Periodismo y peluquería
En enero de este año, el alumnado de Periodismo de la Universidad Miguel Hernández de Elche me pidió ser su madrina de graduación, cosa que me hizo una ilusión enorme. También me daba miedo porque la verdad es que no sabía qué podía aportar yo. Este es el discurso que pronuncié el viernes en la ceremonia de la IX promoción de Periodismo, anunciando primero que tenía un virus en el estómago y que si vomitaba igual me hacía viral. Ya, yo tampoco esperaba empezar el discurso así. Este texto, además de a la promoción que amadriné (qué bonito suena), se lo dedico a mis profes de la carrera. Sobre todo a Miguel Carvajal, Isabel González y José Alberto García Avilés. A su modo me han hecho estar donde estoy, y eso siempre es de agradecer.
Buenas tardes a todas y a todos. Muchísimas gracias. Gracias por dejarme formar parte de este ritual, de este bautizo. Aquí comienza vuestro viaje a Troya, a una guerra lejos de casa, y yo me siento un poco como esas abuelillas que despiden a los nietos pañuelo en mano.
Voy a empezar contándoos una anécdota. El otro día fui a la peluquera. Bueno, a la peluquera no. A mi peluquera. Es una chica de mi edad más o menos, rubia, de Móstoles, dice “ejque”, “¿qué me estás contando?” y “ese color no te lo pongo ni de coña porque no te va a quedar bien, Noemí”. Yo esperaba mi turno y la escuché saludar a Conchi. Ana, así se llama mi peluquera, le preguntó cómo estaba, le dijo que tenía mejor cara, que ya andaba mucho mejor. Que, cito textualmente, “en ná estás dando guerra”. Me fijé y Conchi tenía las raíces perfectas. Por lo que escuché, había estado allí hacía tan solo dos semanas para teñirse y arreglarse el pelo. Conchi no necesitaba ir a la peluquería. Hacía un mes que le había dado un ictus, había perdido mucha movilidad en la boca y se estaba recuperando. El pelo era lo de menos. Era su excusa para hablar. Necesitaba contar. Su historia no es extraordinaria, muchas personas padecen enfermedades y relatar una a una solo nos convertiría en voyeurs del dolor ajeno. La historia de Conchi, en realidad, es que va a la peluquería para olvidar que tendrá medio rostro dormido hasta no sabe cuándo.
Ahí me pareció que ser periodista, más que “ser un cirujano de la realidad”, “ser el cuarto poder” o cualquier otra palabrería pretenciosa que nos pone en un pedestal, se parece mucho en realidad a ser peluquera. Algo que puede resultar tan anodino o tan poco glamuroso, diréis. En realidad, Conchi necesitaba ser escuchada y mi peluquera sabía hacerlo. Hay una especie de intimidad que se construye cuando una desconocida te lava la cabeza.
Preparando este discurso consulté a Julio Camba y resultó que él ya había trazado este símil entre el periodismo y la peluquería. Él iba por otros derroteros. Decía así: “Tanto al periodista como al peluquero se les exige que hablen de todo, y para hablar de todo hay que saberlo todo, lo que es sumamente difícil, o no saber absolutamente nada”. En ambos oficios es necesario hablar constantemente de todo lo humano y lo divino.
Os decía que hay muchas muletillas que nos sitúan en un pedestal. Eso me lleva a la escritora y periodista Grace Paley, que en sus talleres de literatura decía: “Mantente abierto e ignorante”. Ponerse por encima de los personajes nos convierte en depredadores. Desde arriba no oímos bien a la gente. El periodista no tiene que estar presente en cada línea, dejad que los personajes se defiendan solos.
No os voy a mentir: me ha costado mucho escribir este discurso porque no me gusta hablar de periodismo, en Twitter ya se hace muy a menudo y no sé hasta qué punto es productivo. Foster Wallace, en su discurso en la clausura de una graduación de estudiantes, dijo que él no iba allí a ser el pez viejo que le enseña a los peces jóvenes cómo es el mar. Yo tampoco soy ese pez viejo. Es fácil pontificar cuando no tienes miedo de llegar a fin de mes. Por desgracia la vocación no siempre paga el alquiler. No quiero transmitiros un mensaje de engaño: lo decía Alberto Arce en su blog hace poco. Haber trabajado en el New York Times no te asegura un trabajo. Cuando hayáis escalado un poco oiréis que os dicen: “Seguro que encuentras algo”. No es cierto. De la cima también se cae, y fácilmente. En todos los trabajos abunda la mediocridad, el aclimatarse hasta hundirse en el sofá y no ponerse en pie por nada, y a veces es lo que los jefes (sí, en masculino) quieren. No es mejor ni peor, es una elección vuestra.
No subestiméis nunca el trabajo de quien tenéis al lado. No es menos importante una portadista, una editora de textos, una productora o una editora de redes sociales por no estar firmando grandes reportajes cada semana. Del mismo modo que la arquitectura no existiría más allá de los planos sin el trabajo de quienes ponen los ladrillos y el cemento.
Tampoco creáis que vais a caer de pie. Un grado no os asegura un empleo, pero habéis tenido la suerte de estudiar algo que os gusta; en una sociedad donde todavía hay quienes no pueden estudiar, hacerlo os convierte en unos privilegiados. Algunos de los mejores periodistas y columnistas que conozco no pensaron que algún día podrían hacer algo que les gusta tanto: Ricardo era tornero fresador, Rafa presentaba la ruleta de la suerte en una televisión gallega, Mamen se pasaba días en la pescadería de sus padres limpiando boquerones, Otto tenía que cuidar de su madre mientras escribía artículos a diario. Además, la dificultad se dobla si eres mujer: Violeta ha tenido que compaginar ser madre divorciada con una profesión que no tiene horarios. Todavía no se ha rendido y yo la admiro por ello.
