Una silla vacía (cuento)

Hoy es domingo. Domingo 29. Y como todos los 29, es tradición que en casa se sirvan ñoquis. La mesa ya está puesta y el agua hirviendo. El tuco, que lleva más de dos horas de cocción, emana un dulce vapor que se encarga de perfumar cada ambiente de la casa. Huele demasiado rico. Se puede sentir el ajo, el orégano, los tomates triturados y hasta la pizca de pimienta negra recién molida; pero de todos los ingredientes, hay uno que se destaca del resto, y le da ese toque tan irresistible al aroma: una hojita de laurel. Porque claro, ¿qué sería de un buen tuco sin su hoja de laurel? Una simple salsa de tomate. Nada más que eso.

Mamá echa los ñoquis al agua y le agrega un chorrito de aceite de oliva para que no se peguen. Papá, el hombre de la casa, espera erguido en la mesa, con su tradicional copa de vino en la mano. Al lado de él, lo tenemos a Jerónimo, el hijo, su mayor orgullo en la vida. Papá le ordena a su criado que se encargue de llenar la panera y este, como buen hijo que es, obedece sin decir una palabra. Luego mamá sale de la cocina y sorprende a sus dos amores con una bandeja repleta de ñoquis bailando en su salsa. Le sirve una buena porción a cada uno y pasa a desatarse una hermosa lluvia de queso rallado. Por Dios, ¡pero qué pinta que tienen esos ñoquis! ¡Y qué lindo es ver a la familia tan unida! Ya está todo listo para que comience el banquete dominguero. Todo. Todo a excepción de algo. Una realidad que atormenta a la familia y, a la vez, resulta imposible de ignorar: en la mesa hay una silla vacía. Resulta que ese lugar no debería sin ocupar, sino que ahí debería estar sentado Sebastián, el hijo menor. Pero Sebastián no está en casa, ni tampoco jugando en lo de un amiguito. Sebastián está muerto. Justo ayer se cumplieron seis años de su dolorosa partida. Fue a causa de una enfermedad que arrasó con su vida como el invierno lo hace con las flores. Cada familia tiene su propia maldición, y a ésta desafortunadamente le tocó una de las peores: la de perder a un hijo.

Papá apaga la tele que molesta de fondo y da la señal para que todos empiecen a comer. Es un almuerzo callado, sin un tema de conversación que adorne la mesa. Aunque detrás de esa insípida cortina de silencio, la familia esconde un terrible deseo de mirarse a los ojos y decirse algo. Lo que sea. Un halago, un chiste o un simple “te quiero”. Pero las palabras no llegan a salir. Lo único que se escucha en el ambiente es el sonido de los tenedores que golpean los platos, y el molesto correr de las agujas del reloj, al cual nunca parece agotársele la pila.

Finalmente, Jerónimo se anima a hacer una pausa y felicita a su madre por tan rica comida. Ella se queda embobada, mirándolo como si esas palabras fueran el poema que siempre soñó que alguien le escribiera. Papá, por el contrario, se muestra hermético, absorto a cualquier indicio de cariño. ¿Para qué lo necesitaría él? ¿No fue acaso su fortaleza y no el cariño lo que lo mantuvo de pie todos estos años? Nada, pero absolutamente nada, puede quebrar su espíritu. Ni siquiera aquella foto de Sebastián que los observa sin vida desde la repisa. El silencio pronto vuelve a reinar en el comedor, y la familia sigue adelante con su almuerzo. Porque, como dicen algunas personas, siempre hay que seguir adelante. Pase lo que pase.

Jerónimo es el primero en terminar de comer. Luego le sigue mamá, que sólo se había servido una cuarta parte de lo que puso en el plato de sus dos amores. Y por último papá, que después de limpiar los restos del tuco con un pancito, se lleva una sorpresa al darse cuenta que la hojita de laurel, curiosamente, quedó en su plato. La agarra e intenta un significado. Una razón. Un porqué. Pero no logra hallarlo, y eso lo frustra terriblemente. Sus ojos no tardan en volverse húmedos, haciendo que la virilidad de ese bigote frondoso se vea humillada por unas lágrimas que comienzan a caer suavemente por sus mejillas. Jerónimo le pregunta si se encuentra bien, si hay algo que pueda hacer por él, pero papá es demasiado vanidoso como para responder. Se queda mudo, ahogándose lentamente en su propia frustración. Mamá no soporta ver a su esposo así y huye a la cocina conteniendo el llanto, como si la desgracia no fuera capaz de seguirla un par de metros. Y así es como la familia finaliza su almuerzo, sabiendo que hay una silla que va a permanecer vacía y que hoy, desafortunadamente, tampoco se va a servir postre para alegrar el domingo.