
Line o la muerte de la palabra
La sustitución de la palabra escrita por muñequitos que dicen más que mil palabras.
Estamos viviendo la progresiva disminución (por no decir muerte) de la palabra escrita. Es evidente (al menos parece serlo) que por lo pronto no dejará de existir del todo, pero es fácil percatarse de que cada vez más gente le rehúye y cada vez los medios contribuyen a volverla innecesaria. Cuando se habla de la desaparición de los libros y su sustitución por la difusión de mensajes a través de medios telemáticos, en teoría se supone que si esto llegase a pasar la gente no dejará de leer sino que lo hará de otra forma. Pero, en la práctica, Google hace casi todo el trabajo por ti (extrayendo lo “importante” o lo “necesario”) y Twitter te obliga a resumir y a digerir la información a través de poquísimos caracteres que antes, quizá, hubieran sido indescifrables.
De ese modo, hemos pasado de lo mucho a lo poco, hasta que llegó Line. La campaña publicitaria de esta nueva “herramienta” es clara y cierta: la capacidad expresiva de la palabra escrita (con su riqueza y posibilidad de interpretación) es un arma de doble filo, un problema incompatible con los rápidos tiempos que corren, así que mejor será dejarla a un lado e irse por un camino más corto y seguro. En este caso, ese camino son unos muñequitos súper bonitos que hablan (“más que mil palabras”) por uno.

¿Por qué esto sería un problema? Supongo que las mismas preocupaciones surgieron cuando apareció el teléfono y la radio. Lxs paranoicxs seguramente auguraron un futuro oscuro y simplón. Y ciertamente hubo transformaciones importantes en la forma en la que se daba la comunicación antes y después de que aparecieron estos aparatos. No por eso la gente dejó de escribir pero muchas menos personas lo hicieron a partir de allí. Lo mismo pasó cuando apareció el televisor. La imagen, que lo decía todo, era una peligrosa competencia para el libro y para los periódicos. Sin embargo, ni uno ni los otros desaparecieron, aunque la mayoría de la gente desvío su mirada hacía las pantallas.
Entonces, no es que sea algo nuevo el miedo o el debate en torno al tema, ni la lenta pero cierta disminución del lenguaje escrito. Ahora, ¿qué implicaciones tiene esto hoy por hoy en Venezuela? Pues, la letra es expresión directa de lo que se piensa y, más aún, de la forma en la que se piensa. La facilidad de no escribir y de acceder de forma inmediata a las cosas, probablemente nos hace estúpidos, como ha dicho Nicolas Carr. Sabemos que la falta de lectura (y, por supuesto, la poca disposición para escribir) es un problema viejísimo y muy recalcado en nuestro país. Pero ¿qué pasa cuando, una sociedad que no lee, ya no necesita hacerlo? ¿cuándo una sociedad que huye a la escritura y al rigor que ésta amerita, ya no requiere escribir? Solo diré que si hemos estado mal por décadas de ceguera, fundada no en la ignorancia sino en la indisposición por ver como opción los caminos difíciles pero seguros, creo que es lícito sentir cierto miedo por lo que se viene.
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