Medios de comunicación “mainstream” buscando consenso ideológico en Usa

Noam Chomsky habló de «Manufacturing Consent» en 1993 y luego se preguntó si los medios seguían haciéndolo en 2015. Quizá ahora — tiempos complejos — se observa una especie de fabricación y promoción de consenso anti-Trump

Los periódicos y el tabaco se vendían juntos, hasta que se ha visto que el tabaco hace daño a la salud.

Se trata de hablar aquí de los medios desde un punto de vista editorial, antes que empresarial, y no de repetir las conocidas ideas de Chomsky a propósito de la Ofensiva del Tet (“The propaganda system was: ‘what we’re doing in Vietnam is obviously right and just’”) o de la invasión de Irak. Se trata de tomar en consideración su idea de que en Estados Unidos hay una tendencia según la cual “the media establishes and defends the agenda of the dominant privileged groups in society”, seleccionando los asuntos que considera relevantes, encuadrando —haciendo framing — en los temas a tratar, filtrando la información, enfatizando los tonos o manteniendo el debate dentro de premisas controlables. Algo que quizá, sin forzar las categorías de hoy, podría entrar también como marketing ideológico bajo la amplia denominación de content marketing.

No se trata por tanto de hablar ahora directamente del señor Trump, el presidente que se han dado los estadounidenses. Porque en cualquier caso – a no ser que tuvieramos acceso personal o institucional directo a Trump – solo diríamos algo a partir de lo visto o leído en los medios y, según aparece en los legacy o mainstream media, resulta ser alguien tan impredecible y tan showman como ególatra e impresentable, con una actitud y un lenguaje populista que contrasta mucho con las formas acostumbradas en el cargo de presidente.

Desde luego que Trump no nos llega con los rasgos tradicionales de un político —sea liberal, progressive, moderate, o conservative — en la Casa Blanca. Al menos, según los perfiles de comportamiento a que nos tenían acostumbrados los medios tradicionales (diarios, televisiones, radios, spots propagandísticos, películas) de aquel país. Y en concreto, los mainstream media — que cuando se habla de este tema tienden a poner en marcha un mecanismo reflejo de defensa — “Look, conservatives hate us and liberals hate us, and so we must be doing something right” — quizá sin querer ni darse cuenta de que participan en fundamentalismos ideológicos (de tipo nacional, económico y tecnológico) bastante parecidos a esos que señalan como sólo vigentes a su alrededor. Cosa que sucede de ordinario cuando se marginan o eliminan por razones editoriales determinadas cuestiones, opiniones o perspectivas que quizá chocan con la propia ideología, pero que son claves para poder dar cuenta ajustada de la realidad.

El caso es que llama la atención la insistente promoción — o cuando menos el frame uniforme elegido por parte de los medios — de un sobrentendido consenso profesional que no solo actúa como legítimo watchdog de las acciones y decisiones del presidente y su gobierno. Más bien a veces parece la postura de una especie de We The Legacy Media, un trasunto de resonancias constitucionales dedicado a la difusión de una mentalidad básica de rechazo social sistémico a Trump.

Una postura que viene a decir: “we know the problems, and so let’s focus on solutions”, cuando en realidad los problemas tienden a ser muy polifacéticos y complejos, y no es fácil conocerlos bien, ni desde luego pueden ser reducibles a un único factor o a una única premisa mayor argumentativa, o a un único chivo expiatorio en plan René Girard. Desde luego que un planteamiento de este tipo no es el de todos los medios, pero sí parecen estar en algo muy parecido algunos de los que cuentan: el New York Times, el Washington Post, e incluso el Wall Street Journal, por mencionar unos pocos diarios de la costa atlántica USA. Son diarios que — además — tienen clara y directa influencia en lo que dicen los principales medios europeos.

Posverdad, verdad y reconocimiento de errores y sesgos

Es ridículo sospechar que haya algún tipo de acuerdo explícito, pero después de recordar el comportamiento sensacionalista de los medios durante un año con el impeachement de Bill Clinton, y de leer más de un centenar de artículos y columnas publicados en esos grandes diarios desde el martes 8 de noviembre de 2016, resulta llamativo y también aburrido ver cómo aun cuatro meses después siguen apareciendo constantes editoriales y comentarios centrados sobre lo mismo: fakenews, postruth, credibility, bias, facts, leaks, lies, hoax, news literacy, ethics watchdog, check, manipulation, misinformation, propaganda, y unos cuantos asuntos más.

