass.
Tres meses después de haber cometido el pecado más temido en la villa, mis padres me forzaron a inscribirme al Convento de Nuestra Señora de los Milagros para Niñas Descarriladas, en donde recibiríamos “el mejor trato por parte de las hermanas mientras aprendíamos de nuestros errores y hallábamos el perdón en la misericordia de Cristo”. Mentira.
No me tomé ni un día para darme cuenta de lo que en realidad era este convento, o siquiera, lo que en ese momento creía que era: un centro de penitenciaría controlado por monjas en donde mujeres que quedaron embarazadas fuera del “Santo Matrimonio” eran obligadas a redimir sus penas con oficios domésticos excesivos, plegarías aún más excesivas y la constante humillación por parte de las hermanas que les recordaban que habían pecado, que todo lo que hacían allí era necesario para purificar su cuerpo y alma, y que solo así se librarían del fuego del infierno.
Todos los días nos hacían despertar a las cinco de la mañana. Arreglábamos nuestra habitación y a nosotras mismas, para que así a la seis en punto pudiéramos asistir a la Santa Misa. Después nos reuníamos todas las chicas en un salón amplio en donde rezábamos un rosario y recibíamos nuestra primera dosis de apabullamiento por estar embarazadas. Más tarde comenzábamos nuestro desayuno — uno no muy abundante ni agradable — mientras alguna hermana nos decía cosas como: “Agradezcan a Dios que están comiendo, si fuera por sus padres estarían en las calles sin un pedazo de pan ni una gota de vino”, o mi favorita: “Coman bien para tener fuerza, sus tareas se las exigen, y ese parásito se les arrebata”. Luego, nos disponíamos a realizar oficios que acaparaban el resto de la mañana: cocinar para los otros días, barrer y limpiar el ala sur y norte del convento, cargar cajas y costales pesados desde la bodega hasta la carreta en las afueras del edificio, y cualquier otra tarea que se les ocurriera a las monjas. A las hermanas no les importaba cuántos meses de embarazo tuvieran las chicas, todas teníamos que hacer las tareas. No fueron pocas las veces que vi a una llevando cargas pesadas con su vientre a punto de estallar.
A las 12 en punto rezábamos el Ángelus y hacíamos el segundo rosario del día. Al terminar recibíamos nuestra pequeña ración de almuerzo mientras alguna hermana recitaba otras barbaridades acerca de nuestro embarazo. De una a tres nos encerraban en nuestra habitación para que leyéramos las Escrituras o meditáramos sobre nuestros pecados. A las tres hacíamos el viacrucis con todas sus solemnidades, y el resto de la tarde era dedicada a más tareas domésticas. A las siete cenábamos, y a las ocho rezábamos el último rosario. A las ocho y media nos encerraban en nuestro cuarto, y a las nueve todas las velas debían estar apagadas.
Aun así, mis ánimos estaban intactos, y esperaba con ansias a que pasaran los seis meses restantes de mi embarazo para poder salir de esta prisión.
El día en el que entré me asignaron la habitación 220, que era pequeña, sucia y solo constaba de una incómoda cama y una mesa a su izquierda, un crucifijo, unos diminutos cajones para guardar nuestras pocas pertenencias y un reclinatorio para hacer oraciones. Contigua a mi habitación estaba la 221 en la que habitaba una chica, Eliza, que estaba a punto de dar a luz. Fue por esto por lo que no me extrañó su ausencia una semana después de mi ingreso al convento. Lo que sí me sorprendió fue que cinco semanas después la volví a ver, pero portando otro uniforme y sirviéndonos el desayuno. Estaba con una jarra de agua en una mano y entregando vasos con la otra. Me impactó su cara, estaba mustia, y parecía que toda la felicidad en su mundo se hubiera esfumado. Ninguna reclusa es alegre en este lugar, pero la cara de Eliza era una nueva representación de melancolía.
Intrigada por mi descubrimiento, decidí preguntarle a Adèle, la huésped del cuarto 222 y compañera en la lavada de ropa los martes en la tarde. Su historia era triste: quedó en cinta después de haber sido violada por un vecino, y sin pensarlo dos veces, sus padres la enviaron al convento sin importarles el origen de su embarazo. Sin embargo, era una mujer alegre y social, amable con las otras chicas e incluso con las hermanas. Siempre estaba ahí para quien necesitara su ayuda, y su falta de timidez y su pequeña amistad con las monjas eran las responsables de que conociera todas las historias del convento, y fue por esto por lo que decidí preguntarle a ella.
