Política y Redes Sociales

Sobreviviendo en la era de Pepe the Trump

El libro del colombiano Andrés Sepúlveda *Confessions of a Political Hacker* puso de manifiesto la creciente influencia de las tecnologías de información en la manipulación de los procesos electorales. Sepúlveda, hoy en una cárcel colombiana condenado por espionaje, explicó en una entrevista a Bloomberg cómo lideró a un grupo de hackers con un presupuesto de 600,000 euros para intervenir en las elecciones mexicanas de 2012 a favor de Enrique Peña Nieto. No era la primera vez. Durante ocho años, Sepulveda había utilizado sus habilidades como hacker para impulsar a candidatos derechistas en Latinoamérica, asociado con el consultor político venezolano Juan José Rendón. Según el hacker colombiano, “una vez que me di cuenta de que la gente cree lo que escucha en Internet más que en la realidad, descubrí que tenía el poder para hacerles creer casi cualquier cosa.”

Al repasar los métodos usados por Sepúlveda (el manejo de las redes sociales para crear corrientes de opinión, el acceso clandestino a las campañas rivales, la filtración oportunista de documentos comprometedores), uno puede tal vez entender de manera más cabal el extraño desarrollo del año político 2016. Desde Brexit hasta Trump, 2016 ha sido una año de sorpresas y conmociones, en el que ciertas ideas preconcebidas acerca del funcionamiento político de las democracias avanzadas se han desmoronado, dejando un atmosfera de irrealidad e incertidumbre que numerosos comentaristas han descrito como la era de la “post-verdad.”

Si bien la propaganda y la manipulación de los hechos siempre han sido parte de los procesos electorales, el auge de las redes sociales les dan un carácter nuevo e impredecible. El dominio de las tecnologías de la información (y por tanto de la desinformación) otorga a un grupo relativamente reducido de expertos una influencia desproporcionada en la formación de actitudes y opiniones. La nueva “robopolítica”, por usar el término acuñado por Demian Tambini, utiliza gigantescas bases de datos y programas de inteligencia artifical para transmitir de forma masiva mensajes de campaña que se dispersan por las redes sociales como una epidemia. La veracidad de estos mensajes es irrelevante. Solo importa su impacto emocional en el perfil demográfico elegido como blanco.

Esto es un signo más de que las aspiraciones originales de la “autopista digital” como un espacio libre e incontrolable de interacción no se han cumplido. Más bien al contrario. Tras un breve periodo de euforia durante la Primavera Árabe de 2010, pronto se comprobó que el uso de plataformas digitales facilitaba más que estorbaba la infiltración y represión de movimientos políticos por parte de regímenes autoritarios. Las redes sociales otorgan a los estados una capacidad inédita para vigilar y controlar a sus ciudadanos, así como para intervenir subrepticiamente en la política de otros países.

Sin embargo, el auge de las redes sociales tiene consecuencias para la democracia que van más allá de su manipulación por parte de gobiernos y partidos. Facebook y Twitter se han convertido en el principal foro público en el que se dirimen las controversias políticas, suplantando a los medios de comunicación tradicionales y de camino eliminando los filtros de veracidad proporcionados por las prácticas periodísticas. Aún más, los algoritmos en que se basan las redes sociales tienden a crear una “cámara de ecos” en la que se nos presentan exclusivamente noticias y comentarios que concuerdan con nuestro perfil político y social, produciendo un “efecto burbuja” que relativiza la verdad, difumina la distinción entre hechos y su interpretación, y pone a prueba la posibilidad de encontrar consenso básico sobre la realidad sin el cual el debate democrático se vuelve cada vez más improductivo.

La proliferación de teorías conspiratorias en las redes es quizás la mejor muestra de esta dinámica. El elemento común en todas las teorías de la conspiración es la certeza de que la interpretación oficial de ciertos fenómenos (ya sea el asesinato de JFK o el atentado contra las Torres Gemelas) es una calculada mentira que oculta una vasto complot para controlar el mundo. La identidad de las “élites” que manejan los eventos nunca se acaba de aclarar y varía según el corte ideológico de la teoría. Pero la suspicacia y extremo escepticismo contra los “expertos” y los medios de comunicación siempre están presentes, combinado con una asombrosa credulidad y falta de sentido crítico con respecto a las motivaciones e intereses de aquellos que promueven la teoría.

Por ejemplo, la idea de que el cambio climático es una mentira diseñada por China con el objetivo de dañar a la industria estadounidense tuvo un pequeño pero revelador rol en las elecciones americanas. El libro Merchants of Doubt, escrito por Naomi Oreskes and Erik M. Conway, muestra claramente cómo la industria petrolífera, igual que antes las tabacaleras, llevó a cabo una sostenida campaña de desinformación para erosionar la confianza del público estadounidense en el consenso científico, dando rienda suelta a las ideas conspiratorias que hoy circulan sobre el asunto.

¿Qué podemos hacer acerca de este desgaste de la verdad objetiva y de sus consecuencias políticas? Keep Calm and Think Critically. Calma y pensamiento crítico, sin exagerar la magnitud del problema. Aunque la creciente separación en burbujas ideológicas parece no tener precedentes, no es un nuevo desafío sino más un viejo dilema con nuevas características. De momento, convendría usar el impacto de la elección de Donald Trump como acicate para establecer puntos de contacto y contruir un consenso compartido con respecto a ciertos hechos y principios fundamentales, más allá de divisiones entre izquierda y derecha, que permitan resistir el oscurantismo conspiratorio y la propaganda viral.