Porque la inmensa mayoría de esos artículos, editoriales y comentarios presenta o da por supuesto que la fundamental característica que adorna al señor Trump — con ocasión de cada noticia o comentario que publican, por fas o por nefas— consiste en ser un mentiroso, cuando no un chulo o un sinvergüenza interesado. Es probable que merezca un perfil de esas características si así resultan ser las cosas, pero lo menos que se puede decir es que la cuasi uniformidad del perfil presentado por esos medios resulta llamativa y un poco extraña. No sólo por lo dicho explícitamente, sino sobre todo por los implícitos que sugieren los modos adoptados para referir los facts previamente seleccionados como relevantes.

Sobre todo, porque esos mismos medios — asociando su trabajo con la verdad, dicho explícitamente en su misma publicidad y propaganda — parecen sobre todo obsesionados con incrementear sus lectores y suscriptores, y prescinden en ocasiones de la misma precisión en sus datos, informaciones y juicios que — retóricamente escandalizados — exigen a Trump. Esto es lo que se dice, por ejemplo, en muchos de los 976 comentarios que recibió en 14 días un solo artículo de Margaret Sullivan. Medios que también parecen ser — como desde luego lo parece Trump — soberbios y altaneros en su incapacidad de reconocer sus propias omisiones y sus propios errores fácticos, sus equivocaciones y ocasionales tergiversaciones, así como sus agendas y sesgos u orientaciones ideológicas en lo que publican.

Algo de esto se transparenta, por ejemplo, en el tremendo endorsement de Hillary Clinton por parte del NYTimes a lo largo de la cobertura de la campaña electoral — casi una cobertura redaccional, además de editorial, bastante cercana a la propaganda — y su igualmente tremenda decepción por los resultados. Algo que de todos modos no impide a Sulzberger y Baquet ufanarse y jactarse pensando que han tratado fairly a ambos candidatos y que continuarán informando del nuevo presidente con “the same fairness, the same level of scrutiny, the same independence”. Quizá — tomado al pie de la letra — tienen razón en lo que prometen.

¿Cuál es mi punto en estos párrafos? Que — al margen de las patentes consideraciones económicas, tal y como están las cosas de política editorial — estos medios ganarían mucho en autoridad y credibilidad moral si, de vez en cuando, reconocieran algunos de sus errores y sesgos ideológicos, incluso diciendo que fueron involuntarios aunque fueran intencionales. Porque a fin de cuentas, estaría bien que se viera con hechos, datos, enmiendas y rectificaciones — más allá de una línea a pie de página cambiando una dato, o más allá de Times Insider, la complaciente sección semanal para iniciados del NYTimes — que el esfuerzo real por acercarse a la verdad es duro, mucho más allá de las declaraciones de que The Truth Is Hard. Porque los tremendos esfuerzos por buscar la verdad a propósito de la vida real de las personas e instituciones y los nuevos esfuerzos para saber mostrarla y contarla haciendo justicia a la realidad, no siempre son fáciles, a diferencia de lo que pasa con las simples declaraciones editoriales de intenciones, los eslóganes y estereotipos del marketing y las ficciones.

Conversations: New frameworks for public discourse.

Los medios sociales como mensaje

Entiendo que hasta aquí sólo he hablado de los medios tradicionales, como si no hubiera existido internet. No es del todo cierto, porque sin la red hubiera sido imposible leer esos medios y ahora escribir de ellos aquí. Lo que sí es cierto es que en la ecuación del comportamiento de esos medios entra también la presencia de los social media, dicho sea grosso modo. Me refiero — más allá de los blogs — desde luego a publicaciones en la red con un claro bias derechista como Breitbart o Drudge Report, así como otros situados en la Hard Left, como Current Affairs. Pero sobre todo quisiera mencionar al menos un aspecto del fenómeno de las fakenews y las desinformaciones que circulan en Facebook, Twitter y demás social media, que probablemente han incidido en la postura adoptada por los legacy media.

En este sentido, hace unos días ha publicado Clive Thompson un interesante artículo en Wired, cuyo título en la edición en papel es explícitamente macluhaniano: “The social medium is the message”. Y el mensaje está en las primeras líneas, poniendo por delante que las redes sociales no son simples plataformas neutrales: esa es una ficción que duró hasta las elecciones USA del pasado noviembre. Entonces se empezó a hablar de que el 44% de los estadounidenses se informa en Facebook –y Zukerberg declaró que la plataforma sería enseguida un medio «peculiar» – y también se empezó a hablar de campañas de desinformación – algunas fundadas, otras no tanto – y de teorías virales de conspiración en Facebook y en Twitter.

Desde entonces resulta que ni es tan fácil controlar las desinformaciones virales, ni las promesas hechas por estas plataformas, con optimismos más o menos aparentes, de convertirse en medios peculiares o de identificar, controlar y eliminar — por ejemplo — los hate speeches enseguida, por medio de análisis algorítmicos. De hecho, meses después, aún estamos a la espera de algún resultado.