Ya el martes en la tarde la encontré en el pequeño cuarto donde se hacía el oficio. La vi con su hábito negro y una punta de su cabello rubio se asomaba por él.
— Hola Adèle — le dije con un tono amable.
— Hola Helen — Me saludó con la misma amabilidad — . ¿Cómo te has sentido hoy?
— Hay días buenos y malos, definitivamente este ha sido uno de los malos, pero en realidad cada vez me voy acostumbrando más a las náuseas y a los dolores — le respondí — . ¿Cómo estás tú?
— Bien. Tienes toda la razón, uno se va acostumbrando a los dolores cada día que pasa; ya lo he hecho por siete meses, solo faltan dos.
Decidida a ponerle fin a nuestra pequeña charla me aventuré a ser un poco más directa:
— Adèle… — empecé con un murmullo mientras acomodaba la ropa y cogía uno de los baldes llenos de agua del río que alguna otra chica debió de haber recogido más temprano — he escuchado por ahí que desde que llegaste has tenido una muy buena relación con las hermanas y que has logrado acercarte a ellas, generándoles confianza.
— Ajá — dijo Adèle a la expectativa mientras restregaba unos viejos hábitos.
— Y lo que pasa es que tengo cierta duda acerca una chica… — le empecé a decir.
— ¡Viniste a donde la persona indicada! — Me interrumpió con un tono burlesco — . ¿Quién es la chica?
— Eliza — le dije.
Al decir su nombre su cara se transfiguró de inmediato.
— No sé de quién me estás hablando — me dijo dándome la espalda y colgando una ropa.
— Claro que sí sabes. Si no supieras quién es, tu cara no habría cambiado y no me habrías respondido de una forma tan cortante — dije en un tono irritado.
— Ya te dije que no sé quién es — me dijo de forma pausada y con un tono aún más irritado.
— Adèle, no me engañas. Claro que sabes, vivía a una habitación de distancia de la tuya, además, siempre has dicho que conoces a todas las chicas que han estado aquí mientras tú también lo has hecho — insistí.
— Bien — dijo un poco enfurecida. Pudo darse cuenta que, aunque mis argumentos anteriores no hubieran sido lo suficientemente convincentes, no me daría por vencida hasta obtener lo que quería.
— Pero debes entender — continuó — , que si te cuento lo que le pasó a ella, te tendré que contar lo que en realidad pasa en este lugar y te enterarás de algo horrible, y los cinco meses que te quedan serán un infierno en vida. Por último, no le puedes contar esto a nadie. Si las monjas se enteran de que sabemos esto, no sé qué sería de nosotras.
— Entiendo por completo — dije mostrando seguridad, pero en realidad estando aterrada.
— Antes de contarte sobre Eliza, debes saber la historia de este sitio — me dijo mirándome a los ojos — . El convento fue fundado en 1777, hace ya 70 años, por la hermana de un monje adinerado que era originario de la Capital. Él llegó a la villa 20 años antes con la misión de evangelizar a los lugareños y de construir su propia abadía. Semanas después llegó su hermana mayor, una monja escrupulosa llena de prejuicios. Al ver que la educación religiosa era mínima en la región le suplicó a su hermano que fundara una escuela que ella administraría. Lleno de orgullo por los deseos de su hermana, el monje no dudó en establecer un colegio patrocinado por él, pero dirigido por ella, para que así mientras los adultos se llenaban de la gracia de Dios, sus hijos pudieran formarse en conceptos básicos de lenguaje y religión.
El colegio funcionó por 20 años a la perfección, pero todo cambió cuando el monje murió mientras dormía por culpa de una tuberculosis. Inundada en la tristeza, su hermana decidió abandonar la villa por un terreno desolado no muy lejos. Pero junto con ella se llevó a otras mujeres que deseaban seguir su camino. El colegio y la abadía quedaron abandonados, lo que hizo que el pueblo comenzara a alejarse de las doctrinas enseñadas por el clérigo, excepto una: la demonización del pecado de la carne. Todo lo referente a esto era blasfemo y quien lo cometiera debía ser exiliado de la villa. El único servicio que ofrecía la abadía era el matrimonio, celebrado por un clérigo local que ni conocía los preceptos básicos del sacramento. Los más poderosos y ancianos del pueblo tomaron en sus propias manos los principios religiosos enseñados por el clérigo y su hermana, y los acomodaron para crear su propia expresión religiosa, en la cual creían en el mismo dios y doctrinas que el clérigo enseñaba, pero convirtieron en sacrilegio, y en la más indecorosa de las ofensas, tener relaciones sexuales antes del matrimonio.
