Por qué las mujeres compiten entre sí

Traducción de “Why women compete with each other” de Emily V. Gordon.

Tuve un grupo de amigas inseparables en la escuela primaria. Nos llamábamos las “Seis sensacionales”. Éramos el grupo femenino dominante en nuestro pequeño universo, nos sentíamos únicas e importantes, una unidad vestida con jerséis a juego. Pasó el tiempo y todos mis compañeros y yo observamos cómo nos alcanzó la pubertad para convertir esas masas sin forma que éramos de niños en hombres y mujeres, en seres con tenencias o carencias.

Yo pegué el estirón pronto y sacaba una cabeza entera a todos los chicos de mi clase, haciendo parecer a las demás chicas enanas. Esto me convirtió en un ser con carencia, y mi objetivo vital fue encogerme y ser como mis amigas, diminuta y adorable. Un día en el autobús charlando con una compañera de las “Seis”, vi cómo ella examinaba nuestras piernas, apoyadas en el asiento de delante. “Mira”, dijo inocentemente, “tus piernas son, como, el doble que las mías”. Y tenía razón.

Las mujeres compiten, comparan, se menosprecian y debilitan unas a otras. Al menos esa es la noción prevaleciente de cómo interactuamos. Se considera excepcional, o al menos notorio, que mujeres famosas como Amy Schumer, Beyoncé o Taylor Swift reconozcan el talento de otras y frecuentemente trabajen con ellas sin algo de rencor en la mayoría de los casos. Esto las convierte en héroes feministas. Sentirse en guardia cuando hay otras féminas cerca es normal para muchas mujeres y es agotador. Yo me agoté durante años intentando entender cómo las otras chicas habían pasado de ser mis mejores aliadas a mis enemigas más escalofriantes. Escribo en una sección de consejos y recibo muchas dudas de mujeres preguntando cómo lidiar con la desconfianza hacia otras mujeres, así que sé que no estoy sola.

Se ha investigado mucho sobre la competitividad femenina, tanto de un modo condescendiente como de manera reveladora. Un estudio llevado a cabo por Tracy Vaillancourt en el 2013 revelaba que las mujeres, en general, expresan agresión indirecta hacia otras mujeres y esa agresión es una combinación de “autopromoción”, haciéndose ver más atractivas, y de “descrédito de rivales”, siendo maliciosas con otras mujeres.

Hay dos teorías principales de por qué las mujeres son competitivas de manera indirectamente agresiva. La psicología evolutiva, que utiliza la selección natural para explicar nuestros comportamientos modernos, dice que las mujeres necesitan protegerse a sí mismas (léase: sus úteros) del daño físico, así que la agresión indirecta nos mantiene a salvo mientras reducimos la población de mujeres. La psicología feminista atribuye esta agresión indirecta a la internalización del patriarcado. Como escribe Noam Shpancer en Psychology Today: “Dado que las mujeres llegan a considerarse apreciadas por los hombres, su última fuente de fortaleza , valor, logro e identidad , se ven forzadas a luchar contra otras mujeres por el premio.” En resumen: cuando nuestro valor está unido a las personas que pueden fecundarnos, nos volvemos unas contra otras.

Vi cómo sucedía esto entre nuestras “Seis sensacionales” -observé cómo nuestros juegos pasaron de cantar todas juntas haciendo el bobo a probarnos ropa, a resaltar los defectos de las demás, a acicalarnos delante del espejo y la parada final: a hacer reír a los chicos. Seguíamos siendo amigas, pero de repente éramos conscientes de una nueva dimensión. Fui a un colegio de secundaria diferente al de mis amigas y esa nueva dimensión persistió, sólo que ahora la estaba asimilando con ojos nuevos. Y por mi estatura y mi estátus de chica nueva, me mantuve fuera del grupo.

