Relámpago del Catacumbo

Temple, by sci-fi illustrator, John Harris.

La tormenta inició entrada la madrugada. Relámpagos salvajes adornaban el cielo con sus destellos y de vez en cuando daban un golpe estrepitoso sobre la tierra. Tanto era su impacto que incluso hacía cimbrar el suelo como si fuese un terremoto.

Fui el primero en despertar y creí que todo era un sueño. Desde hace tiempo no he sido capaz de distinguir entre un sueño y la realidad, la única manera de descifrarlo era tocándome el rostro. Si mi lado izquierdo estaba entumecido, estaba despierto, si no: seguía siendo un sueño. ¿O era al revés? No importa. El bullicio de la gran tormenta pareció noquearme unos momentos, por lo que decidí sentarme a esperar a que este desoriento cesara.

La lluvia que caía sonaba más al sonido de las aspas de mi ventilador, volteé para verificar si estaba encendido. No lo estaba. Las luces que los relámpagos causaban sucedían de manera continua, causándome una ceguera espontánea y miedo. Llamé a mi hermana a susurros. No contestó. Elevé un poco más mi voz, pero no lo suficiente como para despertar a nuestros padres y pateé levemente su colchón. Qué quieres, preguntó molesta con voz ronca. Escuchaste eso. Escuchar qué. El trueno. No. Y el rayo, lo sentiste, pregunté preocupado. En mi sueño, nomás, balbuceó. Se oyó muy cerca, podría jurar que la tierra se partía y la electricidad pasaba por debajo de la tierra. Fabiola asomó su cabeza de súbito para ver hacia mi cama. Qué fue lo que dijiste, lo de la tierra, que se partía. Ajá, como en la película que vimos. Crees que, calló unos momentos como tratando de buscar las palabras correctas, se hayan abierto las puertas hacia una civilización perdida. No estés inventado, grité espantado. Shhhh, que despertarás a mis papás. Son nuestros. Da igual, y si vamos a ver, sugirió. No. Ándale, e invitamos a tus amigos. No, Fabiola, nos podemos meter en problemas. Si ya sabes que conmigo no te pasará nada, dijo mientras bajaba de la litera. Lo pensaré. Cuál pensaré, mira ven, ponte tus botas, tu chamarrita y tráete tu walkie-talkie, yo llevo los paraguas y las linternas. Refunfuñé.

Salimos de puntitas de nuestra habitación, tratando de hacer el menor ruido posible. Incluso aguantábamos la respiración lo más que podíamos. El primer reto fue pasar por el cuarto de nuestros padres sin hacer ruido. Aun estando en penumbras, pude ver el rostro molesto de Fabiola por haberme puesto las botas primero y no en la sala cuando estuviésemos por salir. A pesar del rechinido que éstas producían, la lluvia hizo el favor opacar mi ruidajal. Bajamos las escaleras sintiendo que el alma se nos saldría por las fosas nasales. Llegamos a la sala, encendimos las linternas, abrí la puerta y salimos.

Abrí yo porque desde hace tiempo hallé la manera de abrir y cerrar las puertas con todo y seguro, sin ruido alguno. Fabiola, en cambio, era la más escandalosa cuando de puertas se trataba, las hacía rechinar incluso cuando nunca antes lo habían hecho. Recordé esto cuando caminamos sobre la lluvia y me reí en silencio. Fabiola notó mi panza moverse por la risa y me soltó un golpe fuerte. Sé lo que estás pensando, cállate. Oye, me dolió mucho. Qué bueno. A dónde vamos primero, pregunté mientras me sobaba el vientre. No sé, intenta hablarle a Bíctor primero. Está bien.