A unas millas de distancia, la monja se enteró de todo lo que estaba sucediendo en la villa, y por sus ansias de poder y su repudio por el pecado de la carne, les ofreció a quienes mandaban en el pueblo que ella se llevaría al convento a todas las mujeres que se habían alejado de Dios.
Persuadidos por la idea de la monja, los poderosos aceptaron y le prometieron que le llevarían a todas las mujeres pecadoras para que así ella pudiera ponerlas de nuevo en el plan de Dios. La monja se sintió satisfecha porque ahora podría calmar su sed de poder teniendo a su disposición unas chicas embarazadas a quienes podría humillar reiteradamente, someter a trabajos forzosos y obligar a que hicieran constantes plegarias. Nunca le importó la redención, solo las maltrataba para que sufrieran por su pecado.
— ¿Y terminados los nueve meses, a dónde las llevaban? — la interrumpí.
De nuevo, Adèle se puso pálida y luego me dio la espalda. — Esta es la parte horrorosa del relato — hizo una pausa, se volteó, me miró a los ojos, y con una temblorosa voz me dijo: No…
— ¡Señoritas! — nos interrumpió la Madre Fairfax, directora del convento — . Su trabajo debió haber terminado hace 25 minutos. Ya están tarde para su cena, tendrán que esperar hasta mañana para comer. Helen, ve y arregla la capilla para el rosario. Adèle, termina de organizar aquí…Por Dios niñas, tarde y ni siquiera terminaron su oficio.
— Pero solo han pasado 25 minutos de la cena, ¡aún tenemos tiempo para comer! — le reclamé.
— Como ya les dije — me respondió furiosa — . Tarde y ni siquiera terminaron su oficio. No se busque problemas señorita Cass, o tampoco comerá en la mañana. Salga de mi presencia y arregle la capilla como ya le ordené.
Adèle vio que me había tensionado, y poniéndome la mano en el hombro me dijo:
— Mejor vete Helen.
Inmersa en cólera, le obedecí a la Madre Fairfax y me dirigí a la capilla para alistarla. Durante mi recorrido, comencé a pensar sobre todo lo que me había dicho Adèle, y me inundaron una gran cantidad de preguntas: ¿Qué estaba pasando en la mente de esa mujer para fundar semejante sitio?, ¿qué tipo de mujeres pudieron haber acompañado a la fundadora en su misión de torturar a unas pobres chicas embarazadas?, ¿cómo era posible que nadie en el pueblo hubiera sospechado nunca de lo que ocurre aquí? Pero lo que más me atormentaba era lo que me estaba diciendo Adèle cuando llegó la Madre Fairfax. ¿Sería posible que después de tener a los bebés no nos dejarían salir? No. Imposible — pensé — . ¿En dónde estarían todas las mujeres que habían pasado por aquí en estos 70 años? No había espacio, aunque ya hubieran muerto varias. Además, sería absurdo que las monjas se aguantaran a los bebés de las chicas. No. No sé qué me estaba diciendo Adèle cuando Fairfax la interrumpió, pero era imposible que se refiriera a que no nos dejan salir.
Así estuve intentando convencerme de que todo iba a terminar, mientras arreglaba la capilla para el rosario. Estaba famélica. No podría creer que no nos hubieran dejado ir a comer. Cuando llegaron el resto de las chicas y las monjas para el rosario, traté buscar con la mirada a Adèle, pero no la vi por ninguna parte. En el momento en el que entró Fairfax me miró con severidad y se dirigió al púlpito. Intentando buscar a Adèle, saqué mi crucifijo de mi cuello y lo enrollé en mi hábito, para que así no se viera. Luego, fui a donde una de las hermanas y le dije que había dejado mi crucifijo a la entrada de la capilla, en donde estaban los libros de oración. Con un tono molesto me dijo que fuera rápido. Mientras atravesaba la capilla busqué a Adèle, pero no la encontré por ninguna parte.
En ese momento me preocupé: ¿sería posible que Fairfax hubiera escuchado nuestra conversación y haya castigado a Adèle por decirme esas cosas? Era bastante probable. Eso explicaría por qué nos habían dejado sin comida y la mirada severa que me había dado Fairfax al entrar a la capilla. ¿Pero ahora qué pasaría? No permitirían que caminara libre por el convento junto con las otras chicas. Tal vez me llevarían a un sitio apartado, como el mismo al que llevaron a Eliza…
Detuve mis reflexiones y me di cuenta de algo. Por haber estado pensando en Adèle se me había olvidado el motivo por el que había recurrido a ella en primer lugar: Eliza. Todavía no sabía qué había pasado con ella. Adèle solo me había contado la historia de este sitio, pero no la de Eliza.