Aquí es donde seguí el ejemplo de la naturaleza y decidí que mi agresión indirecta, más que de autopromoción o el menosprecio de mis rivales, tomaría la forma de lo que se denomina “coloración de advertencia”. Me salí de la batalla. Si yo era poco atractiva, entonces lo anunciaría -como esas mariposas que tienen manchas para advertir- que yo no debía ser considerada una digna rival. Sería fea a mi manera. Llevaba ropa ingeniosamente desgarrada, enormes botas de combate y pantalones de señor mayor.

En el instituto decidí que todas mis amigas chicas eran estúpidas y las cambié por amigos. Me encantaban las películas de terror y el heavy metal y usaba estos gustos para convertirme en una “chica-chico”, una más de los chicos. Pensé que separarme de las demás me salvaría de la conciencia de que nunca iba a ser lo suficientemente guapa/perfecta/guay y que ocasionalmente podría enrollarme con algún colega porque teníamos las hormonas descontroladas.

Cuando otra “chica-chico” se unía a nuestro grupo, congeniábamos rápidamente quejándonos de lo estúpidas que eran las chicas, y cuando conocíamos a chicos nuevos, nos apuñalábamos por la espalda para poder flirtear con ellos. Me sentía fatal cuando ella me lo hacía a mí y sentía una enfermiza borrachera de poder cuando se lo hacía yo a ella.

En lugar de odiar a las mujeres abiertamente, usaba a la hermana pequeña y taimada del odio y me decía a mí misma que sentía lástima por aquellas mujeres que se esforzaban para ser convencionalmente atractivas, aquellas que tenían trabajos que sacaban partido de sus artimañas femeninas, aquellas que eran “demasiado chicas”. “Pobrecilla” cacareaba en las fiestas “reclamando atención desesperadamente. Me pregunto quién le ha hecho daño. Vamos a hablar del grupo de art rock que vi la semana pasada”. Auto-promoción: sí. Menosprecio de la rival: sí.

En mi década de los veinte, había dos chicas en mi grupo de amigos en Nueva York -criaturas preciosas y desenvueltas- que llamaban la atención allá donde iban. Odiaba verlas, incluso sin poder dejar de mirarlas. Pensaba que eran mágicas, pero con una magia negra que podría robarme a mi marido. En una ocasión me quedé en el baño de un bar a solas con ellas y, sintiéndome acorralada por su espectacular perfección, murmuré algo. Una respondió elogiando mi abrigo, la otra empezó a hablar sobre el chico con el que estaba en el bar, que estaba comportándose de manera rara. Las vi tal como eran: magnánimas, encantadoras criaturas pero también un poco obsesivas y raras. Mi visión negativa de ellas no tenía nada que ver con ellas. Era simplemente un espejo distorsionado.

Los estudios nos dicen que las mujeres se ven obligadas a allanar el terreno como sea necesario para asegurarnos de que tenemos acceso al mejor material genético, pero puesto que estas no son preocupaciones reales en nuestras vidas modernas, nuestra competitividad se convierte en algo más privado y comprensible.

Esa es la tercera teoría de la competitividad femenina que me gustaría proponer: no estamos compitiendo contra otras mujeres, en definitiva, sino contra nosotras mismas. Contra lo que pensamos de nosotras. Muchas de nosotras miramos a otras mujeres y vemos en su lugar una versión mejorada de nosotras que es más guapa, más lista, más lo que sea. No vemos a la otra mujer en absoluto.

Es como una casa de espejos distorsionados que refleja una versión imprecisa de quienes somos, pero nos volvemos en su contra de todos modos, porque así es más fácil. Pero no necesitamos reducir la población de mujeres, ni para el futuro de la especie ni para nuestra propia psique. Cuando cada una de nosotras se centra en ser la fuerza dominante de nuestro propio universo en lugar de invadir otros universos, todas ganamos.

Traducción de Nikki García. Puedes leer el artículo original aquí: http://www.nytimes.com/2015/11/01/opinion/sunday/why-women-compete-with-each-other.html?_r=0

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