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Hay días buenos y días malos. Días donde la desesperación se me va de las manos y corre cual torrente que logra escapar de la represa habilitante de su límite. Se desdibuja ese límite y aparece la catástrofe encargándose de derribar los cimientos de una ciudad que posteriormente quedará bajo el agua, como una muestra del avasallamiento producto de tus formas. Y no lo notas, pareces inerte al caos que se desata cuando la corriente toca los cimientos de esos lugares que se encontraban construidos hace años y de repente ceden ante una fuerza descomunal que no perdona, sino que…

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La línea naranja en ese horizonte irregular,
la cuadrícula marca el ritmo que aborrezco,
un paso que ya permite llevarse naturalmente
nos respeta sin mencionar al aire que se posa
en medio de los pechos salpicados.
¿Qué pasa si anhelo la desaparición de ese aire?
Y así el clorado nos quema las fosas nasales
y así el destello de las gotas microscópicas
que forman un halo, un caleidoscopio de experiencias

Si pienso en estaciones, pienso en reducciones:
reducción de la percepción del tiempo,
reducción de mi paciencia,
reducción de mi vergüenza.
Todo llega con el olor cálido

Una plancha que…

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No conoce nada. No conoce nada y le aterra todo, pero aún así decide ponerse la correa por encima de la cabeza, sobre el cuello. Se calza esas zapatillas que sabe debería haber tirado hace tiempo, las mismas que la vecina dijo podía donar a Cáritas, con ese tono donde parecía indicar que aquello era una especie de tarea similar a la experiencia de Heinrich Harrer en “7 años en el Tíbet” sumada a la impronta de una organización al estilo Médicos Sin Fronteras. …

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Me despierta el tacto, el toque de una mano sobre la mejilla. Cuando abro los ojos, un poco alarmado y otro tanto aliviado, no puedo ver a nadie que haya disparado esa experiencia sensorial. Entre la niebla encuentro una especie de figmento dorado, un remanente de no sé qué. Se mueve de forma ondulatoria, sale de la lámpara rota que se encuentra en la mesita de luz y se dirige a la apertura milimétrica de la puerta de roble blanco, donde finalmente escapa. Las piernas me pesan como si de repente en mis muslos habitasen lingotes de oro en lugar…

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La lámpara logra alumbrar algunas hojas amarillentas sobre el escritorio de madera, y la sombra se vuelve cada vez más y más pequeña, hasta que el tapizado rasgado de la silla cruje cuando ella suelta su peso. Las hojas son sobras de ese cuadernillo viejo que siempre usa para terminar de pasar la lista del supermercado que estaba balanceando hace unos días, ya con cierta práctica dada la situación que se gestaba a lo largo y ancho del lugar.

El reloj despertador marca las 2:04 en números verdes. La noche siempre le permite terminar todo lo que no puede hacer…

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Notas digitales, enviadas a través de un tablero digital, con una respuesta que viaja y se traduce a través del aire. Al principio marcaba su número con una frecuencia preocupante, casi como si su vida dependiese de ello. En el cristal podía verse un trazo aceitoso, un camino sinuoso que iba de número a número, y sabía que eventualmente iba a crear un surco sobre ese sendero de dimensiones micro que su mano recorría una y otra vez. …

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Caminábamos por la vereda angosta, mientras los adoquines bailaban bajo nuestros pies al ritmo del zapateo asincrónico. La librería no quedaba cerca, tampoco lejos, sino que era de esas distancias incógnitas que uno a veces pondera si realmente vale la pena hacerlas caminando. Si lo hiciera solo, seguramente estuviese acompañado de mis auriculares y, en ese entonces, un cover de “In the Aeroplane Over the Sea” de mi artista extranjero favorito, pero si la elección se ejecutara hoy y ahora seguramente sería algo misantrópico y pesimista.

La vista periférica me permitía ver todo aquello que temo, y a su vez…

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Recién terminábamos de comer. Como siempre, el sol de las 2 entraba por la ventana del patio con ese ángulo extraño que permitía bañar una porción de la cocina lo suficientemente grande para llenarla con aire de siesta, pero no tanto como para calentarla. Todavía se podía sentir el olor de la cebolla fresca que cortamos una hora antes. “¿Querés una mandarina?”, le dije a M mientras abría la canilla para limpiar 3 mandarinas que estaban en la canasta. …

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Me pidió un favor. Respondo y luego guardo el siguiente mensaje en borradores, como si fuese una especie de arma a utilizar más adelante, en un atraco premeditado del cual voy a robar efectivo, sólo que en lugar de efectivo voy a sacar una moneda traducida en demostraciones afectivas. La verdad es que al mensaje lo escribo directamente en la conversación pero sin presionar sobre el botón para enviarlo, porque el pedido vino hoy y ahora, pero quién sabe si después voy a necesitar un chivo expiatorio con el cual sacar una respuesta a tirabuzón. Misión imposible seguir un hilo…

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Abro la aplicación de notas. Últimamente estuve escribiendo todo ahí, puedo hacerlo desde el teléfono si estoy arriba del auto mientras alguien maneja o desde el colectivo viajando esos 40 kilómetros que en cierta forma marcan mi vida como ajeno a la capital. El auto casi nunca me sirve, pero el colectivo a veces funciona. Por ejemplo: encontré, entre las notas etiquetadas, un poema horrible que escribí mientras volvía de una experiencia religiosa tocada por un atardecer naranja digno de un film de Sean Baker. El poema no sirvió en sí mismo, pero logró inmortalizar la experiencia.

Ya no escribo…

Nicolás J. Engler

Digital product designer that also happens to do a bunch of other stuff on the side. Jack of all trades.

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