Preocupada, pero aun más intrigada, pensé que tenía que encontrar a Adèle, primero, para saber si estaba bien y, segundo, para que me contara la historia de Eliza. No podía esperar toda una semana para que me terminara de decir qué era lo que en realidad sucedía en este lugar. Debía saberlo, y siendo consciente de que me podría acarrear muchos problemas, tenía que ir esa noche, cuando ya todas las velas estuvieran apagadas, al cuarto de Adèle.
No sería tan difícil. Solo era un cuarto de distancia, y todas las puertas estaban hacia el mismo lado. Solamente era poner mi mano en la pared, y después de encontrar el segundo picaporte, girarlo. Fui una completa tonta, porque a la mitad del rosario recordé que todas las puertas las cierran con llave. Tenía que idear un plan para conseguir la llave en el tiempo que restaba del rosario, porque cuando terminara, nos enviarían a nuestra habitación y nos encerrarían. Debía pensar en algo.
Tal vez si cuando terminara el rosario, me levantaba y me le adelantaba al resto de las chicas, podría correr al despacho que estaba al lado de la cocina, donde había una llave para abrir el comedor. No estaba muy lejos de las habitaciones, y solo era subir un piso y doblar a la izquierda para llegar al pasillo. Pero era arriesgado, y mi plan podía frustrarse muy fácilmente: confiaba en que, al igual que todas las puertas de las habitaciones se abrían con la misma llave, el resto de los salones del convento tuvieran la misma cerradura. Tenía muy pocas cosas a mi favor, pero debía intentarlo.
En el momento en el que se acabó el rosario, me paré rápidamente y esquivé a las otras chicas. Cuando salí de la capilla comencé a correr lo más veloz posible, agarrando la parte de abajo de mi hábito mientras lo hacía, para así evitar una embarazosa y distractora caída. Al llegar al despacho giré con fuerza el picaporte y entré. Colgado, al otro extremo del cuarto, estaba mi tesoro. Lo cogí, lo guardé entre mi hábito y me dirigí a las habitaciones. Cuando llegué al pasillo aledaño, escuché que la Hermana Mason estaba llamando mi nombre:
— Helen Cass, ¿dónde estás? — gritó.
— Aquí estoy hermana — le dije mientras me hacía espacio entre la línea de chicas — . Lo siento, me distraje en la capilla viendo un libro y sus hermosos íconos, y cuando levanté la cabeza, vi que ya todas se habían ido — mentí.
— Está bien, pero no lo vuelvas a hacer, recuerda que cada segundo cuenta para el Señor — me dijo.
— Por supuesto — contesté.
Al entrar a la habitación, cerré la puerta y escuché a la hermana asegurándola con llave. Ahora, era cuestión de esperar a que sonara la campana que indicaba que se debían apagar las velas.
Esa media hora se me hizo como todo un día y, finalmente, cuando la campana sonó, sentí un nudo en el estómago. No quería ir a la habitación de Adèle, pero debía hacerlo. Esperé a que pasaran unos minutos más, y sin apagar la vela, me dirigí a la puerta a probar la llave. En realidad, creía que no iba a funcionar, ¿qué sentido tenía que todas las puertas en el convento tuvieran la misma cerradura? Pero me equivoqué. Puse la llave, la giré y el picaporte cedió, y con un pequeño empujón, la puerta se abrió.
— Estúpidas monjas — pensé mientras una sonrisa se dibujaba en mi cara. Cerré la puerta para que no se viera la luz de la vela, y comencé a caminar con mis manos en la pared. Después de sentir el marco de la puerta 221, avancé un poco más rápido, y segundos más tarde, toqué el picaporte de la 222. Fue un poco más difícil de lo que esperaba abrir la puerta en la oscuridad, pero al final lo logré. Despacio y con precaución, entré en la habitación de Adèle y me di cuenta que la vela estaba prendida. Al entrar por completo, la vi recostada en la cama leyendo un libro.
— Adèle — dije con cautela.
— ¡Helen! — gritó Adèle sorprendida, e inmediatamente se puso la mano en la boca.
— Silenció — susurré mientras cerraba la puerta.
— ¿Qué demonios estás haciendo aquí? — me preguntó al mismo tiempo que se sentaba en la cama y ponía el libro en la mesita de al lado.
