Macusa

A mi abuelo.

Entendía que en algún punto su vida acabaría o él acabaría con su vida. La monotonía le había achicado el alma, mientras que en algún lugar de su conciencia, aunque algo reprimida, todavía rebotaba la esperanza de que aparezca un ente milagroso que se la agrande, porque reanimarse por su propia cuenta ya no era una opción.

Heredó un caserón y lo convirtió en un recuerdo. Nunca se pudo despegar de todo eso que sus padres erigieron allí. Los cuadros, los discos de pasta, la vajilla, hasta la tierra acumulada sobre los muebles parecía pertenecer a otros tiempos.

Hacía calor, del que hace en Buenos Aires, agobiando en el torso, transpirando sin vergüenza. Paseaba el saco en su brazo y le dolía la boca de tanto apretar los dientes. Paradójicamente, debía esforzarse por mantener los molares separados, pero a la primera distracción ahí estaba de nuevo apretando por todo lo que molesta un par de centímetros más arriba.

Le dieron el diario de camino a casa en una boca de subte, por lo que se apostó en la silla del escritorio y fingió interesarse por los titulares mientras le daba arranque a la casetera en donde había quedado la noche anterior. La canción volvió de su interrupción y llenó el vacío del hogar con un sonido de antaño, era aquel bolero que rezaba cuando quieras quitarme la vida, no la quiero para nada, para nada me sirve sin ti. No era un tipo romántico, ni mucho menos. El espíritu de esas canciones le eran ajenas a su deshabituado corazón y reproducirlas solo correspondía a una de las tantas costumbres que se constituyeron en su infancia. La verborragia y la falta de roce con los de su época lo volvió un hombre solitario, incapaz de sostener un compromiso.

Dobló el diario a la mitad y lo entregó a una pila de papeles. Caminó hasta la cocina, se sirvió un amargo con soda en un vaso de aluminio y vagó hacia el living sin mucha decisión. Le dio una vuelta al sillón y se dejó arrumbar en él, depositando el vaso en el vértice de la mesita, donde un aro coincidía perfectamente con el contorno de su base. Prendió un antiguo ventilador Yelmo a su izquierda y sintió las gotas de sudor en su cuello helarse. Cerró los ojos e intentó poner la mente en blanco, no sin antes vaciar el vaso de un solo sorbo. Le dolía la mandíbula, había sido un día largo. Me devolviste el retrato que en prueba de amor te di, y me pediste tus cartas que en ellas decías así: te quiero mi puchunguito, tú nunca me hagas sufrir. A modo de ejercicio quiso recordar lo que había hecho en el desayuno, pero no lo logró.

Todavía aguardaban tres horas para que la luz del sol se escurriera entre los edificios. Se le ocurrió ir a visitarlos. Sabía que en algún momento de la semana iría, pero la tarde del lunes le parecía demasiado pronto para quedarse sin compromiso pendiente. Pensó unos segundos y se levantó enérgicamente hacia el dormitorio. Se vistió con la mejor pilcha que tenía, la que el jefe le obligó a comprar para ir las reuniones con el directorio y por la que jamás se hubiera puesto en gasto de motu proprio. Ajustó el nudo de la corbata ante un espejo de pared diminuto y se puso en puntas de pie para examinar todo el largo de la misma. Ya en el jardín, se agachó con cuidado delante del clavel -el cual reemplazó recientemente con mucha culpa, tras dejar morir al que había plantado su madre años atrás- y cortó una única pieza de color rojo para obsequiar.

La sombra predominaba en las calles, pero las veredas aún refractaban todo un día de verano. Con los hombros caídos, pero de andar decidido, transitó las seis cuadras que lo separaban del cementerio e ingresó por una puerta lateral, puesto que no quería sentir la obligación de saludar al sereno. Divisó las tumbas al fondo del pasillo y no les quitó la vista al acercarse, en caso de que aquel charlatán lo saludara con un movimiento de manos a la distancia. Tal vez pateó un obstáculo u olvidó momentáneamente cómo dar pasos coordinados. Entretanto, cayó de rodillas al piso, intentando preservar el clavel con el puño cerrado.

Se incorporó todavía con una rodilla en el suelo, miró a sus espaldas y no encontró nada ni nadie. Recién por ese entonces se permitió contemplar el dolor de la caída. Murmuró un insulto mientras se ponía de pie sacudiéndose el traje y leyó de un vistazo la lápida a su derecha. No había nada singular en aquel nombre de mujer, sin embargo advirtió que entre el nacimiento y su muerte sólo había cuatro años de diferencia. El cemento ennegrecido por la tierra y un frasco de mermelada vacío daban cuenta que nadie la había visitado en mucho tiempo. No corría una gota de aire por el pasillo, el entorno le resultó extremadamente desolado. “Sí, sí, por supuesto, niña”, titubeó, colocando la flor roja dentro del frasco.

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