La comunicación pública ya no es lo que era, ni tampoco lo que será

La comunicación pública, asunto esencialmente práctico

Me encuentro escribiendo un libro sobre la comunicación pública. El título es “Repensar la comunicación”. En principio, así, en general. Entiendo que el encabezamiento de estos párrafos — más allá de atraer un poco la atención — no pretende ser una boutade. Es obvio que la comunicación pública, hoy por hoy, ni es lo que fué hace tiempo (desde la primera posguerra mundial, por poner una época) ni tampoco es lo que será dentro de, digamos, un par de decenios. Lo cual no quiere decir que todo es asunto histórico que se lleva el viento, y que por tanto las cosas en estos asuntos de comunicación son relativas del todo, o que lo importante es algún tipo de carpe diem, en plan toma tu dinero y corre.

La comunicación pública — espero tener ocasión de hablarlo, aunque de entrada parece igualmente obvio — es un asunto esencialmente práctico, en principio asociado con la razón práctica y con la vida y la libertad de las personas. No es asunto que tenga las rigideces de lo que en principio es teórico o técnico.

Si cuando se habla de periodismo parece razonable lo que decía Orwell (“Periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques: todo lo demás son relaciones públicas”), quizá también cabría decir que hoy — tal y como están algunas cosas — “periodismo es publicar lo que alguien quiere que publiques”… Y esto no es un mero juego de palabras o forzar la realidad en plan relativista, porque basta dejar de pensar en las gentes o las instituciones más o menos poderosas de quienes se dice algo, y pensar en los empresarios — también en la propia empresa periodísticia en que se trabaja — para que la segunda frase, que tampoco es una definición, tenga sentido.El caso es que me encuentro — no de repente: llevo un tiempo en esto — buscando y razonando acerca de lo que de común hay en las profesiones que ahí se cobijan: desde el periodismo, la publicidad o la comunicación institucional y corporativa, hasta la ficción que cuenta historias y dramas y entretiene. No es empeño fácil, como quizá tampoco lo sería si alguien tuviera que escribir acerca de la salud como lo que reúne bajo la misma razón y denominación profesional de Medicina a los que trabajan en una increíble y compleja variedad de profesiones específicas. Lo mismo que sin duda sucedería a quien tuviera que hablar de la justicia como lo que ofrece cobertura racional y profesional a quienes trabajan en los variadísimos y a veces entremezclados territorios del Derecho.

Como ya se ve que el empeño no es fácil, quisiera obligarme a aparecer periódicamente por este sitio para contar — en textos breves y no alambicados, de pocos minutos de lectura — cómo van las cosas a lo largo de los próximos meses de trabajo. Pienso que quizá así la vergüenza torera puede echar un capote que me anime en la tarea. Y en vista de que a buen seguro no tendré cada semana algo relevante que decir, me propongo ofrecer aquí algunas cosas ya publicadas — por mi parte y por parte de muchos colegas o vecinos de intereses — sobre asuntos de comunicación pública. Por ejemplo, el texto que sigue, que recuerda una vieja idea: “Hacen falta profesionales de la comunicación pública”, escrito hace relativamente poco tiempo, a propósito de lo leído en una columna de un amigo.

He repetido con convicción en las aulas aquello de que — hoy que vivimos en un mundo regido socialmente por profesionales, y no por clases sociales o por clanes o estamentos — resulta que las profesiones nunca se acaban de definir de una vez por todas.
Cierto que los relojeros fabricarán relojes, de todo tipo, según diversos modos y necesidades de medir el tiempo, pero también habrá que marcar las distancias entre esos relojeros y quienes — dedicados profesionalmente, por ejemplo, al lujo o al capricho — también fabrican objetos lujosos o caprichosos que, de paso, también miden el tiempo. Muchos otros distingos conviene hacer acerca del objeto propio del saber de las profesiones que se encuentran en los territorios, por ejemplo, de las ciencias de la salud o de la justicia. Pero ahora estamos con la comunicación pública.
Y habrá que distinguir a los profesionales de la comunicación, y por tanto del periodismo, en función del papel que desempeñan en la sociedad, que básicamente tiene que ver con el saber, mucho antes y mucho más que con el poder. Quizá es que en las Facultades, como en los medios profesionales, se sigue pensando aún en términos de poder, cuando lo que realmente está en juego con la comunicación pública es asunto de saber. Entre otras cosas, porque distribuir saber implica distribuir poder. Y puestos a hablar de “empoderamiento”, no estaría de más ver de “empoderar” informativamente a las personas y la sociedad según la dignidad nativa que todos tenemos, y no según los intereses de políticos e industriales (también de la comunicación).

Precisamente, desde ayer, Medium está buscando su identidad, su nuevo camino editorial y empresarial. Esta es una plataforma lo suficientemente seria e interesante como para considerar seguir en ella como miembro de pago, con facilidades y lecturas reservadas. Y sobre todo sigue siendo lugar para dialogar con quienes quieran comentar o sugerir algo a propósito de lo que vaya escribiendo. Un cordial saludo a los amigos y conocidos que pasen por estos lares.

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