— Tenía que asegurarme de que estuvieras bien. Cuando no te vi en la capilla me preocupé, y pensé que Fairfax había escuchado lo que me estabas diciendo — le dije mientras me sentaba en el borde de su cama.
— Que amable eres — me dijo con una sonrisa — . No fui a la capilla porque la Madre me llevó al comedor para que pudiera cenar.
— La odio — dije con rabia.
Adèle rio y me recordó de su muy buena relación con las monjas.
— Gracias por preocuparte, pero es muy arriesgado que estés aquí. En la noche las monjas pasan esporádicamente por los pasillos para asegurar que no haya luces encendidas — me advirtió.
— Lo sé — le dije — . Pero siempre lo hacen una hora después de que suena la campana, lo he contado. Tenemos tiempo.
— ¿Tiempo para qué? No quiero ser grosera…pero ya sabes que estoy bien, puedes irte — me dijo.
— En realidad, hay otra razón por la que vine — empecé — . Necesito que termines de contarme la historia, ni siquiera sé qué sucedió con Eliza, y me estabas contando a dónde se llevan a las chicas después de dar a luz. En serio, necesito que me digas. Me dijiste que saber esto haría que nada fuera igual y, en realidad, no creo que esté tranquila hasta que me cuentes.
— No Helen, no debería decirte. Solo te herirá y hará que en realidad te vuelvas loca. No te puedo hacer eso — me dijo — . Es mejor que no lo sepas.
— Prefiero vivir atormentada que vivir en la ignorancia — le repliqué.
— ¡Ay Helen! Eso suena muy poético, pero no cambiará el hecho de que si te digo, no me lo perdonarás nunca y te hará mucho daño. Te repito, es mejor que no lo sepas.
— Adèle — le dije mientras cogía sus manos — . Tengo que saberlo. Lo único que me asusta más que saber qué pasará cuando se acabe mi embarazo, es no saber qué pasará. Si tan solo con unas horas de ignorar cómo termina la historia me preocupé enormemente, cómo crees que será si me lo mantienes en secreto el resto de meses que te quedan acá. Tú te vas antes, pero yo me quedo tres meses más después de tu partida sin saber qué me va a pasar. Es que… — Me empecé a desesperar, y ya unas lágrimas corrían por mi cara — ¡Tienes que decírmelo! Es mi vida con la que estás jugando, tú no eres nadie para decidir qué cosas debo saber y qué cosas no. Te recuerdo que las dos estamos metidas en este problema, y tú no eres más que yo. Adèle, por favor, ya he llegado a imaginarme cosas horribles, y si no sé qué me va a pasar, caeré en la locura.
— Helen — me dijo mientras acariciaba suavemente mi brazo — . La verdad es mucho peor de lo que te has imaginado.
— No me importa — le dije.
Adèle bajó su mirada, y después de un suspiro, preguntó:
— ¿Te has dado cuenta de que cuando entras por la entrada principal del convento, hay cuatro escaleras que te llevan a las alas norte, sur, este y oeste?
— Sí — le respondí, sin saber muy bien a qué se debía la pregunta.
— Bueno, como debes saber, nosotras solo tenemos ingreso al ala sur, donde están nuestras habitaciones, el comedor y la capilla, y al ala norte, donde están las habitaciones de las hermanas, las cuales tenemos que limpiar.
— Sí…pero no entiendo a dónde quieres llegar con esto — le dije confundida.
— ¿Nunca te has preguntado qué hay en el ala este y oeste? — me preguntó
— Sí…pero, ¿qué tiene que ver con esto?
— Helen, odio tener que ser yo quien te diga esto…pero…después de que des a luz, no te dejarán salir — me dijo.
En ese momento mi mente se dividió: por un lado, creía que era imposible que nos dejaran encerradas el resto de nuestras vidas, no me parecía práctico. Pero al mismo tiempo, era lo que más sentido tenía: durante toda mi vida en la villa, nunca había escuchado sobre ninguna chica que hubiera salido del convento y se hubiera reinstalado en el pueblo. Además, si nos dejaran salir, las monjas nos lo habrían dicho desde el principio.
Creo que no puedo decir exactamente qué fue lo que sentí. Era como una mezcla de confusión, ira, desasosiego y miedo. Sobre todo, miedo. — ¿Qué sería ahora de mí? — pensé.
— ¿Dónde están las mujeres que ya dieron a luz? — le pregunté a Adèle después de unos minutos.
-En el ala este — me dijo — . Después de que dan a luz, las ordenan y la mayoría se quedan como monjas de clausura.