Me preguntó por el número de conexión y le respondí que era el número tres. El tres, me preguntó, no que era tu mejor amigo. Cállate, es su número favorito. Ajá. Encendí el radio y hubo un poco de interferencia. Kghgghhh. Bic, estás despierto. Kghggghhh. Esperamos cinco minutos y no hubo respuesta. Prueba con Hibán, mencionó Fabiola, ya ves que nunca duerme por espiar a su prima segunda por el rabillo de la puerta. Kggghhh. Híb, estás por ahí. Ffffghh Sí, qué pasó. Eso fue rápido, pensé. Salte, vamos a explorar donde se escuchó que cayó el rayo. Ffffghh. El que causa ruido es el trueno, el que cae es el rayo, en todo caso, sería ir a explorar donde cayó el rayo y ya. Kggghhh. Me vas a ayudar o no. Ffffghhh. No lo sé, es tarde. Kgghh. Ándale, no seas. Ffffghh. No soy, no soy, pero qué dirán mis papás. Kghgh. Fabiola está conmigo. Fffhgh. Voy enseguida.

Que sí vendrá Hibán. Ya oí. Prueba ahora con Braúl, ah pero haz otro intento primero con Bíctor. Kghgghhh. Bícvaporub, estás o no, mi hermana y yo te necesitamos. Silencio. No contestó Bíc. Ni modo, háblale a Braúl, que no tenemos mucho tiempo. Tghghg. Brú, dime que no estás dormido. Dffdfg. Aquí ando. Tghghg. Mi hermana y yo. Dffdfg. Sí oí, mi radio captó la señal, voy. Tfghgh. Súper. Ssssfgggh. Halan Sssfkfgh. Kghhgh. Bíc, qué gusto oírte, me imagino que también escuchaste. Sssfghgh. Sí, cayó cerca de mi casa, los veo aquí. Sssfggh.

Hibán fue el primero en llegar. Nos vimos todos en el parque que había que recorrer para llegar a la casa de Bíc. Él llevaba puesto un pantalón con vaqueros dibujados del cual Fabiola le chuleó, esto hizo sonrojar a Híb. Braúl llegó poco después, con una chamarra que lo hacía ver un poco más relleno de lo que ya estaba. Fabiola le preguntó que dónde dejó su brassier. Braúl respondió que en el cuarto de Ibéd, la prima de Híban. Todos reímos bajo la lluvia.

Cuando llegamos, mi predicción había sido exacto de cómo la imaginé cuando escuché el impacto. Escombros de asfalto ahora adornaban como moños los techos de automóviles que circulaban el perímetro y un enorme agujero en medio de todos simulaba el abismo, un umbrío misterio que nos llamaba a todos con su silencio.

Bíctor nos guio hasta la entrada del agujero: una catacumba natural. El impacto del relámpago nos había creado una especie de escalera de la cual sospeché bastante. Braúl entró primero gritando que el último en bajar era vómito de gorila. Ese era yo. Desconfié de lo que estaba sucediendo pues para mí no era más que un sueño, toqué mi rostro para averiguar mi estado, pero no sentí nada, esto era real. Más real de lo que pudiera haber imaginado. Desde la colina en la que ahora me encontraba podía ver una ciudad dormida y dominada por un diluvio bíblico, era un bellísimo paisaje.

Oí a Fabiola gritar. Lo mismo con mis demás amigos. Me apresuré en bajar y lo que se postraba ante mis ojos era justamente lo que mi hermana había dicho, era una civilización perdida. Maldije en silencio pues, de haber apostado, habría perdido. Sobre mis pies estaban todos los paraguas y linternas, incluso la chamarra de Braúl. Todo sucedió tan rápido, que no me dio tiempo de digerirlo.

Los sonidos de unas campanas me dieron la bienvenida. O al menos así lo interpreté. Parecía haber iniciado alguna festividad propia de su utopía, pues una enorme multitud se congregó en la plaza principal. Vi a mis amigos energéticamente jugando a dispararle a botellas con pistolas de aire comprimido y a lanzar aros a botellas sin truco. Un rastro de dulce sobre sus comisuras indicaba que habían estado comiendo algodón de azúcar. Se me hacía agua a la boca de saborearme el dulce de este lugar perdido, pero debía buscar a Fabiola, su grito fue el que más me preocupó. Los de aquellos tres no tanto.

