La momia que me visitaba por las noches

Rascar Capac (Les 7 boules de cristal — Hergé)

Estaba a los pies de mi cama cuando abrí los ojos. Encorvada y de cuclillas, con las cuencas de los ojos vacías como dos profundos pozos negros, y los dientes asomándose por la boca sin labios. En su mano sostenía una bola de cristal en la que parecía bailar un hipnotizante humo blanco. Llevaba una corona de flores mustias y resecas, y estaba envuelta en jirones de ropa de colores apagados por el tiempo.

La primera vez que la vi grité. Mis padres acudieron corriendo, asustados por si me había pasado algo, y más que dispuestos a consolarme de la pesadilla que me había despertado. En cuanto encendieron la luz, la momia desapareció como si nunca hubiera estado allí, como si hubiera sido una mera creación de mi imaginación infantil. Pasé algunas noches durmiendo con ellos por miedo a volver a encontrármela, a que volviera a aparecer con sus cuencas vacías y su sonrisa sin labios. Y justamente eso fue lo que ocurrió la primera noche que volví a dormir sola: me desperté y a mis pies estaba ella, contemplándome. Mis padres me compraron una pequeña lámpara con forma de tortuga, pero tampoco ella conseguía alejar a la momia, a la que cada vez me iba acostumbrando un poco más. Al fin y al cabo, nunca decía o hacía nada; simplemente se sentaba a los pies de la cama, una presencia sobrenatural sin peso ni olor, y me observaba.

Acabé aceptando la presencia de la momia como algo más de mi vida: ni me llegaba a plantear despertarme una noche en una habitación vacía. Una vez superado mi miedo intenté hablarle, pero nunca contestaba. Lo único que conseguía era despertar a mis padres y hacer que vinieran a ver qué pasaba, de tal manera que en cuanto aparecían ella se esfumaba sin dejar más rastro que el recuerdo en mi mente.

Me intrigaba la bola de cristal que sostenía porque en mi mente suponía que era un objeto mágico de incalculable valor, sacado sin duda alguna de un libro de Harry Potter — pero no me atrevía nunca a tocarlo. A decir verdad, nunca me había atrevido a acercarme: aunque me hubiera acostumbrado a ella, no dejaba de intimidarme. Al fin y al cabo, tenía sólo seis años, y una momia milenaria no es una buena compañera de juegos. Me pasaba horas mirándola, escudriñando sus cuencas vacías, intentando descubrir sus secretos y el porqué de su presencia. Otras veces yo simplemente leía y dejaba que me observara, y cuando salía de la habitación me seguía por casa, apareciendo en la misma postura cada vez que giraba una esquina: se sentaba en la encimera de la cocina cuando bajaba las escaleras de caracol para beber agua; me esperaba en la base de las escaleras para reaparecer en la otra punta de la casa, e incluso se sentaba en la pica del baño mientras hacía pipí.

Y como ella no quería explicarme nada, pedí a mis padres más información sobre las momias. Yo las había visto por primera vez en “Pesadilla antes de Navidad” de Tim Burton y en alguna película de Tintín, pero por entonces para mí eran únicamente seres fantásticos que daban miedo — o que se sentaban a los pies de mi cama. Así que mi madre me compró un libro sobre el Antiguo Egipto y allí aprendí lo que era el proceso de momificación, cómo les sacaban el cerebro por la nariz y lo disecaban y volvían a meter dentro, y que enterraban a los faraones con sus gatos y esclavos y con mucha comida y joyas.

Pero mi momia no se parecía en nada a la de Tutankamón: no estaba envuelta en vendas; podía verle la piel, fina y reseca como un pergamino, y su ropa no era como las de los antiguos emperadores. Como no conseguía conciliar lo que leía sobre Egipto con mi compañera nocturna, decidí que tenía que haber más tipos de momias más allá de las egipcias.

Cuando cumplí ocho años, hicimos un viaje a Nueva York para celebrar que me habían pasado de curso. Sabía que ella no podría aparecer en presencia de mis padres, como aprendí la primera vez que fuimos al pueblo en verano, y pensaba en todas las cosas que le contaría al volver. Me hacía especial ilusión visitar el museo Metropolitan, porque mis padres me habían dicho que allí podría ver momias de verdad — como si la mía no lo fuera. La mañana designada, me desperté antes de que sonara el despertador vibrando de la emoción y me dediqué a repasar un pequeño libro titulado “Esos locos egipcios” con el lomo destrozado de tanto leerlo.