— ¿La mayoría? — pregunté — ¿Quiénes no?
— A las que logran adoctrinar. Mira Helen…No te he contado lo peor de todo.
— ¿A qué te refieres? — le pregunté preocupada.
— Los bebés. No nos los dejan ver, a ninguna. Dan a luz y se los llevan. Ni siquiera nos dejan saber si es un niño o una niña.
— ¿A dónde se los llevan? — pregunté en shock.
— Los asesinan en el ala oeste — me respondió con lágrimas en los ojos.
En ese momento salí del shock y me invadió una tristeza enorme. — Mi bebé — pensé — . Van a asesinar a mi bebé. ¿Cómo es posible que lo hagan? No pueden. Es mío, nadie tiene el derecho de asesinarlo, es una vida ¿Quiénes se creen?
Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos y abracé a Adèle. Ella también estaba llorando. Y creo que las dos necesitábamos ese abrazo.
Cuando me logré calmar, limpié unas lágrimas de mis mejillas y le pregunté a Adèle:
— ¿Por qué? ¿Por qué hacen eso?
— La anciana, la fundadora del convento, consideraba que los bebés de las chicas ingresadas al convento eran producto del pecado más censurable y, mientras ellas pagaban su pecado encerradas el resto de su vida, los bebés debían morir porque para ella no eran nada más que un pecaminoso desperdicio de carne — me respondió.
— Pero son bebés, ¿cómo es posible que alguien piense así de un bebé? — pregunté horrorizada.
— Te lo dije: era una monja escrupulosa llena de prejuicios.
— ¿Y Eliza? — pregunté.
— Ella ha sido una de las que han adoctrinado. Mira. Algunas de las monjas que nos gritan, nos encierran y nos humillan, han pasado por lo mismo que nosotras. Después de dar a luz, las encierran el tiempo necesario para que queden sumisas e instruidas, y luego las liberan para que se encarguen de las nuevas chicas. Hay unas que toman meses en adoctrinar, otras, años. Incluso hay unas con las que nunca lo logran y se quedan encerradas el resto de su vida en la misma habitación. Me sorprendió lo rápido que lo hicieron con Eliza, solo unas cuantas semanas, creo que ha sido la que menos tiempo les ha tomado.
— Monjas descorazonadas — dije — . ¿Cómo es posible que después de que las encierren, las obliguen a hacer trabajos forzosos y les asesinen a sus bebés estén dispuestas a hacerle lo mismo a otras chicas? ¿Es que acaso no tienen alma?
— Ya te dije Helen, las adoctrinan, y la mente humana es muy débil, sobre todo después de pasar por lo que tú misma mencionaste. Están destrozadas, y las otras monjas se aprovechan de eso para manipularlas. Todo es un círculo vicioso.
— Malditas ¡Malditas todas! ¿Qué tipo de persona asesina a bebés inocentes y luego se aprovecha del dolor de sus madres para influenciarlas a que maltraten a otras personas? ¿Quién está tan enfermo?
— Ay Helen. Hay más enfermos en el mundo de lo que tú crees.
— ¿Cómo supiste todo esto? — pregunté — . Digo, es imposible que todo esto te lo haya contado una monja.
— Las paredes hablan en este lugar, solo hay que saber escuchar. Fue así como me enteré de la historia del convento y de lo escrupulosa que era la fundadora — me respondió — . Y sobre lo que en realidad hacen en este lugar lo supe por una nota que encontré aquí hace cuatro meses.
— ¿Qué nota? ¿De quién? — pregunté intrigada.
— De una chica que estuvo aquí hace unos 15 años. Se llamaba Grace. La escribió el día antes de que se la llevaran al ala este…
— …el día antes de que diera a luz — terminé la oración.
— No exactamente. A ella se la llevaron dos meses antes — me corrigió Adèle.
— No entiendo.
— Creo que es mejor que tú misma leas la nota — me dijo.
En ese momento se levantó de su cama, y después de estar parada unos segundos al frente del pequeño gabinete donde guardaba su ropa, sacó una pequeña botellita transparente que estaba tapada con un corcho. Dentro de la botella había un papel enrollado.
— Mira. Vete a tu habitación y lee la nota. Guárdala bien. Y vuelve aquí a la misma hora mañana para que me la devuelvas — me dijo — . Pasa buena noche.
Le di las buenas noches y volví a mi habitación. Me senté en la cama, abrí la botella y comencé a leer la nota:
Soy una tonta. Además de que están a punto de exiliarme del mundo que conozco, de encerrarme en una habitación el resto de mi vida y de que todas las monjas del convento están furiosas conmigo, he bloqueado la puerta con la cama para así tener tiempo de escribir esta nota. La última interacción que tendré con este mundo.
