Gritos de madrugada

La rueda del Renault 12 vuela sobre la Avenida San Martín levantando la cáscara del asfalto. El coche nuevo apura la marcha, por la ventana asoma un pañuelo blanco como si en su interior hubiera una mujer embarazada. Ni mujer ni embarazo, pero sí llevan la urgencia. ¿Así vamos bien? pregunta el chofer mientras Martín agita su mano por la ventanilla del auto que ahora dobla por Nazca.

Florencia escucha el timbre y se alarma. Mira para la puerta, no hay gritos ni golpes. De vuelta el timbre. Ya casi. El tercer timbrazo devuelve la respiración al cuerpo. Corre por el pasillo del PH de la Avenida Alberdi al 2700 hasta llegar a la puerta de calle sabiendo que Martín la espera del otro lado.

- ¿Por qué tardaste tanto?

- Imposible llegar antes

Ropa en la cartera de ella. Más ropa en la valija de él. Se miran y se ríen. Piensan que va a estar todo bien, que cuando pasen a Uruguay ya no habrá remises que vuelen por las avenidas para escapar de lo que sea que está por venir. Besame boludo. Martín piensa que no hay tiempo, que más adelante, que le faltan darse un montón de besos. Le muerde la boca dejándole los labios colgando en el aire mientras le suelta el cuello deslizando los dedos hacia él. Dale, vamos.

Entra el sol por la puerta del cuarto que da al patio de este departamento encerrado entre edificios, la pava chilla desde la cocina y Florencia desnuda putea al aire por el ruido que la despertó. Martín, también desnudo, se pierde en la mezcla de sus pensamientos con el vapor que avisa que el agua para el mate se pasó. Chista molesto. Vierte agua fría mientras escucha los pasos de ella yendo de la cama al baño.

Piensa sino será demasiado, que hizo todo lo que estuvo a su alcance, que no le quedó otra, que otros hubieran abandonado muchos meses antes. Te dije que te vas a quemar algún día. Meses después de ese domingo por la tarde, Martín se va a quemar con el agua tal como Florencia le avisó. Ahora se da vuelta y se ríe mientras le dice que se quede tranquila, que mientras no se queme ellayasabeque todo iba a estar bien.

¿No podés quedarte en la cama un domingo aunque sea? No hinches Flor. No hincho, quiero despertarme un domingo y que estés abrazándome. Te voy a abrazar toda la vida, no sólo los domingos.

Se besan. Esta vez los labios no quedan colgando, esta vuelta no tienen miedo de lo que pueda pasar. En esta cocina, dónde ahora hacen el amor, ellos son inmortales e invencibles. Son tiempo que no pasó, y venidera eternidad.

Florencia mira los tacos de la noche anterior que quedaron tirados debajo del sillón porque ahí los quiso dejar apenas llegaron. Piensa que está bueno que Martín sea un poco más alto que ella así todavía puede seguir usando esos zapatos. Se levanta el pelo por sobre la nuca porque es enero y se muere de calor por más desnuda que pueda estar.

A esta hora de la historia ya no es domingo ni está amaneciendo. Todo lo contrario. Sigue la noche que se pone más oscura cómo si las agujas del reloj fueran retrocediendo en lugar de avanzar. La ilusión se rompe cuando revientan sobre la puerta los golpes de un puño violentado por el miedo y el apuro. Que no sea tarde se dicen con las miradas mientras el piso del comedor tiembla debajo de sus pies.

- Hay que irse dice Anconetani cuando se abre la puerta.

- ¿Adónde?

- No importa, pero hay que rajar antes de que lleguen

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