Dos Patas

Acá estoy. Sentado en dos patas frente al umbral de la casa que en algún momento fue mía. O algo así.

Avenida Córdoba parece volverse más larga sobre la madrugada en estas secuencias constantes de vagar mirando las puertas a ver si alguna se abrirá para mí. Fantaseando cómo será el adentro. Dónde estarán los muebles. Cómo son las ventanas, los grifos, las puertas, el olor, el frío de la noche y el sol de la mañana.

Y acá me siento en el piso de esta calle con los ojos perdidos a la nada de los días que pasan.

Ya no me quedan dientes para morder pero me dejaron la voz para ladrar. Para hacer pagar tanta canallada junta de traiciones y desamor. Me sobaron el lomo, me dieron de comer, me acobijaron en una cama caliente con pensión completa.

Hasta que me depositaron los huesos con mis mochilas del pasado en la calle. Vagueando con fantasmas y con sueños inconclusos. Me mostraron el dulce y me hundieron el puñal en el lomo. Ahora vivo cansado de no tener donde volver.

De las puertas cerradas. De los timbres que no contestan. De la indiferencia taciturna.

Arrastrado del collar por la traición del impensado a la calle y con el rabo entre las piernas. Sin disculpas. Sin lamentos. Habrá que sacudirse la tierra para seguir una vez más.

Acá estoy sentado en dos patas esperando que la puerta se abra, me diga bienvenido a algún lugar en el medio de esta noche que parece nunca aclarar.

El encierro. La oscuridad. La calle que es mía compartida con todos que no vuelve a ser de nadie nunca más.

Ahí está el traidor, rodeado de mieles, llorando lamentos y sollozando la suerte que eligió. Tanta lágrima le será necesaria para que Dios lo perdone alguna vez.

Acá estoy, tirado a la suerte de Avenida Córdoba encontrando un lugar tibio dónde dormir para no morir de invierno en el umbral de ninguna casa o bajo las ruedas de un auto que vuela sobre el pavimento.

Mirá si voy a volver de dónde me echaron.

Mirá si voy a volver a confiar en el que me pateó olvidando mi compañía de amor.

Allá su suerte y aquí la mía. Sentado en dos patas en la puerta del umbral que nunca fue mío. O algo así.

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