Me llamo Grace, tengo siete meses de embarazo y me convertirán en una monja de clausura por haber intentado hacer una revuelta. Dentro de dos meses asesinarán a mí bebé cuando nazca, ni siquiera me lo dejarán ver y, después, me encerrarán en un cuarto hasta que muera, o peor, harán que les sirva a las mismas mujeres que asesinaron a mi bebé. Querida lectora desconocida, si estás leyendo esto es porque a ti te pasará lo mismo: cuando des a luz asesinarán a tu hijo por orden de la fundadora del convento, y luego intentarán lavar tu cerebro para que te unas a ellas, y en el futuro, humillarás a las otras chicas de la misma manera en la que te humillaron a ti. Si no lo logran, te dejarán encerrada en un cuarto quién sabe dónde el resto de tu vida.
Como te decía, intenté hacer una revuelta. Después de enterarme de lo que me esperaba, me llené de rabia y me prometí que no harían eso conmigo. Después de meditar todas las noches por una semana, me di cuenta de que éramos más chicas que monjas y que fácilmente podríamos derribarlas. Pero solo podríamos tener un intento. Solo uno. En el transcurso de dos semanas, hice que la voz se corriera por todo el convento para que así todas las chicas supieran mi plan. No escuché ninguna objeción, lo que me hizo creer que todas estaban de acuerdo.
Llegado el día planeado para la revuelta, las cosas marchaban a la perfección: no veía a ninguna chica dudosa o con miedo, las monjas no sospechaban nada y todo estaba pasando como lo habíamos planeado, y confiábamos en que todo iba a seguir su orden normal. Pero confiamos mal. Ya en la noche, mientras entrábamos al comedor para cenar, todas estábamos a la expectativa, porque unas cuantas horas después, seríamos libres.
El plan era bastante sencillo: después de rezar el rosario, todas las chicas se irían a su habitación, menos yo, porque tenía la tarea de limpiar los platos de la cena. Sería a las 10, cuando alguna de las monjas que está encargada de revisar que las velas de las habitaciones estén apagadas, me llevaría a mi habitación para que durmiera. Pero no lo haría. Mientras las chicas estaban es sus habitaciones, las monjas se reunían en el oratorio a hacer más plegarias, y sería ese el momento en el que todas las chicas iríamos a donde ellas, las encerraríamos en el oratorio, y les exigiríamos que nos dieran nuestra libertad. Tal vez te estés preguntado cómo harían el resto de las chicas para llegar al oratorio si estaban encerradas, pero era bastante sencillo: unas semanas antes descubrí que todas las cerraduras en el ala sur eran iguales, lo que significaba que la llave para abrir el comedor, que estaba en la despensa, también servía para nuestras habitaciones, y para la capilla, lo que nos permitía encerrar a las monjas. Les dije a las chicas que el mejor momento para salir de las habitaciones era cuando aullaran los lobos tres veces seguidas. Teníamos la ventaja de que los lobos lo hacían todas las noches y sus aullidos se escuchaban en todo el convento, lo cual significaba que tanto ellas como yo los escucharíamos.
Después de rezar el rosario, me dirigí confiada al cuarto detrás de la cocina. Pasó un tiempo, no poco, pero tampoco mucho, para escuchar el primer aullido de un lobo, pero solo fue uno. Minutos después vino otro aullido, pero este estuvo acompañado de otras dos repeticiones, lo que significaba que era momento de actuar. Esperé unos minutos más mientras todas las chicas salían de sus cuartos, ya que solo había una llave para las 122 chicas. Cuando me di cuenta de que era tiempo de salir, me armé de valor y comencé mi recorrido hacia la capilla. Estaba muy nerviosa, tengo que admitirlo, pero estaba convencida de que tendríamos éxito.
Llegué a la puerta de la capilla, y suponiendo que ya el resto de las chicas estaban adentro, la abrí con fuerza y entré. Lo primero que vi fue el crucifijo, donde siempre había estado. Luego bajé mi mirada un poco y me di cuenta que era la única reclusa que estaba allí. En ese momento las monjas se dieron la vuelta y comenzaron a mirarme. Unas con lástima, otras con malicia. Fue ahí cuando me preocupé. No veía a las chicas por ningún lado. Las monjas comenzaron a pararse, y cuando menos me di cuenta, me rodearon. Estaba atrapada…Bueno, más atrapada. Se abrió campo la Madre Fairfax, la directora del convento (no sé si siga viva en el momento en el que estés leyendo esto. Espero que no), y soltó una carcajada. Me dijo que era una tonta por haber intentado buscar mi libertad. Hacía días se habían enterado de nuestro plan. Me dijo que tenía una falla, y era suponer que estábamos solas en el convento. Me dijo que había más monjas, exiliadas, en el ala este, y que con el sonar reiterado de la campana se darían cuenta que estaban en problemas, y vendrían de inmediato al rescate.
