¿¡Esto es Racing!?
Me crié escuchando que mi abuelo pudo ser rico pero lo cagaron. Que si no hubiera sido por eso, tendríamos la casa más grossa del barrio: una manzana entera y casco de estancia, una locura. Cuando salíamos del colegio y pasábamos por ahí, se la señalaba a mis compañeros y les repetía el versito: “mi abuelo señó esta casa. Valía 15 pesos de la época. Pero antes de comprarla su primo lo estafó y se quedó sin la fábrica”. Viví durante muchos años con la fantasía de lo que pudo haber sido. Hoy, a mis 35, lo único que heredé de mi abuelo fue un avioncito de madera que guardo celosamente. Y de mi viejo la calvicie y las bolsas en los ojos. Jamás fui ni seré el rico que supe ser en ese pasado que no existió.
“Esto es Racing” escucho cada vez que voy a la cancha. A veces en sentido irónico o pesimista, pero en la mayoría de las ocasiones en forma afirmativa, positiva. “No podemos conformarnos con 30 puntos, somos grandes, tenemos que aspirar a más”, es la profundización de ese razonamiento.
“Esto es Racing”… ¿Qué es Racing? No me siento en condiciones de sentenciar, claro está. Dejemos de lado cuestiones espirituales, esotéricas, discusiones sobre si debemos atribuirle los resultados a la suerte, si el derrotismo o el optimismo infundado de la tribuna influyen en las definiciones de Hauche, etc. Vayamos a los datos duros, a escarbar hasta encontrar lo más real posible dentro de la subjetividad a la que nos expone la pasión. Racing no es ESE Racing desde hace 50 años. Ni más ni menos que una mitad de nuestra historia. Casualmente, la más reciente.
Los 70 del declive y el desguace, los 80 del descenso y el destefanato, los 90 de la quiebra, el 2000 del gerenciamiento… Racing estuvo KO dos veces y se paró. Pero de ninguna resurgió. Simplemente siguió existiendo. Quizás ahí radique un poco la explicación de este presente continuo. Dos veces vimos la muerte y dos veces revivimos. Y en ambas seguimos siendo los mismos
Después del retorno a Primera soplaron algunas brisas, pero fundamentalmente tuvieron que ver con el juego: con el Coco y con Rubén Paz. Debajo de la alfombra seguía la mugre y la Supercopa sólo trajo eso: una copa.
Y la quiebra, esa que unió a las masas y nos enfrentó a la insólita posibilidad de perdernos para siempre, se levantó con resistencia y con política. Pero una vez que la pelota rodó nuevamente, sólo volvió a importar si entraba o no. Daba lo mismo que fuera gracias a un (falso) mecenas o a la resignificación del club. De hecho el título de 2001, que podría haber coronado esa lucha, dejó el “vamos por más” enterrado en los egos y anestesiando a la tribuna por un largo tiempo.
“Somos grandes” Jamás osaría discutir esa afirmación. Qué es ser grande encierra una discusión imposible de abordar ahora. Pero si nos referimos a la grandeza del 67, o del amateurismo, o del tricampeón, considero que ese esplendor ya no tiene herederos, se cortó la cadena que hace posible la sucesión. ¿De qué grandeza habla un tipo de 30 que vio lo que vimos todos? Son 50 años, hermano.
Racing vive errante en ese deseo de recuperar o restaurar la grandeza. Ahí está el engaño: Racing tiene que buscar la grandeza, construirla de nuevo. No queda otra. La mayoría de nosotros nunca tuvo la casa más grossa del barrio.