Las lágrimas de Leyla Awad

Shaqlawa, región semiautónoma del Kurdistán, Irak.


La sala estaba desierta, desangelada. No había el más mínimo signo de decoración o mobiliario. Apenas un par de alfombras decoloradas por el sol y roídas por el tiempo cubrían una pequeña porción del suelo. Al fondo, una ventana rota dejaba entrar la suave brisa que hacía ondear, casi imperceptiblemente, el vestido de Leyla. Sentada el centro de la estancia y vestida de riguroso luto, lloraba en silencio, con los ojos cristalinos, bañados en una cortina de lágrimas.

Leyla Awad abandonó hace doce días Faluyah, su ciudad natal, situada al oeste de Abu Ghraib y devastada por la guerra, tras perder en un bombardeo a su marido y sus dos hijos.


Con la voz rota y la respiración entrecortada por el llanto, cuenta que se marchó con lo puesto cuando los ataques en su barrio se intensificaron. Sus dedos temblorosos y cuarteados sujetan un documento donde dice recibir una pensión, pero de momento no ha recibido un sólo dinar del Gobierno central.

La guerra civil no ha abandonado Irak. Nunca lo ha hecho. Faluyah, ciudad de mayoría sunní, que guarda un triste y sangriento historial de violencia, sufre de nuevo, como sucediera durante la Guerra del Golfo, la Operación Resolución Vigilante o la Operación Furia Fantasma, donde se enfrentaron las llamadas fuerzas de la coalición y los insurgentes iraquíes, y donde se asesinaron a inocentes de manera intencional, los efectos del conflicto armado.

Ahora las milicias tribales se enfrentan al ejército del Gobierno iraquí y a los combatientes del Estado Islámico de Irak y el Levante, red vinculada con Al-Qaeda, y estos dos últimos combaten entre sí.
Es entre ese complejo crisol, donde las víctimas civiles, como Layla, se encuentran. Forzadas a dejar su vida atrás en búsqueda de seguridad migran, algunas, las más afortunadas, lo hacen hacia el norte del país, a la segura región semiautónoma del Kurdistán.


Shaqlawa, ciudad de mayoría kurda y escogida por muchos como lugar de vacaciones durante el período estival, dadas sus suaves temperaturas durante el verano, ha recibido en los últimos tres meses alrededor de 15,000 personas desplazadas, incrementando en un 75% su población.

Todos los que buscan refugio, como Leyla Awad, provienen de la provincia de Al Anbar, a unos 500 km. en dirección sur del país.

Los trabajos escasean y los desplazados se enfrentan a muchas dificultades. Muchos de ellos se han visto forzados a regresar a su lugar de origen o desplazarse a Heet, Hadetha, Rawa o a A’ana, entre otras ciudades, puesto que no han sido capaces de afrontar el desembolso económico que supone pagar un alquiler en un sitio como Shaqlawa o Arbil. Los precios, según se acerca la temporada alta, crecen, haciéndose inasequibles para la gran mayoría de los desplazados.
Mientras, asentamientos como el de Heet han recibido a más de 9.400 familias. La gran mayoría de estas personas se está asentando en las escuelas, guarderías, mezquitas, edificios comerciales o en construcciones sin terminar.

Un hombre desplazado de Al Anbar esperando recibir asistencia de ACNUR. Shaqlawa, Irak.

Un centenar de personas esperan a la distribución que ACNUR lleva a cabo en la localidad. Recibirán colchones, utensilios de cocina, una estufa, un bidón, queroseno, mantas… Enseres que venderán frente a la propia estación de bomberos donde se realiza la distribución, sin miramientos, puesto que lo que los desplazados internos necesitan es dinero para pagar las pensiones y apartamentos. Esta es la única forma que encuentran para pagar un techo bajo el que dormir, ya que el gobierno de la región semiautónoma del Kurdistán considera que abrir un nuevo campo de refugiados o reutilizar el ya existente en la localidad de Baharka, esta vez para los árabes de Al Anbar, sería una solución demasiado permanente. Un campo de refugiados implica una población asentada, y aceptar a los árabes en el Kurdistán no resulta una idea demasiado atractiva para un gobierno que apenas ha acogido a refugiados árabes huidos de la guerra que azota el país vecino, Siria, puesto que un incremento de la población árabe pondría en peligro la supuesta kurdicidad de su territorio.


Un hombre desplazado de la provincia de Al Anbar señala su nombre en una lista de distribución de ayuda humanitaria. Shaqlawa, Irak.

“Ojalá pudieras venir a ver Falluyah. Antes de que la destruyeran completamente era una ciudad preciosa… Cuando todo acabe, ¡podrías venir conmigo!”
Ahmet no puede contener la sonrisa. Mira curioso a la cámara que cuelga de mi hombro, preguntando, en un perfecto inglés que aprendió -dice- viendo películas en la televisión, si soy periodista. “Tienes que decirle al mundo que queremos volver a casa, que estamos cansados del conflicto, del Gobierno, los militares…”


Uno de sus compañeros añade que ha venido con su mujer y sus dos hijos, si no encuentra trabajo y consigue un permiso de residencia para esta región, tendrá que volver a casa… Se siente extranjero en su propio país.

Salen las listas que un hombre pega con cierta brusquedad dando, con la cinta adhesiva, varias vueltas a una de las columnas de un edificio a medio hacer frente a la estación de bomberos de Shaqlawa.
Entonces, el suelo vibra, las voces de los hombres que llevaban horas esperando se pisan las unas a las otras. Algunos se apresuran a ver si su nombre está en la lista y qué recibirá.
Conseguir algo de dinero o material que vender es una prioridad absoluta, pues es la forma para poder pasar un día más en Shaqlawa, lejos de la guerra.

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