Me sentí como una tonta, una completa tonta ¿Cómo se me había ocurrido que unas chicas podrían enfrentarse a unas monjas que llevaban años en este convento y conocían todos sus secretos? Por supuesto que tendrían la manera de salir de algún apuro. Aun así, eso no explicaba cómo se habían enterado del plan, y por qué no estaban las otras chicas en la capilla, recibiendo la misma humillación que yo. Nunca sabré la respuesta de la primera, y la Madre Fairfax se me adelantó con la respuesta de la segunda. Nunca se me va a olvidar la manera en la que se acercó a mí, puso sus manos en mis brazos y me dijo, exactamente: “querida, los lobos nunca aullaron. Esta noche, ningún lobo aulló, ni una vez”.
En ese momento me pareció imposible. Claro que sí habían aullado los lobos. Estaba anonadada, y tal vez por eso fue más fácil para las monjas llevarme a mi habitación y ordenarme que empacara mis pocas pertenencias, porque me llevarían al ala este a encerrarme el resto de mi vida en soledad por haber intentado hacer una revuelta que impediría una misión divina.
La razón máxima de esta nota no es contar mi revolución fallida, sino intentar enmendar el peor error que cometí al convocar esta sublevación: nunca le conté a las otras chicas lo que hacían aquí. Todas estaban motivadas por el solo hecho de estar encerradas nueve meses aquí. No me sorprendería que alguna hubiera descubierto que no nos iban a dejar salir después de dar a luz, pero estoy casi segura de que ninguna otra reclusa sabía que iban a asesinar a su bebé en el mismo momento en el que él viera el mundo por primera vez.
Querida lectora, si encuentras esto, corre la voz, que todas sepan la maldad de estas malditas monjas. No cometas mi mismo error. No dejes que el miedo te invada. Y sigue mi legado, intenta una nueva revuelta, porque solo así seremos libres.
-Grace.
Al terminar de leer la carta comencé a llorar otra vez. Lloré porque ya era más cierto que a mi bebé lo asesinarían. Lloré por todas las chicas que habían estado antes que yo, y por las que estarían después. Lloré porque descubrí la valentía de Adèle por haberme contado la verdad. Pero por lo que más lloré fue porque me di cuenta que nunca tendría esa valentía, y el miedo me carcomería por completo antes de contarle a otra reclusa, ni hablar de convocar una revolución. Entendí la razón por la cual Adèle había estado tan reservada de sacarme de la ignorancia, y prometí que el resto de mi vida le estaría agradecida y la admiraría por siempre.
Los otros cinco meses en el ala sur pasaron iguales: siempre estaba sombría, nunca hablaba con nadie, solo a veces intercambiaba alguna palabra con Adèle (hasta que se la llevaron), y los síntomas del embarazo se hicieron mucho peores. Nunca le dije a nadie, no fui capaz. La nota se la devolví a Adèle al otro día, y la llave la descubrieron unas semanas después. Me castigaron en extremo, pero no me importó. Ya había dejado de sentir para ese entonces. Lo único que me hizo querer seguir con vida fue la promesa que me hice: nunca les daría la satisfacción a las monjas de rendirme y nunca dejaría que me adoctrinaran para convertirme en una de ellas. Prefería quedarme encerrada el resto de mi vida en una habitación.
Y así fue, tres años y unos meses después de haber dado a luz, sigo en la misma habitación en la que me ingresaron después de haber tenido a Jane. Solo salgo dos veces a la semana para ir a Misa y lavarme. La comida me la traen al cuarto, bueno, cuando tienen ganas de dejarme comer.
Ya me estoy preparando para dormir, se ha acabado el día. Siempre antes de acostarme pienso en Jane. Tuve la suerte de escuchar a una de las monjas decirle a otra que había tenido a una hermosa niña. Nunca la logré ver.
Y mientras pongo la delgada sábana que me cubre del frío, me doy cuenta de que los lobos no aullaron esta noche, como no lo hicieron esa noche hace ya tantos años.