Por una parte sucede que no es fácil establecer – y menos para un algoritmo – los criterios de separación del trigo y la cizaña. Como recuerda Clive Thompson, la desinformación más efectiva es la que se esconde entre hechos reales. Tiene razón el relato de Edgar Allan Poe, “La carta robada”: el mejor sitio para esconderla es un lugar bien visible de un despacho, junto a otras cartas, manchada y arrugada, como si no tuviese importancia.

Por otra parte, también hay problemas con los algoritmos porque sustituir sin más el trabajo humano por algoritmos para hacer esos distingos — que a fin de cuentas son cuestiones éticas o morales — resulta imposible y además peligroso, como bien razona Zeinep Tufekci. Máxime cuando el efecto “burbuja” que promueven los filtros que personalizan las ofertas en la red, anunciado hace tiempo por Eli Pariser, se comperueba que cada vez es más problemático para los usuarios que pretenden saber qué hay en la red, además de lo que de ordinario buscamos, leemos o vemos.

Los legacy media unifican su mensaje frente a los social media

Una vez comprobado con la elección presidencial USA que las redes sociales como Facebook y Twitter no son territorios neutrales ni fiables en asuntos políticos, y que en ellos circulan con soltura y facilidad los hechos sagrados y las opiniones libres, pero siempre junto a las noticias falsas, las mentiras, las calumnias y la desinformación, se diría que los legacy o mainstream media han optado por distinguirse radicalmente de esas redes sociales, constituyéndose en adalides y portavoces de una verdad consolidada. Y esa verdad consolidada consiste, en este caso concreto, en presentar con pelos y señales cada acción, decisión o contratiempo de Trump y su administración, como fiascos, como fracasos y decepciones que efectivamente tenía que suceder, porque — a fin de cuentas — Trump no es digno de estar en la Casa Blanca.

Muy conocida imagen para comenzar a hablar de “framing” editorial

No hace falta insistir en que todo esto es muy opinable, en la medida en que es patente que el asunto es complejo y que hay más argumentos al respecto. Por ejemplo, la búsqueda de nuevos lectores y suscriptores, con ofertas muy ventajosas que quieren aprovechar el tirón dramático de los primeros cien días de Trump en la Casa Blanca. De todos modos, parece que la distancia editorial que pretenden tomar las viejas instituciones periodísticas respecto de lo que se publica en las plataformas y medios nativos digitales tiene una orientación de este signo.

Quizá no quieren admitir al menos dos o tres cosas evidentes: que los mainstream media siempre fueron y ahora son presentados como portavoces de una élite social no siempre capaz de entender a la gente en general; que la denuncia de la posverdad, los bias abusivos, las fakenews, la misinformation, la propaganda, etc. siempre ha sido altamente compatible con su práctica; y que la coincidencia ideológica de los mainstream media en una perspectiva de desautorización sistemática de un presidente democráticamente electo puede tener un efecto boomerang en la consideración social de los medios de comunicación.

Algo que destacaba este aire y este temor antidemocrático publicó la revista política británica Spiked el mismo día en que Donald J Trump debía jurar como el presidente número 45 de los Estados Unidos: What’s Scarier Than Trump? The Elite Revolt Against Him. Commentators, celebs, the CIA — all are in open revolt against democracy.”

Pregunta y respuesta que sin duda recuerda lo dicho por Chomsky, hace casi un cuarto de siglo, acerca de los mainstream media en cuanto que a su entender plantean y defienden la agenda de grupos dominantes privilegiados de la sociedad. Quizá en este caso esos grupos son los mismos legacy media que juntos apoyaron y apostaron por el candidato que resultó vencido en esas elecciones y como élite no se resignan a trabajar profesional y democráticamente teniendo a Trump en la Casa Blanca.

Quizá es que—como dice Eli Pariser, aludiendo implícitamente a Chomsky— no han aparecido aún nuevos modos de lograr consenso, distintos de los que fueron manufacturados en el viejo mundo. Quizá es que los viejos medios se sienten en peligro ante el vigor de los social media y sin querer se encuentran en una operación defensiva de consenso en plan “circle the wagons” contra Trump.

En cualquier caso, sería muy bueno para los medios salir de la agenda extrema de las “fake news”, escuchar a la gente, repensar su profesionalidad, admitir mayor variedad de perspectivas y argumentos políticos racionales y desde luego seguir el consejo Masha Gessen en la sección Op-Ed del New York Times:Don’t Fight Their Lies With Lies of Your Own”.

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