Pero el contexto no siempre se confabula para cumplir nuestras expectativas. Porque es eso: una cuestión de expectativas. Las vuestras ahora están altísimas, no debéis bajarlas. Eso no significa que no vayan a cambiar. Aunque me encante mi trabajo, no hay día que no piense que sería más feliz siendo veterinaria. Puede que un día abandone y haga otra cosa, y eso no sería una derrota ni un fracaso. Lo hizo un grandísimo reportero como Marco Avilés. Lo contó así: “¿Te quejas de tu vida de freelance o de asalariado, de que no ganas lo que mereces, de que no te pagan? Entonces, renuncia a esa forma de periodismo. Busca un empleo distinto y recupera la ilusión de estar presente en el mundo como un protagonista, y ya no solo como cronista de los hechos ajenos. Piensa en todos los oficios que puedes hacer para ganarte la vida, en las personas que conocerás, en las historias que podrás vivir en carne propia, si te atreves. Al principio quizá sientas que te has mudado a otro planeta donde habitan seres que nada tienen que ver contigo, pero esta ilusión es pasajera. Mi único consejo es que, sea lo que sea que decidas hacer, nunca te olvides de tener un buen cuaderno al lado. Te sorprenderá lo que puede llegar a acumular con el paso del tiempo y con tus armas de reportero”.
Intentadlo ahora con el descaro que os da la post adolescencia. Es una edad en la que nos lo perdonamos — y nos perdonan — todo. Vosotros ahora sois los vivos y quienes rechazan el cambio, los muertos. Lo dijo Elvira Lindo: no lo hagáis por el medio, sino por vosotros mismos. El amor propio no es el ego de firmar y del halago gratuito, el amor propio es la tranquilidad de saber que has hecho lo correcto, tanto en lo personal como en lo laboral. Quienes hoy te alaban mañana te criticarán. Intentad estar por encima de eso. Me ha quedado muy jedai esto, pero es que de Star Wars, como de Harry Potter, se aprende mucho.
Ser periodista está muy bien pero no dejéis que una profesión os defina por completo: sois más que eso. La frase no es mía, es de una amiga, Belén. Tiene 25 años y siempre me sorprende su capacidad de analizar su entorno mucho mejor que aquellos que le doblan la edad. Esto demuestra una cosa: tenéis mucho que aprender, pero también mucho que enseñar a los que llevan décadas apoltronados en sus sillones. Esto me sirve para pediros una cosa: no seáis endogámicos, hay mucho fuera de este mundillo. Conseguiréis más historias si apoyáis el codo en algún bar de la periferia que en una presentación de un libro.
Por cierto, que no se me olvide deciros que no, no sois periodistas 24 horas. Tenemos derecho a conciliar, a disfrutar de nuestro tiempo libre, a descansar, a aburrirnos. Hace unos meses lo conté en Twitter en tono jocoso. Estaba en la cama intentando ver un capítulo de The Good Wife y me costaba la vida escuchar a Khalinda decir alguna de sus geniales borderías. 20 minutos estuve tirada en la cama pensando: “Joé, el camión de la basura, qué ruido hace”. Resulta que estaban los bomberos y la Policía en mi portal y a mí no me había saltado la alarma. Era la una de la madrugada y estaba agotada. Me sentía más identificada con la protagonista de Carmina y revienta con mi moño, mi camiseta rotilla y mi “¿capasao?” al bombero desde la ventana que a Gay Talese que, por lo visto, siempre lleva traje. Por cierto, desde aquí quiero decirle a Gay Talese que el traje se arruga. Lo que quiero decir es que es bonito que seamos esponjas y absorbamos la realidad. Pero cuando eso se convierte en una justificación perversa para estar atado a un trabajo, sea el que sea, debemos rebelarnos.
Escribir para otros — para un medio — agota. Siempre hay un titular que te destroza una historia, un enfoque que cambia de repente, un encargo de mala gana. No vais a disfrutar todo lo que hagáis. A veces escribiréis un texto, lo firmaréis, pero no estaréis en él. Es como intentar gozar de una comida cuando estás resfriado y no puedes paladear absolutamente nada. Aprenderéis a que vuestra moral sea más laxa, a no discutir los matices, a ser un brazo ejecutor. Esa es la verdadera batalla: la interna. Salid afuera a respirar de vez en cuando, lo más difícil va a ser que os sacudáis la caspa de encima. No os apolilléis. A veces hacerlo bien es un castigo. Os dirán: “Qué purista eres”, “escribes sucesos con demasiada asepsia” o “creo que te has tomado tu trabajo demasiado en serio”. En esos casos debéis henchir el pecho y pensar: “Lo estoy haciendo bien”.
Para acabar quiero volver a Grace Paley. Es un defecto de oficio este de recoger lo que otras personas han dicho antes que yo porque, por regla general, es más importante que cualquier cosa que yo pueda decir. Paley detestaba la idea de irse de un mundo que parecía estar cada vez peor. “Siempre pensé que era mi deber dejar al mundo mejor de cómo lo había encontrado”, dijo. Su periodismo era combativo. Esto no significa que debamos convertir cada noticia en una pelea callejera. No lleva a nada y solo deja el cuerpo magullado. Mi particular constante es la de intentar que con mi trabajo haya un cambio efectivo real en el mundo, por muy pequeño que sea. Elegid vuestra constante, sea cual sea, y defendedla. Si fracasamos, no pasa nada: siempre podemos probar a lavar cabezas.