El primer lugar al que recurrí fue a la iglesia. Me sentí mi papá por un momento y me dieron escalofríos. Al entrar, era una iglesia como cualquier otra, salvo que, en lugar de tener a Jesucristo en su centro, había una mujer idéntica a mi hermana. Ya de adulta, claro. Me adentré más y noté que habían dejado abierta una puerta al fondo, cerca de donde se oficia la misa. Corrí para abrirla.

En su interior se hallaba un bellísimo campo de flores azules, similares a la sábana con la que ha dormido Fabiola desde que tengo memoria. Brillaban. Sentía que presenciaba un milagro donde las luciérnagas ahora destellaban de un color marino. Miré con detenimiento hasta que encontré a mi hermana en el centro de aquel campo. No sé cómo no la vi antes. Puede que me haya embelesado bastante aquel jardín.

Le grité a Fabiola porque no pude moverme, se sentía como cuando se sube el muerto y ella no me escuchaba. Aquí te quedas, yo me voy, bromeé. Ella volteó justo al yo terminar mi oración y me sonrió como nunca me había sonreído. Pasé saliva. Volvamos a casa, Fa, le rogué, me da muy mala espina este lugar. Me ignoró. Ella arrancó una de esas flores y se la colocó en el rostro, el cual ahora le hacía lucir como una diosa. Volví a pasar saliva, ahora con un sabor similar al óxido. De pronto, empecé a notar que se desvanecía. Era como si, al tomar aquel narciso azul, ella se hubiese convertido en un diente de león, alguien le hubiese soplado y pedido un deseo.

Como copos de nieve, fragmentos de ella se dispersaron por el lugar. Un sentimiento de miedo, combinado con tristeza se apoderaron de mi. No podía ser cierto lo que acababa de suceder, seguro estaba soñando. Salí corriendo del jardín para encontrar a mis amigos, ellos me despertarían con un buen pellizco. Mientras los buscaba en la plaza principal, en mi mente sonaba un pedazo de una canción boba y pegadiza que mi hermana solía cantar mientras se bañaba, rezaba algo así como don’t let it end this way, oh please, don’t walk away… It breaks my heart.

Logré identificar a Bíctor a distancia, estaba disparando con la pistola de aire comprimido. Su semblante denotaba toques de felicidad ridícula. Al abrirme paso entre la multitud, noté que Bíc no les disparaba a las botellas de siempre, si no a Hibán y a Braúl. Sus cuerpos ahora estaban perforados por las balas de un calibre distinto al que en un inicio vi. Los dedos de Bíctor seguían tirando del gatillo, aunque éste ya no tenía más balas que tirar. De mis ojos brotaron lágrimas pesadas que mojaron la punta de mis botas de lluvia, al verlas, más gotas cayeron en seguida, pues pensé en Fabiola y en que había muerto. Le grité a Bíctor desde mi ronco pecho para despertarlo de su trance, pero sólo logré lastimarme, ya no tenía voz. Mi alarido llamó la atención de todos los demás habitantes, me miraron con cara de lo que mi madre define como el diablo. Corrí de regreso por donde había entrado pero las escaleras habían desaparecido. No sabía qué hacer, ya no tenía a nadie, estaba completamente solo. Era mi fin. Sabía que no debí salir de casa. Sabía que no debí de hacerle caso a Fabiola…

Desperté como si hubiese descansado mis ocho horas de sueño. Era entrada la medianoche. Toqué mi cara, mi lado derecho estaba entumecido. Le hablé a Fabiola en susurros. Estás despierta, pregunté, tuve un sueño muy raro y tú estabas en él. Me asomé a su piso de la litera y ella ya no estaba, únicamente la sábana con narcisos azulados. Llovía.