Cuando llegamos al museo, ya al mediodía después de pasar la mañana paseando por Central Park, me hice con una guía y arrastré a mis padres a la sección de Egipto, “la más grande del mundo”. Y grande, lo era. Había sarcófagos de todos los tamaños y colores, con momias dentro y momias fuera para verlas en su totalidad vendada. ¿Verdad que no es para tanto, cariño? Las momias no pueden hacerte daño, me aseguraron mis padres. Pero hacía tiempo que no me daban miedo. Además, las momias del Metropolitan eran muy diferentes a la mía. Ella tenía magia dentro; éstas eran fardos de vendas sucias.

Me había encantado el viaje, que había culminado en los parques de Orlando, pero tenía ganas de volver a casa para dormir sola otra vez y poder ver a mi confidente nocturna. Aunque nunca me contestara, quería explicarle todo lo que había pasado en el viaje, desde las ballenas y los dinosaurios del Museo de Historia Natural hasta mi anticipado encuentro con Mushu en Epcot y cómo juntos nos habíamos burlado del líder malo de los Hunos, pasando por el incidente con un falso vampiro en la Casa del Terror o el rayo que había caído en el avión aterrizando en Atlanta.

La primera noche no podía dormir, en parte por la emoción y en parte por el jet lag, así que no apareció. Siempre que la había visto me había despertado en medio de la noche, así que deduje que tenía que estar dormida para que se dejase ver al despertar. Aun así me di un par de vueltas por la casa, esperando descubrirla en cuclillas frente a mí al doblar cualquier esquina, o tenerla detrás al girarme de repente en medio del camino — pero no apareció.

El día siguiente me esforcé por cansarme para acostarme agotada y asegurar que me dormiría, deseando el momento de desvelarme y verla a mis pies. Me despertaron los rayos de sol del día siguiente, indicándome que había dormido de un tirón.

Pasó una semana, y ni rastro de mi momia.

La echaba de menos: quería volver a verla, a ella y a su bola mágica de cristal. Habían desaparecido antes de que llegara a descubrir los secretos que escondía, antes de llegar a entenderla, antes de llegar a tocarla. Aunque no fui consciente hasta que se fue, la consideraba mi amiga: una amiga silenciosa que simplemente escuchaba y comprendía, sin decir nada ni juzgar. Agradecía su presencia extraña y sobrenatural, que infundía magia a mi vida.

Tardé tiempo en recuperarme de su desaparición, y lo compensé leyendo aún más y haciendo que mis padres me compraran montañas de libros sobre todas las culturas que momificaban a sus muertos. Leía todo lo que me pusieran delante, y el aprendizaje fue exponencial cuando compramos un ordenador y pusimos Internet en casa. Con tan solo diez años, me había convertido en una especialista en la muerte.

Tiempo después, cuando llegó el momento de escoger carrera me decidí por historia y antropología. Poco a poco, me especialicé en lo que a mí realmente me gustaba: las tradiciones relacionadas con el entierro y el trato de los muertos en diferentes culturas, y me mudé a Cambridge para entrar en un equipo de investigación.

Treinta años más tarde, mi nuevo equipo de la UCL recibió una llamada del gobierno chileno: construyendo una nueva línea de metro habían topado con unas ruinas incaicas y nos pidieron que fuéramos a inspeccionarlas. Los arqueólogos que habían entrado descubrieron que se trataba de un antiguo sitio funerario que prometía enseñarnos mucho sobre los rituales fúnebres incas. Aunque aún estaban excavando, nos permitieron andar por los yacimientos. Desde que aterrizamos en Santiago, había sentido algo removiéndose en mi interior. Era una sensación que no podía llegar a explicar pero que había sentido otras veces: un sentimiento de inevitabilidad, de que me dirigía hacia algo importante.

Y, como no podía ser de otra manera, fui yo quien la encontró.

Estaba en la misma posición en la que la había visto tantos años atrás, estirada sobre un lado en cuclillas y sosteniendo firmemente una bola de cristal entre sus dedos huesudos; los dientes en una sonrisa sin labios y las cuencas de los ojos vacías; el tocado de flores mustias y la ropa en jirones de colores apagados. Era mi momia. Era la que me había acompañado en silencio durante tantas noches de lectura y había catalizado mi amor por la arqueología mejor que el sarcástico encanto de Harrison Ford. Con manos temblorosas e ignorando todo lo que había aprendido que era correcto, extendí mis dedos hacia su fina piel reseca. Y así, treinta años más tarde y por primera vez en mi vida, la pude tocar.

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